LA ENFERMEDAD:
DEL QUEJIDO AL ENCUENTRO
Mari Patxi Ayerra
Mari Patxi Ayerra es mujer casada, con 3 hijos y 5
nietos.
Ella, contemplativa en la acción, es transparente,
ve y demuestra a Dios en todas las cosas que no para de
hacer.
Da charlas, ejercicios, escribe muy bien y mucho,
siempre sobre Dios.
Muchos la recordaréis por su extraordinaria
Carta a mi
Obispo Antonio María Rouco
Estas son algunas de las ideas
que expresó recientemente en una charla
Voy
a hablar de mis adentros, de cómo vivir la enfermedad.
Todos estamos tocados de enfermedad, sobre todo pasando
de la juventud. Está mi enfermedad y la de los otros, la
de los otros es la que nos hace sufrir más, porque mi
enfermedad me la manejo yo mejor.
Cuando llega la enfermedad a la vida de uno, te
descoloca, te rompe todos los planes, pone enfermos a
los de alrededor, toda la familia está enferma de
desasosiego, de preocupación. Notas que eres
aguafiestas, que no das la talla, no puedes llevar una
agenda, necesitas armarte de paciencia.
Notas que no es lo mismo cuando se vive solo que cuando
se vive con Dios. Con Él es mucho más fácil. Con Dios la
vida es diferente.
Para
tener una comunicación íntima con El, que sanee, hacen
falta tiempos de silencio total. La enfermedad te echa
el freno a las carreras de la vida y te obliga a tener
más tiempo para uno, y eso supone más tiempos para el
encuentro con Dios.
Vivir la enfermedad, el deterioro, acompañado por El, es
todo más fácil. Dinamiza mis recursos personales, no me
pone en contacto con el problema, sino que me pone en
contacto con la solución.
Puedo estar dándome pena, pero la autocompasión no
genera salud. Tener nostalgia de cómo estábamos antes,
no es sano, porque siempre estaremos peor, envejecer es
obligatorio.
A mí
la enfermedad me ha hecho crecer, porque vivida la
enfermedad con Dios, lo pequeño se hace grande y lo
grande pequeño. Soy importante no por lo que hago sino
por lo que soy.
La
calidad de mi vida es según la calidad de mis encuentros
con las personas con las que voy viviendo la vida. Me
hago más sensible a su ternura. Es impresionante ver la
ternura de la gente en una situación trágica: luego
decimos que somos malos, pero ¡como es la gente de
buena!
La
actitud de no comunicar una enfermedad para no dar dolor
a los otros, les priva a los otros de la capacidad de
cuidarte, y sufrir contigo. Con mi enfermedad mi familia
y amigos han aprendido a desarrollar más la ternura.
No
hay que guardarse las cosas, el cariño que no digas hoy,
caduca. La enfermedad te hace perder el sentido del
ridículo y tengo que saborear el cariño de los otros.
Vivir la vida en plural es el secreto de la felicidad.
Somos personas habitadas, no estamos solos. Dios es el
que queda cuando todos se van, por eso hay que saber
disfrutar de su compañía.
Y
hay que tener también sentido del humor, es una cualidad
del amor. En vez de enrollarme en mi mismo como un
yo-yo, me voy a lanzar a la vida, a querer, y así mi
vida tiene sentido.
Si
le dejo a la enfermedad que me gane la partida hago una
historia de egocentrismo, si intento estar contenta,
tengo dolor pero no sufrimiento. El sufrimiento es la
resistencia a lo que ocurre. Cuando lo aceptas dejas de
sufrir.
Cuando me despierta el dolor, me gusta hacer un
recorrido mental por las cárceles, las prostitutas, y
noto como que Dios me vuelve el corazón universal y se
me vuelve lo mío pequeño. Le digo: Señor, cámbiame mi
corazón de piedra por uno de carne que palpite por los
otros.
También en el dolor del otro, estar contento ayuda más.
Lo importante es ocuparse, hacer lo mejor para la otra
persona, captar lo que necesita, pero luego no
llevártelo puesto.
Me
siento valiosa cuando invito a mi casa, pero dejarme
invitar, me cuesta, pero tengo que dejar de hacer cosas.
Son momentos de recibir. Aceptar la debilidad. Cuanto
más débil yo, Dios se hace más fuerte en mí.
Dios
hace brotar con la enfermedad lo mejor de mí, tengo una
capacidad secreta de sentido del humor, madura la
ternura. Esta vulnerabilidad me hace misericordiosa.
He
tenido que estar enferma para encontrar los tesoros que
tengo en mi interior. Vamos tan corriendo que no los
encontramos. La enfermedad es una llamada también a la
interioridad. Deja el mundo de fuera, deja ya de correr.
Es una llamada a vivir para dentro.
Podemos vivirlo como un fracaso porque no somos
productivos, estamos en un mundo en que sólo se valora
lo productivo, pero estando en casa estás generando,
como genera un bebé, risas y ternuras alrededor.
El
tiempo de enfermedad es un tiempo para abandonarte en
Dios, es como si te llevaran en una moto, te agarras y
te tienes que inclinar con las curvas porque si no te
llevas un morrón, pues igual te tienes que inclinar por
la vida, dejar que lo que pasa, pase, no resistirse.
La
pena es malísima, y el miedo también. ¿Miedo a qué? A
que te mueras, a que te lleven a un psiquiátrico… bueno,
pues tendremos que tener la humildad suficiente para
dejarnos cuidar con sencillez. Irá llegando el deterioro
y cuanto más triunfadores somos, más nos cuesta aceptar
el deterioro.
La
enfermedad me hace vivir en zigzag, un día vivo bien y
otro mal. Es bueno que salgamos de casa por la mañana
bien amados, habiendo tenido mi ratito con Dios. Y si
estamos enfermos, dejemos a los otros salir de casa, que
noten que les necesitamos y que son importantes para
nosotros.
Pero
hay gente que niega la enfermedad, que te pregunta cómo
estás pero se responden ellos mismos sin dejar que tú te
expreses. El enfermo también necesita que se le escuche.
El enfermo está asustado y necesita contarlo. Lo mejor
que podemos hacer en la vida es acompañarnos unos a
otros, y facilitarnos el camino.
Da
más gusto decir que se está sano, que cuando estás mal.
Qué pena das a los que les asusta la enfermedad y se
esconden. En la escuela deberíamos aprender inteligencia
emocional para manejar los enfados, la enfermedad y la
muerte.
Esta
temporada pasada he tenido momentos de pérdida de
memoria, amnesia reciente. Y esto me asustaba mucho, si
se me estropea el cuerpo, tengo la mente, pero si se me
estropea la mente…, yo tengo a Dios en la mente. Pero
cuando no sepa yo quién es El, ya se acordará Él de mí,
y lo que pase estará en sus manos.
Si
vivo de verdad desde dentro, sabiendo que soy una mujer
habitada, Él me invita a vivir en armonía con la vida,
aunque mi vida se deteriore. Mi misión es querer, y he
nacido para querer, y puedo querer todos los días de mi
vida, despierta y dormida.
Siento que Dios me libera de mis autocompasiones, me
invita a sentirme más plena, a sentirme plenamente
feliz, que tenga vida en abundancia, en la enfermedad
también. Que sepa dar como un adulto y recibir como una
niña, saborear más el presente. Tengo que habituar mi
cuerpo dolorido a la armonía interior.
A
mis hijos les decía que si pierdo la cabeza no se
desesperen que me lleven donde sea, que sepan que vivo
más en conexión con Dios. Quiero que mis hijos vivan
así, siendo compasivos y agradecidos. El dejarme cuidar
me ayuda más a vivir el estilo de Jesús. Vivir más la
vida y la muerte, hasta que me encuentre en la camilla
al lado de Él.
Las
personas somos presente y memoria (de ayer y mañana). Si
vivo en el presente vivo bien, pero la memoria me da
nostalgia y me quita energía. Tengo que frenar la
memoria del ayer y del mañana y vivir el presente.
Aprender a vivir así con inteligencia emocional y
sentido del humor.
Ya
teníamos amores de antes, pero noto que con los años mi
historia de amor con Dios va siendo cada vez más fuerte
y dinamizadora, me apasiona para querer y gozar. Antes
era más pequeña y la enfermedad ha sido como una jugada
maestra de Él para hacerse más hueco.
A
veces me enfado con Él, pero poco, me enfado más por
cosas como el Tsunami o por cosas que leo en el
periódico, por cómo les duele la vida a los otros, no
por mí. Yo tengo una vida preciosa porque vivo mi
enfermedad con Dios, ¡qué pena los que no viven la vida
con el Dios de la vida!
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