Un día entre rejas
La
primera vez que llegué al complejo penitenciario tuve la
sensación de estar parado en la punta de un
Iceberg enorme y desconocido. No sólo por el frío que me
trasmitía el lugar sino por el gran misterio que Dios me
retaba a descubrir.
Estar ahí trasciende cualquier propósito religioso que
se traiga entre manos, ya que todo invita a vivirlo
desde la humanidad más honda y profunda. Es tocar un
límite vital donde la frustración y el fracaso te
encarcelan sin estar condenado por nadie. Empiezas a
sentir en las fibras más intimas de tu existencia lo que
ahí se padece y se sufre.
Eso
hace que te despojes de todo prejuicio que te invite a
confirmar que quién está ahí es porque algo hizo, que se
lo merecen por lo que hicieron, que nunca tendrían que
salir, etc. Quien lo mira desde fuera y no se involucra
con esta realidad, lo va a aprobar siempre como un lugar
de condena merecido. Es parte de la idiosincrasia social
no hacerse responsable de lo que a otro le pasa.
Eso
está claro para la sociedad y para los internos también.
Ya están condenados y están pagando con el precio más
alto que es la privación de la libertad. Algo que
los que vivimos afuera, supuestamente, no
experimentamos. Aunque bien sabemos que podemos estar
libres y tener tantas esclavitudes que hagan de nuestra
vida un calabozo.
Hay
que meterse bien dentro para tocar la verdad de lo que
ahí se vive y formar parte de esta vida que se lleva a
cuentagotas y con una lentitud extrema para todo. El
tiempo no existe. Para ellos el tiempo es igual a su
condena. Por eso cada segundo, cada minuto, cada día,
cada año; se mide con el “mientras”… mientras tanto
¿qué?
En
principio, todo lo que se haga con ellos tiene que
reivindicarlos como “personas”, como seres humanos,
seres aceptables y perdonados por quien se dispone a
compartir un tiempo con ellos.
La
cárcel ya es en sí misma un lugar de condena, de
desconfianza, de miedo y soledad. Nada de eso tiene que
estar presente. Ni en las miradas, tampoco en las
palabras. Más allá de sus situaciones pasadas, lo único
que hoy tienen entre manos es su presente y nosotros
estamos llamados a hacerles un día más digno, más
humano.
Es
verdad que les cuesta entrar en confianza. Pero lo que
manifiestan de una manera palpable es que quien se les
acerca equivale a una luz, a un poco de oxigeno, y es el
principio de una gran puerta a la libertad interior.
Pensemos que tienen muchos afectos rotos, personas que
los han abandonado, familiares que les exigen respuestas
a sus acciones, hijos que preguntan por qué papá está
lejos y no viene a casa. Muchas familias rotas a causa
del hecho que los destinó a esa situación de vida,
pérdidas de bienes, de un lugar en la sociedad, y lo más
terrible, de una identidad. Ya no son los mismos
para su gente y mucho menos para aquella sociedad que
nunca les levantará la sentencia.
Conviene no tener en cuenta la causa penal por la que
están condenados. En definitiva, ya están pagando por
ello y a un precio muy alto. Lo que importa es que les
demos un lugar, un espacio, en el que se sientan
“personas”, que vean que no los miramos desde la falta y
la culpa sino desde la benevolencia y la confianza que
ellos necesitan para dar sus primeros pasos.
Los
primeros pasos en la sanación son esos que los bebes dan
con inseguridad y con miedo. Necesitan unos brazos que
los espere del otro lado y con una sonrisa los confirme
nuevamente en la capacidad de hacer las cosas bien. Esa
es la ternura que se necesita si queremos que realmente
vivan este tiempo como un tiempo de restauración y no de
condena estéril para seguir con la misma vida. No ha de
sentir que llego a un punto muerto.
Darse cuenta de que no vivían bien, de que la vida que
llevaban no era buena, les pone en un principio de
arrepentimiento sanador para seguir caminando en el
camino de regreso a casa. La sintonía con la verdad
propia y actual de cada uno es una luz que iluminara
los próximos pasos. Pero no se hace desde la culpa y los
reproches sino desde la seriedad de asumir una “nueva
oportunidad” a conquistar. Aventurándose a que revisen
en el baúl de su corazón quebrantado, las armas que
poseen para la pelea que la vida les va a exigir.
Más
allá de la crueldad que irradian estas verdades la más
terrible de todas es que como sociedad no estamos
preparados para recibirlos otra vez. Ya no confiamos en
ellos, están marcados por la ley del talión, han
traspasado un límite que no perdonamos.
Pero
ellos si tienen la esperanza de regresar a casa, aun
sabiendo todo lo que perdieron y todo lo que les
espera. Es su pan cotidiano que da fuerza para no
asfixiar la ilusión ni ahogar la poca respiración que
les queda. Por eso es fundamental manifestarles acogida,
una mano tendida, para acompañar esos pasos que retornan
a un mundo perdido.
Necesitan volver a sentirse queridos, tenidos en cuenta
y lo más difícil de todo, que vuelvan a creer en ellos.
Saber que cuentan con alguien que no les va a tomar
examen de vida, alguien que le contagie las ganas de
seguir viviendo. Desean ser escuchados desde un lugar
que no tenga que ver con defenderse ni justificarse sino
donde puedan expresar sus necesidades y sus propósitos
de cambiar.
Si
como sociedad no preparamos un andamiaje para que ellos
puedan regresar a otra vida, todo lo que se haga dentro
resultará en vano. Por eso hay tanta reincidencia en los
internos que salen y vuelven porque no encuentran dentro
del sistema las vías adecuadas y suficientes para
insertarse honradamente y vuelven a delinquir.
En
el lenguaje de la cárcel se denomina “ranchear” al
espacio dentro del pabellón donde se comparte la mesa y
los bienes que puedan recibir. En este espacio más
familiar se van reagrupando y creando lazos de
supervivencia. Allí se refugian haciendo comunión de
bienes, de tristezas y de la confianza más honda. Hay
gente que no hace rancho porque son “pareas”, esto
significa que no tienen visitas, o sea, nadie que les
traiga algo para compartir, y otros porque todavía no
han aprendido a convivir y prefieren estar solos.
También están los que siguen delinquiendo dentro
presionando con amenazas a quien les puede dar unas
buenas zapatillas y hasta dinero depositándolos en
cuentas por los familiares de los mismos internos.
El
estar dentro no implica dejar totalmente la vida
anterior. Ellos mismos arman el submundo de la
corrupción y la delincuencia porque no conocen otros
estilos de vida.
Para
algunos es una triste noticia que apostemos por los
derechos de los internos. Sobre todo para aquellos que,
justificadamente, quieren de las rejas un lugar de
condena y no de restauración humana. Pero tienen todos
los derechos humanos básicos menos el de la libertad.
Eso
implica que tengan una buena alimentación, un espacio
digno para descansar y convivir. Que puedan desplegar su
creatividad en trabajos manuales que les haga sentirse
útiles y necesarios para la comunidad.
Estas tareas resultan muy buenas cuando tienen el famoso
“peculio”, que se deposita por su trabajo en una cuenta
bancaria. Es dinero con el que pueden seguir manteniendo
a sus familias y les permite no sumar otra preocupación
a la vida nada fácil que hoy tienen que llevar. En el
mejor de los casos, después en libertad podrán contar
con él para volver a empezar sin robar.
También cuentan con la oportunidad de “educación
académica” para avanzar en los estudios que ya tienen o
que nunca empezaron. Eso también les hace salir
preparados para vencer el duro desafío de la sociedad
que les espera afuera.
Es
ardua la tarea de quienes trabajamos en el servicio
penitenciario para invitarles a vivir mejor. Pero
tenemos mucho para darles y para devolverles. Ellos que
nada tienen nos enriquecen cada vez más. Porque nos
permiten amarlos desinteresadamente. Nos prueban y
desafían constantemente mostrándonos muchas veces
nuestras mediocridades e hipocresías. Y te trasmiten el
valor primordial de vivir en una libertad sana e
integrada a un mundo de ideales que todavía no hemos
comenzado a construir.
Si
el iceberg sigue flotando en las aguas de nuestra dureza
de corazón y no le acercamos el sol de nuestra
misericordia y compasión, seguirá haciéndose más y más
grande. Seguirá enfriando el mundo y nuestras vidas.
Depende de nosotros que disminuya y pronto alcancemos
entre todos el hermoso paisaje de la patria en la que
deseamos vivir.
Padre Leonardo Gonzalbes
(extracto)
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