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EL CREDO CATÓLICO
NO
SIRVE SI NO CRISTIANO
Podría
estar amaneciendo
una
descristianización evangélica.
Quizá se
huye de Roma para un encuentro en Jericó.
El Credo es una obra de museo. Lleno de historia del occidente
cristiano. El resultado de muchas peleas. Es la historia
atormentada de Nicea, Calcedonia, Trento... Luce viejas heridas.
Es nuestra historia, nuestro tesoro. Pero se nos muere en
la vitrina. La conservación de una obra antigua es también arte
y ciencia.
Se nos ha dado no para enterrarlo, por miedo a perderlo, sino
para que su luz ilumine a los hombres de todas las generaciones
y de todas las culturas. Hay que pregonar nuestra fe en la nueva
era que se nos ha echado encima. Hoy no se entiende ni el
lenguaje ni los conceptos de Nicea ni los de Trento.
Los creyentes del siglo XXI tenemos la gravísima responsabilidad
de traducir el credo para que sea fuente de vida, inteligible
por la sociedad de hoy. El credo no es propiedad de ningún
siglo, de ningún concilio. El credo no puede ser una clase de
teología, sino la manifestación pública de las verdades o de las
promesas que dan sentido al día a día.
En nuestros credos falta olor a bienaventuranzas y sobra
pedantería.
El credo cristiano debería estar empadronado en Nazaret y
Jerusalén, no en Nicea. Un credo más iluminado por el evangelio
que por el pietismo atrevido de gnósticos -filósofos ampliamente
superados- o engreídos escolásticos.
Dios no puede ser nunca el “objeto” de ninguna ciencia, de
ningún Concilio. Es muy peligroso hablar de Dios con palabras
como sustancia, consustancial,
naturaleza… Y acudir a una determinada filosofía para explicar a
Dios. Eso es hacer de Dios una asignatura.
El siglo XXI que comenzamos exige a la comunidad cristiana que
ponga en el centro de su fe y de su quehacer al Hombre. Al
Hombre con mayúscula para los discursos y encíclicas. Y con
minúsculas y apellidos para la rutina del día.
Quizá sea necesario recordar que el cristianismo no fue un
movimiento para “salvar” a Dios. La finalidad de la fe cristiana
es ayudar a salvar y liberar al hombre.
El islamismo sí es una religión orientada hacia Alá. Es una
religión en la que el hombre es lo de menos. Ya tendrá un
paraíso, si es creyente, aunque muera reventado, reventando a
infieles inocentes.
En el cristianismo, en cambio, el cristiano no puede creer en su
Dios, ni proclamar a su Dios si no es del brazo de los otros
hombres. Para dirigirse al Dios cristiano, el creyente tiene que
soportar a los hombres, ayudar a los hombres, comprender a los
hombres, apretar sus manos.
Y si la cacareada descristianización de las masas sólo significa
que la sociedad pasa ya de los templos, pero se preocupa más del
hombre apaleado que de los ritos, podría estar amaneciendo una
descristianización evangélica. Quizá se huye de Roma para un
encuentro en Jericó.
No se ha encontrado el Credo perfecto. Nunca hará el hombre un
Credo perfecto. Nada humano está terminado. Lo hemos de ir
pariendo, depurando, exprimiendo, generación tras generación.
Hoy, cuando se mezclan los sudores de todos, occidente y
oriente, norte y sur, ¿es posible un credo cristiano entendible
por todos, creíble, ilusionante?
“Cada palabra del Símbolo de los Apóstoles tiene que ser
traducida al mundo postcopernicano, postkantiano, y
también postdarwinista y posteinsteiniano, del mismo
modo que cada vez que hizo su irrupción una nueva época
- Alta Edad Media, Reforma, Ilustración - otras
generaciones pasadas tuvieron que comprender ese mismo
credo de una forma nueva. Y desgraciadamente: cada una
de las palabras del credo - empezando por la palabra
“creo” y por la palabra “Dios” - ha sido mal entendida,
mal aplicada e incluso profanada en el transcurso de los
siglos.”
[Hans Küng. Credo. Edit. Trotta.]
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