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EL DIABLO Y SU INFIERNO
El
infierno no cuadra con el “Dios es Amor”
y
recurrimos a la cobarde estrategia de siempre:
“es un
misterio”.
A los cristianos, precisamente a los que proclaman por el mundo
la “buena nueva”, les corresponde – nos corresponde - el honor
de haber inventado, difundido y comerciado con la más horrible
de las amenazas. Y, encima, como en casi todo, le echamos la
culpa a Dios. Y como el infierno no cuadra con el “Dios es
Amor”, recurrimos a la cobarde estrategia de siempre: “esto es
un misterio.”
El infierno y el demonio fueron instituciones en manos de la
aristocracia que los aprovechó para domeñar a un pueblo
infantilizado. Hay que reconocer que gran parte del poder que ha
acumulado la Iglesia S.A. a lo largo de los siglos se lo debe
al demonio y su infierno. ¿Qué hubiera sido de Roma sin
infierno? Pero en los bajos barrios de la Iglesia ya no se cree
en el diablo y su infierno.
Habrá que revisar los catecismos. Porque “jamás” puede ser el
infierno un “castigo” ni una “venganza” de Dios. Eso sería echar
por tierra toda la verdad fundamental de nuestra fe: Dios es
Padre. Y ni Vd. ni yo seríamos capaces de condenar para toda
la eternidad a nuestro hijo, por muy mal que se hubiese portado
con nosotros. ¿Acaso nos consideramos nosotros mejores, más
buenos, más padres que Dios?
La historia macabra del Infierno es la mayor y más grave
difamación de Dios. No se puede decir que las penas del infierno
sean “venganza” de Dios; y que el fuego no es metafórico, sino
material, especialmente inventado para quemar almas. Y todo para
el hombre, una criatura mortal, por naturaleza, a la que se le
concede la gracia de la inmortalidad para poderlo joder
eternamente. ¡Por favor, señores! Si esto es así, yo renuncio a
mi fe, rechazo a ese dios monstruo, y digo que Jesús me ha
mentido: que Yahvé no es un Padre. Y reclamo una huelga
universal contra Dios.
Entonces, ¿qué? ¿Aquí no habrá justicia al final? ¿Los cabrones,
- que los hay y muchos- se van a ir de rositas? ¿La madre Teresa
de Calcuta y Milosevic van a tomar el té juntitos en los bellos
atardeceres de la eternidad?
En primer lugar, un consejo para los interesados en el tema y
que, como es lógico, no se fían de mí. Miren, existe un libro
sobre el tema del infierno, fácil de leer, corto y relativamente
reciente de uno de los más grandes teólogos de la España
actual. Se llama Andrés Torres Queiruga. El libro sobre el
infierno tiene 106 páginas. Colección Alcance de la Editorial
Sal Terrae. Su título: ¿Qué queremos decir cuando decimos
“Infierno”?
Creo que la lectura de ese libro puede no sólo tranquilizar
espíritus atormentados, que los hay, sino abrir horizontes para
entender algo mejor a Dios. Torres Queiruga, en el libro citado,
se dedica, sobre todo, a desmontar una a una las vigas maestras
del infierno que nos han vendido: ese infierno no existe. Es
más: quien crea en él, no puede creer en el Dios de Nuestro
Señor Jesús. Pero, una vez desmontado, nos quedamos con el solar
y con la madre Teresa y Milosevic. ¿Qué hacemos con el té?
Lógicamente lo que se intuye tienen que ser conjeturas. Pero tan
insensato sería desmontar, sin razones, lo antiguo como
levantarnos un chalecito a nuestro gusto. Lo imprescindible es
que, sea lo que sea, eso que llaman infierno tendrá que estar de
acuerdo y en armonía teológica con los pilares fundamentales de
nuestra fe: es decir, no podemos construir una fe, una teología,
un catecismo sobre la afirmación de que Dios es Amor, es nuestro
Padre, que nos ha traído a este mundo – para muchos, tan
puñetero - y acabar luego achicharrados eternamente.
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QUÉ
PUEDE SER ESO DEL INFIERNO
Tres
interpretaciones posibles.
Y que cada
uno piense una solución.
Pero que
nadie se cargue el amor de Dios.
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