EVANGELIOS Y COMENTARIOS     

                             
                              

 

                            

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Mc 8, 27-35

(pinchar cita para leer evangelio)

 

 

¿Qué es Jesús en mi vida?

 

 

El presente texto hace de “bisagra” en el conjunto de este evangelio, al que este relato divide en dos partes. Quizás precisamente por ello, encierra la clave fundamental de la teología característica de la comunidad de Marcos.

 

Todo empieza con una pregunta genérica: “¿Quién dice la gente que soy yo?”. Llegado a la mitad de su relato, Marcos parece querer ahondar en la identidad de su personaje.

 

Los discípulos, como “buenos amigos”, evitan las respuestas ofensivas hacia el Maestro. Pero de Jesús se decían más cosas…, que el lector de Marcos ya conoce: sus parientes decían que “estaba loco” (Marcos 3,21); sus enemigos -autoridades y líderes religiosos- decían que estaba endemoniado (Marcos 3,22) y lo acusaban de “blasfemo” (Marcos 2,7). Le llamaban también “comilón y borracho” (Lucas 7,34), “amigo de pecadores” (Mateo 11,19).

 

No eran insultos menores. En una sociedad dominada por la religión, tales acusaciones significaban una descalificación absoluta en nombre de lo más sagrado.

 

Es verdad que, junto a esto –y aunque se traten de expresiones “retocadas” a posteriori, tras la experiencia de la Pascua-, de él también se decía que “nunca hemos visto nada igual” (Marcos 2,12), “todo lo ha hecho bien” (Marcos 7,37), constatando además que la gente quedaba “admirada de su enseñanza, porque enseñaba con autoridad y no como los maestros de la ley” (Marcos 1,22).

 

En cualquier caso, la respuesta que los discípulos le dan en esta ocasión presenta a Jesús como “un profeta”, y probablemente así sería visto por la mayor parte de la gente.

 

Pero Jesús da un paso más: “Y vosotros, ¿quién decís que soy?”. Es la pregunta directa a sus propios seguidores. Una pregunta para la que no valen tópicos (“un profeta”) ni respuestas aprendidas (aunque sean dogmáticamente impecables), porque remite a la vivencia personal y única de cada cual. ¿Quién es Jesús para mí? Tampoco vale responder ¿quién me gustaría que fuese?, ni siquiera ¿quién pienso que es? ¿Quién es hoy –qué “peso” tiene realmente- en mi vida?

 

La respuesta dependerá de muchos factores, fundamentalmente del nivel de conciencia en el que la persona se encuentre.

 

  • Pedro da la respuesta más alta que podía dar un judío: Jesús es el Mesías, el objeto de la esperanza del pueblo.

 

  • Para el creyente que se halle en un nivel mágico-mítico de conciencia, Jesús será el “salvador celeste” que, viniendo a este mundo y muriendo en la cruz por culpa de nuestros pecados, nos abre las puertas del cielo.

 

  • Para el creyente identificado con las “creencias”, Jesús será, literalmente, lo que de él dicen los dogmas cristológicos.

 

  • Para el que se encuentre en un nivel “racional” (o “existencial”) de conciencia, Jesús será el “hombre realizado”, en quien se ha revelado la Divinidad.

 

  • En una perspectiva transpersonal, Jesús es visto en la no-separación (no-dualidad) de todo, como Manifestación del Misterio de lo que es y Expresión de lo que somos.   

 

La reacción de Jesús a la respuesta de Pedro –leída en la clave de Marcos, que incluye el tema del “secreto mesiánico”- nos conduce al culmen de la revelación. Jesús es el Mesías, sí…, pero un Mesías entregado.

 

Caen definitivamente por tierra las imágenes del Mesías guerrero o victorioso por la fuerza de las armas. El Mesías de Dios es el hombre que hace de su vida y de toda su persona un servicio de amor entregado hasta el extremo.

 

Pedro no puede entender la postura de Jesús. En primer lugar, porque choca con toda la creencia judía y la propia “idea” que tenían del Mesías. Pero también, seguramente, porque no está dispuesto a asumir para sí mismo un camino equivalente al que el Maestro propone.

 

En este sentido, es sumamente significativo el contraste que Marcos presenta, intencionadamente, entre el camino de Jesús y el camino de los discípulos: cada una de las tres veces en que Jesús les habla de su camino de entrega, que incluye la muerte violenta, ellos se manifiestan buscando el camino contrario del poder. El choque no puede ser mayor: Jesús y sus discípulos caminan en direcciones diametralmente opuestas: el servicio y la ambición. ¿Nos extraña que Marcos diga que estaban “ciegos” y “sordos”?

  

Para Jesús se trata de una cuestión no negociable: su camino refleja el “pensamiento de Dios”, al contrario que el de los discípulos que, en la figura de Pedro, son llamados “Satanás”.

 

La sabiduría que encierran estas palabras será completada con la frase que cierra este texto. Pero ya se dice algo fundamental: la voluntad de Dios nunca pasará por el camino del poder sobre los otros, sino por el camino del servicio. Lo que Dios quiere es el bien de las personas; lo que estamos llamados a vivir es el amor que se entrega. Porque sólo ese amor responde a lo que realmente somos.

 

Y aquí viene la frase que cierra, como broche de oro, toda la escena: “El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Mirad, el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por el Evangelio, la salvará ”.

 

Una lectura superficial de estas palabras –más todavía cuando fueron leídas desde una mentalidad dolorista- ha presentado al cristianismo como la religión que preconizaba, hasta sublimarlo, el dolor y la negación propia. Como si fuera el propio dolor el que, por sí mismo, reportara lo más valioso a quien se mortificaba. En consecuencia, la cruz ocupó el primer plano y todo se tiñó de negro.

 

Pero Jesús ni buscaba el dolor ni negaba la vida. Sus palabras no son una exaltación del sufrimiento, sino que expresan una gran sabiduría: Buscan “despertar” a la persona para que pueda percibir la actitud acertada ante la vida.

 

El horizonte de toda persona –de todo lo que existe- es precisamente la vida y la plenitud. Eso es lo que todos, sabiéndolo o no, buscamos. Y lo buscamos en todo lo que hacemos y en todo lo que dejamos de hacer. ¿Cómo acertar?

 

Las respuestas son absolutamente variadas y hasta contradictorias. Jesús ofrece una respuesta cargada de sabiduría, en la línea de la que han dado todos los maestros y maestras espirituales: para caminar en la dirección de la vida, es necesario desidentificarse del yo.

 

“Negar la vida” –el griego original no dice “bios”, sino “psiché”: yo psicológico- no es otra cosa que no reducirse al yo superficial o ego. Sólo cuando nos desidentificamos del yo, tomamos conciencia de nuestra identidad más profunda, la Vida que somos. Ésa es la Vida de que habla el evangelio, la misma Vida que vivió Jesús, con la que estaba él mismo identificado (“Yo soy la Vida”) y la que buscaba despertar en nosotros. 

 

 Enrique Martínez Lozano

www.enriquemartinezlozano.com