EL TATIC DE LOS POBRES INDÍGENAS
El lunes 24 amaneció helado en Mallorca y una noticia aún más
fría se caló hasta el alma: al “tatic” (el papaíto o Abba) de
los más pobres, después de 51 años de entrega incondicional por
su pueblo, se le ha parado su cuerpo. No puedo hablar de
muerte, prefiero hablar sólo del funcionamiento de su cuerpo.
Yo no creo que haya muerto, lo mismo que las mujeres junto al
sepulcro de Jesús no podían creer que hubiera muerto el hombre
más bueno. No podía haber muerto. Porque no puede morir la
bondad, ni la lucha incondicional por la justicia. No muere el
servicio por la paz y la entrega. No muere la honradez. No
puede morir el aliado y cuidador de los más desamparados…,
porque entonces, ¿quién cuidaría de ellos?
El “obispo de los pobres” no ha muerto; su cuerpo envejeció por
el amor y el servicio. Y sus fatigas y tantas amenazas de
muerte, han ido haciendo mella en su cuerpo, hasta que quedó
inmóvil.
Ahora ha adquirido más altura y más grandeza que el quetzal, la
hermosa ave de plumas verde, como la bandera de Jcanan Lum
(protector y guía del pueblo) que le habían entregado los
indígenas en Amatenango, el día que dejó el episcopado.
Samuel es el ave de la libertad que planea sobre su diócesis,
ya sin ningún límite, para cuidar por siempre a los que tanto
amó.
Hoy indígenas tzeltales, tzotziles, tojolabales, zoques y choles,
no pueden dejar de llorar porque les cuesta creer que ya no van
a ver a su Tatic. Tal vez consulten el libro sagrado de los
toltecas, el Tonalpohualli, para saber qué dicen sobre este día
y qué augurios les cabe esperar.
Yo también he tomado mi libro sagrado, el Evangelio, buscando en
las palabras de Jesús explicación para esta noticia:
Bienaventurados los pobres, porque de ellos es el Reino de Dios.
Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque
ellos serán saciados.
Bienaventurados los que buscan la paz, porque ellos serán
llamados hijos de Dios.
Bienaventurados los perseguidos por la justicia, porque de ellos
es el Reino de Dios.
Gracias, Samuel, por tu vida y la de tantas y tantos otros como
tú. Habéis hecho vida estas palabras que nos alientan y nos
confirman un horizonte de esperanza por encima de tantas
contradicciones personales, sociales, políticas, económicas y
eclesiales.
Nos contagiáis ánimo para apuntarnos a las filas de las últimas
y los últimos y del trabajo callado, a tareas diarias por los
demás, a querer ser buenas y buenos y sacar lo mejor de
nosotras/os mismas/os.
Quisiera que todos los diarios del mundo se hicieran eco de la
buena noticia de tu vida, porque sería hablar de una talla
especial de humanidad que dignifica nuestra especie.
Sin embargo, intuyo que no será así, que ni el Vaticano sacará
una nota de prensa para elogiar a un obispo ordenado a la edad
de 35 años en una de las diócesis más pobres de México a la que
se dedicó enteramente ¡Qué triste! Pero Samuel no podía ser más
que su maestro. Así le pasó también a Jesús. Sólo los suyos
vivieron el drama, para los demás pasó inadvertido.
Matilde Gastalver