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IGLESIA O IGLESIAS
Necesito
de la Comunidad.
No podría
seguir creciendo en mi fe
fuera de
una comunidad de hermanos en la fe.
Seguro que habrá oído, alguna vez, la teología popular según la
cual una cosa es Dios y otra la Iglesia: “me interesa Dios,
pero no quiero nada con los curas”,
“creo en
Dios, pero
no creo
en la
Iglesia”
Para los adscritos al cristianismo, no hay Dios si no hay
Iglesia. En consecuencia, para quien elija creer en Jesús, para
quien decida seguir la ruta de Jesús no tiene más salida que
unirse a la comunidad de Jesús: la iglesia.
¿Pero qué Iglesia? En teoría, la respuesta es sencilla: la
iglesia formada por los hermanos que intentan seguir los pasos
de los testigos y discípulos de Jesús.
¿Y esa Iglesia es la Iglesia católica?
Dentro de la Iglesia Católica, aparece, cada día con más vigor,
la realidad de dos iglesias, dos mundos que conviven con más o
menos dificultades: una iglesia a la que podemos denominar como
oficial y, por otra parte, una pluriformidad de
comunidades de fe, que viven dentro de la esfera católica, pero,
con notable independencia.
Desde la iglesia oficial (es decir: la única, santa,
católica, romana) se dictan las ideas, se gradúa la intensidad
de cada verdad: dogma expresamente definido, dogma implícito,
doctrina de la Iglesia, doctrina del Vaticano (?), pensamiento
del Papa (?) y mil formulas más. Se somete a un control estricto
a todos los profesores de teología e, incluso, a través del
brazo civil, a cualquier profesor de religión en cualquier
centro de enseñanza. Ningún sistema, ningún dictador consiguió
tanto control, tanto poder sobre el pensamiento de los hombres.
Pero Dios no quiso la uniformidad. La tierra no sería bella si
no hubiera montes y valles, desiertos y trópicos, hombres
negros y hombres blancos, orientales y occidentales.
A estas alturas de la historia resulta sarcástico que algún
obispo, cardenal, o dicasterio romano siga manteniendo que
–cualquiera de ellos– posee la medida de la verdad, ni sobre
Dios, ni sobre el hombre, ni sobre lo bueno o lo malo.
No se puede seguir esgrimiendo cualquier tipo de monopolio sobre
Dios o sobre la Verdad, al margen de la auténtica Iglesia de
Jesús, todos los
hombres y mujeres convocados y congregados en torno a Jesús y su
buena nueva.
La historia, la humanidad, los creyentes, e incluso los ateos,
están pidiendo a gritos que la Institución eclesiástica se
convierta. Algo de “pecado contra el Espíritu” está cerrando la
mente de este monstruo anacrónico llamado Vaticano.
Me considero creyente, cristiano y vivo mi fe en las comunidades
católicas. Necesito de la Comunidad. No podría seguir creciendo
en mi fe fuera de una comunidad de hermanos en la fe. Necesito
el trozo de pan de los domingos. Necesito oír el evangelio en
medio de los hermanos. Necesito rezar el Padre Nuestro con los
demás hermanos.
Ni quiero, ni podría ir por libre. Pero mi fe se ha
desarrollado, me ha invadido en la medida y a medida que iba
teniendo el coraje de sentirme libre de la opresión
eclesiástica. Simplemente veo, y con toda claridad, que la
Institución es el muro que sigue impidiendo el crecimiento del
mensaje de Jesús.
No voy a escribir una sola línea con la intención de que me
excomulguen. ¡Por supuesto! Pero no voy a dejar de escribir una
palabra por miedo a una excomunión.
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NOSOTROS LOS ELEGIDOS
Jesús es
patrimonio de la humanidad,
no es
propiedad de nadie,
ni de
ninguna iglesia, ni de ninguna raza.
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