Por qué la crisis económica
no tiene solución
Conmovedora Ingrid Betancourt cuando el premio Príncipe
de Asturias. Hasta Rafa Nadal, no acostumbrado al lado
negro de la vida, le brillaban los ojos. Más tarde en
una entrevista le preguntaron qué solución hay para
Colombia: “Cambiar los corazones”, respondió.
Solución tan exacta como inviable: cambiar los corazones
humanos es algo que la misma omnipotencia de Dios sólo
consigue parcialmente...
Nuestra crisis económica sólo tiene esa misma salida:
cambiar los corazones. Y la inviabilidad de esta
solución explica los fracasos de la humanidad a la hora
de crear un orden humano de convivencia. Veamos los tres
caminos intentados hasta ahora.
1. Libertad es codicia.
Dogma del capitalismo es que, en un mercado libre, la
libertad acaba equilibrándolo y compensándolo todo.
Esta superstición ha fomentado un sistema económico
montado sobre la codicia humana: busque cada cual su
propio interés y su máximo beneficio y verán cómo todo
se compensa al final (así desde la famosa fábula de las
abejas hasta el neoliberalismo reciente).
El resultado ya es conocido: el crecimiento espectacular
de unos pocos a corto plazo, y unos costes mayores a
largo plazo. Costes como convertir la convivencia humana
en agresión de clases, herir de muerte al planeta Tierra
y, finalmente, ver cómo el sistema acaba destruyéndose a
sí mismo.
(Ahora se murmura que EE.UU. –el mayor defensor de este
camino– está en bancarrota y, para salir de ella,
prepara una brutal devaluación del dólar que reduciría
al 10% su deuda cuatrimillonaria, para crear después una
nueva moneda, que se llamará
amero.
No sé si el rumor es cierto, pero sería coherente con la
lógica del sistema.)
2. Socialismo es libertad.
Marx ya adivinó que un sistema montado sobre la codicia
acabaría produciendo ese tipo de efectos. Pero Marx era
de esos ateos que –como no quieren ser cínicos ante el
espectáculo humano, sino seguir luchando– necesitan
alguna superstición que les haga de fe: eso fue la
creencia en que, cambiando las estructuras, se cambiaban
los corazo-nes humanos (¿quién no recuerda aquel
lenguaje sobre “el hombre nuevo” que llenaba tantas
bocas revolucionarias hace treinta años?). Hasta que
Lenin se encontró con que esa solución no funcionaba.
Y entonces se comportó como Franco: ¿recuerdan ustedes
cómo nos decía el dictador que los españoles tenemos
unos “demonios familiares” que nos incapacitan para la
democracia?
Pues Lenin comprobó que esos demonios familiares no son
exclusivos de los españoles, sino propios de la pasta
humana. Y cometió el mismo error que Franco: creyó que
esos demonios no les afectaban a él y los suyos (la
“clase para sí”), y privó de libertad a los ciudadanos
(la “clase en sí”), mientras él y los suyos campaban a
sus respetos.
Los resultados son conocidos: en España proliferaron
matesas y escándalos a lo Jesús Gil, que lograron
taparse porque la prensa estaba amordazada. En la URSS
se redujo todo a aquella frase tan repetida: “Nosotros
hacemos ver que trabajamos y vosotros hacéis ver que nos
pagáis”. Hasta llegar al colapso del sistema.
Y es que socialismo no es libertad, sino otro gran valor
que armonizar con la libertad.
3. Socialismo en libertad.
Es el intento más noble de armonizar economía y
convivencia: un sistema socialista (o lo menos
capitalista posible), pero sin la supresión de
libertades propia del socialismo
real.
¿Por qué tampoco funciona ese intento? Porque siempre
hay quien se vale de esa libertad para destruir al
sistema.
Unas veces directamente y con ayuda exterior (casos del
Chile de Allende o de la revolución sandinista, con la
vergüenza del apoyo
gringo a
Pinochet o a la
Contra nicaragüense).
Otras veces, indirectamente: con provocaciones que
buscan ser castigadas para acusar entonces al sistema de
violar las libertades y desprestigiarlo mundialmente.
Este método es altamente eficaz. Por ejemplo: nadie
niega que Chávez sea un histrión, que debería callarse
casi siempre que habla; pero los medios de comunicación
capitalistas silenciaron todas las primeras reformas
sociales de Chávez, y silencian que la labor de la
oposición, cuando no logró derrocarlo con un golpe, ha
consistido en provocarlo para que reaccione con su
clásica chulería y se desacredite (cosa fácil tratándose
de Chávez).
Algo similar se busca con Evo Morales y las veleidades
seudo-autonomistas de la Bolivia rica. Y esta es la gran
amenaza de hoy para América Latina.
O sea, que la libertad del capitalismo no es más que la
libertad para explotar y destruir. El socialismo sin
libertad es como un organismo sin vida. Y el noble
intento de socialismo en libertad acabará siendo
destruido por el abuso que harán unos cuantos de esa
libertad.
Se habla ahora de “refundar” el capitalismo. La palabra
se ha puesto de moda, y temo que signifique aquello del
marqués de Lampedusa: “Que cambie todo lo que haga falta
para que todo siga igual”.
Pues
el capitalismo no será refundado sin estas dos medidas:
sustituir el
salario mínimo legal por el salario moralmente justo, y
establecer un tope máximo para salarios y beneficios.
Sin esto, seguirá el mismo capitalismo de siempre, con
un par de liftings
a lo Berlusconi.
Razón tenía Ingrid Betancourt: no hay más solución que
cambiar los corazones. Algo casi imposible. Pero
seguiremos luchando.
José
Ignacio González Faus