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CREO EN TI, SEÑOR
Tu ser no
es como el mío.
Si digo
que eres, en el fondo, no sé lo que digo.
A pesar de
todo, sé que eres.
Yo no te he fabricado. Por eso no puedo comprenderte.
Estoy seguro de que eres. No puedo decir más. No puedo
decir que estás aquí ni ahí. Cualquier palabra fabricada por la
mente humana falla cuando se aplica a Ti. Aquí y allí es
espacio, y a Ti no te afecta el espacio, ni el tiempo porque no
eres creatura.
No puedo decir de Ti que eres justo, porque mi concepto de
justicia es propio de creaturas. No puedo decir que eres grande,
ni pequeño, porque son dimensiones relativas, ingenuas. Me
sirven a mí, pero no para hablar de Ti.
Hasta cuando digo que eres, me equivoco. Porque la
palabra “ser”, elaborada por mí, está sacada desde una
existencia creada. A mí se me ha dado el ser. Yo tengo mi
ser, no por mí mismo. Yo soy el resultado de una cantidad enorme
de “casualidades”, pero, ni siquiera pudieron preguntarme si
quería ser. Tuve un comienzo: empecé a ser.
Tú, Señor, no debes la existencia a nadie. Por eso Tu ser
no es como el mío. Si digo que eres, en el fondo, no sé
lo que digo.
A pesar de todo, sé que eres. Como seas, pero eres.
Sé que me amas y que me proteges. No sé cómo me amas y proteges,
pero lo creo porque lo dijo Jesús.
Sé que me has dado la vida, la que tengo. Y que en algo me
parezco a Ti.
Sé que, entre todas las palabras fabricadas por los hombres, hay
una que se Te puede aplicar con menos riesgo de equivocarse que
las demás: la palabra “padre”. También lo dijo Jesús.
Esa es mi ciencia: mitad pensamiento, mitad fe. Esa es mi
certeza. Esa es la razón de mi alegría y mi seguridad. Eres como
mi Roca, como mi Fundamento.
Intuyo que esperas de mí lo que todo padre: que su hijo se fíe
de él y se parezca en algo a él.
No te ofreceré más sacrificios, ni altares. Sólo mi fe.
“Tú no quieres sacrificios ni ofrendas;
no pides sacrificio expiatorio,
entonces yo digo: Aquí estoy”.
(Salmo 39)
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