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A ESTO LE
LLAMAN ANTICLERICALISMO
Cuesta
separar las palabras iglesia y clero.
Cristianismo es una Fe,
y Roma, la
jerarquía, es un poder.
El carisma favoreció la riqueza de la diversidad y la libertad,
pero puso en peligro la unidad.
Estamos en el siglo tercero. Los responsables de las diferentes
iglesias cristianas se transforman en clérigos. Y estos clérigos
se organizan en un escalafón jerárquico y se convierten en poder
sagrado: Jerarquía. El gran invento para uniformar y controlar.
Está naciendo en la familia cristiana una clase social: el
clero. La finalidad del clero se camufla con lo del servicio a
la comunidad. Pero la realidad es que el clero se convierte en
instrumento de la Jerarquía. Funcionarios sacralizados de un
estado supranacional. La primera multinacional.
Desde el evangelio no se puede estar de acuerdo ni con lo de
poder ni con lo de sagrado. Ataca en la línea de
flotación al evangelio. Jesús no enseñó a mandar sino a servir.
Jesús no fue de la casta sacerdotal. Sus seguidores no fueron
los sacerdotes. El clero fue su principal enemigo. No fue el
pueblo judío quien lo llevó a la cruz, sino el clero.
La primera desgracia es la identificación social de iglesia
y clero. Así a simple vista, la Iglesia Católica se
identifica, popularmente, con la siguiente imagen: una religión
que profesa un Credo, que tiene un Jefe absoluto llamado Papa y
una red de funcionarios sagrados con poderes divinos,
organizados según un escalafón.
Le costará mucho separar las palabras iglesia y clero.
Pero su fe en Jesús dependerá mucho de esa separación. Roma,
papas y clero no es lo mismo que cristianismo. Cristianismo es
una Fe, y Roma, papas, clero, la jerarquía, es un poder.
A este tipo de afirmaciones le llaman anticlericalismo. En esto
me defino con absoluta contundencia: la jerarquía eclesiástica
como institución sacralizada, intermediaria entre Dios y los
hombres, hoy no tiene sentido.
El anticlericalismo es consecuencia del catolicismo clerical en
el que nacimos, crecimos y nos movemos. El clero, no sólo en
España, pero sobre todo en España, ha decidido leyes, ha
bautizado guerras, ha urdido regímenes.
El clero no ha sido levadura oculta, sino el arroz en la paella
y la patata en la tortilla. Habrá servido al pueblo, pero
también lo ha dominado. Y el pueblo - incluso el cristiano - ya
es mayor de edad.
Esta posición anti-eclesial no sólo se da entre sectores más o
menos ateos, sino incluso en ambientes cristianos. Hoy es signo
de identidad de muchas comunidades cristianas de base e incluso
de una notable parte del mismo clero.
No existe ningún dato histórico, ni bíblico, en los que
enganchar el actual andamiaje clerical. Ni el poder monárquico,
absolutista, de un Sumo Pontífice, ni ese inmenso despliegue de
obispos, sacerdotes y funcionarios clericales, entrelazados en
un organigrama jerárquico, tienen cabida en el evangelio y en la
teología cristiana del evangelio.
Esa organización clerical no es la aplicación del mensaje de
Jesús. Es, más bien, una descarada manipulación de la revelación
cristiana y una recaída en el Antiguo Testamento que empieza a
contaminar al pueblo cristiano ya desde el siglo III y IV.
Nadie, medianamente culto en la historia de la fe cristiana,
puede decir con propiedad que Jesús fundó una Iglesia, y
mucho menos esta iglesia.
Lo único históricamente cierto es que, constatado el hecho de
que Jesús vivía después de su muerte, se forma una iglesia, en
el sentido de comunidad creyente distinta de Israel. Se pone en
marcha un movimiento vinculado a Jesús sin culto propio, sin
constitución alguna propia, ni organización con oficios
específicos.
El fundamento de aquella primera comunidad de seguidores era
sencillamente la profesión de fe en que ese Jesús era el Mesías.
Y esa adhesión a Jesús quedaba sellada con un bautismo en su
nombre, y mediante un ágape en su memoria. Ahí está la verdadera
y única piedra base de la comunidad de seguidores de Jesús: la
adhesión a Jesús (bautismo) y la comida fraterna (eucaristía).
“Los reyes de las naciones las dominan, y los que
ejercen la autoridad sobre ellas se hacen llamar
bienhechores. Pero vosotros, nada de eso: al contrario,
el más grande entre vosotros iguálese al más joven…”
[Lucas 22, 25-26….]
“Toda actividad cristiana de los laicos, sea cual fuere,
es apostólica. El clericalismo es el enemigo número uno
de la Iglesia”.
[Monseñor Kozlowiecki (Rhodesia), 1964, en el Concilio
Vaticano II]
“Jesús era un profeta provocador que se mostraba crítico
con el templo y que, en efecto, se comprometió en una
postura militante contra el comercio, tan prominente
allí. Aunque no era un revolucionario político, sus
palabras y acciones pronto le llevaron a un conflicto de
fatales consecuencias con las autoridades políticas y
religiosas.”
“No pretendía fundar una comunidad separada y distinta
de Israel con su propio credo y su propio culto, ni
fomentar una organización con una constitución y una
jerarquía, y mucho menos un edificio religioso. No,
según todas la evidencias, Jesús no fundó una iglesia en
vida.”
[Hans Küng]
“Algunos
responsables de la Iglesia (…) parecen creer que el
propio Jesús habría dejado a los Doce una especie de
“Constitución Eclesial” o “Documento Fundacional” por el
que ellos quedaban emplazados a imponer las manos sobre
unos cuantos sucesores (u obispos), los cuales, a su
vez, se nombrarían a sus propios ayudantes (o
presbíteros) también mediante la imposición de manos,
así como otros menos importantes (o diáconos), para ir
reconstruyendo sucesivamente el proceso hasta nuestros
días.
De este modo, y por decisión expresa del propio Jesús (ius
divinum), el esquema actual de estructuración del
ministerio eclesiástico (obispos que ordenan presbíteros
y diáconos) habría estado funcionando, de manera casi
invariable, prácticamente ya desde la Resurrección del
Maestro”
[González Faus en página 31 de Hombres de la
Comunidad]
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