Mi naufragio en las Islas Marías
De noche, entre el fuego y las olas
En las Islas Marías, situadas en el océano pacífico al
sur de Mazatlán, se ubica un penal federal que es un
modelo único de cárcel que tiene como finalidad la
rehabilitación del preso. Las únicas rejas son las olas
y los internos pueden vivir con sus familias.
Actualmente se suele admitir a reos de baja
peligrosidad.
Desde 1943 el gobierno mexicano pidió a la Compañía de
Jesús que se hiciera cargo de la atención religiosa de
los presos. Y desde entonces ha habido presencia
permanente de jesuitas en la Isla que han entregado su
vida en medio de los pobres y de los presos.
Debido a mi nuevo servicio en la Compañía de Jesús, en
septiembre del 2008 visité por primera vez a los dos
jesuitas que actualmente viven ahí: el P. Francisco
Ornelas quien es el párroco y el hermano Juan Gómez
quien fundó y dirige una Escuela de Torno Industrial
para dar capacitación a los presos.
Para llegar ahí hay que pedir permiso a Gobernación y
embarcarse en Mazatlán en una travesía de 12 horas.
Además hay que sumar las 5 horas que duran los trámites
de revisión de equipaje para poder abordar el barco de
la Armada de México.
El miércoles 1º de julio me embarqué por segunda vez en
el buque Maya de la Armada de México. Íbamos 89 civiles
y 34 tripulantes. Es un barco de carga donde transportan
diesel, herramientas, el correo y los alimentos para
toda una semana de los internos y el personal
administrativo de la Isla. Suelen ir familiares de los
presos, algunos empleados de algunas empresas a prestar
servicios y la tripulación. Para los civiles no hay
sillas ni camarotes. Viajan en cubierta y se duerme en
el piso al aire libre. Esta vez ya iba más confiado, con
la experiencia de haber viajado con anterioridad.
Después de platicar con el papá de uno de los presos me
acosté a dormir.
Me despertó el movimiento de varios niños y los gritos
que anunciaban que se estaba quemando el barco. Eran las
4.30 AM y todavía faltaban tres horas de navegación.
Me incorporé y ya estaba encendido el reflector que
iluminaba la cubierta y lo que vi en la proa fue que
junto a la antena del radio y cercano a los camarotes de
la tripulación salía un humo denso de color gris oscuro.
Cuando el viento lanzaba el humo hacia la popa, donde
estábamos todos arremolinados, nos faltaba el oxígeno y
yo sentía que me ahogaba. Tenía que irme al barandal
para no respirar más ese humo contaminado. Aunque veía
que estábamos en problemas mi mente me decía que el
problema iba a ser controlado. Pensaba que estaba
viviendo una pesadilla, me costaba trabajo creer lo que
estaba viendo.
En unos instantes más empecé a sentir angustia pues en
lugar de desaparecer el humo y extinguirse aparecieron
unas poderosas llamas. Los marinos corrían intentando
sofocar el incendio pero noté en seguida que no podrían
y que sus esfuerzos serían inútiles. Carreras y gritos,
especialmente de los niños que estaban con sus mamás. A
mi alrededor había varias mamás abrazando y tratando de
calmar a sus hijos. Gente sencilla de nuestro pueblo. Yo
seguía atónito, todavía sin poder despertar bien y con
la sensación de estar viviendo una pesadilla. Me acabé
de despertar cuando el jefe de los marinos dio la orden
de ponernos los chalecos salvavidas y evacuar el buque.
Como estaba a un lado del depósito de los chalecos
inmediatamente empecé a repartirlos a los que lo pedían
y empezamos con nerviosismo a anudar los listones. Los
dedos no me respondían ágilmente y tardé un poco en
hacer los nudos y asegurar mi chaleco.
Los marinos hicieron dos grupos: los que no supieran
nadar y los que sí. A los primeros los fueron llevando a
la parte trasera del buque para empezar la evacuación y
ayudarles.
El fuego aumentaba a la misma velocidad que mi angustia
de imaginar que iniciaran algunas explosiones. Sentí un
gran miedo que, de pronto, hubiera una explosión que me
alcanzara y me quemara.
De la cubierta bajé a la popa. La escalera terminaba en
unos tambos de 200 litros llenos de gasolina y de ahí
había que brincar al piso. Ayudé a algunas personas a
bajar de los tambos y a subirse al barandal del barco
para tirarse al agua. Y mientras atendía a los demás
también sentí fuertemente mi propio instinto de
conservación y de buscar la salida para mí; quería
salvarme. Anduve recorriendo la popa y viendo hacia el
mar para encontrar el mejor lugar para saltar. Dudaba
mucho para dar el salto y me resistía. Tenía mucho miedo
y la sensación de ir a lo desconocido, a la inseguridad.
No me cabía en mi lógica lo que estaba pasando.
A pesar de las carreras, los gritos y los llantos, los
marinos iban ordenando muy bien la evacuación. Había un
jefe que daba las órdenes y los demás las apoyaban.
Gracias a esta disciplina pudieron ayudar a las mamás a
mantener la calma y que no se diera un brote histérico
entre ellas y en los hombres que no sabían nadar. Las
balsas salvavidas más cercanas al barco ya se estaban
llenando principalmente con las mujeres y los niños. Los
marinos estuvieron muy pendientes de cada mamá que caía
al agua para auxiliarla.
Yo rodeaba el contorno de la popa y me seguía
resistiendo a lanzarme al agua. La veía muy lejos y era
de noche.
Me acordé que en mi equipaje, que obviamente tenía que
dejar, estaban mis lentes y decidí subir a cubierta por
ellos. Al llegar ahí, las llamas ya habían crecido aún
más y sentí nuevamente el pánico de una explosión pues
sabía que el barco llevaba combustibles. Para entonces
la cubierta ya estaba casi desierta salvo algunos
marinos que estaban quitando cosas cercanas al fuego.
Rápidamente inicié el descenso a la popa y volví a
caminar sobre los toneles de gasolina, pero esta vez las
ansias me hicieron brincar más rápidamente y caí mal
sobre mi pie derecho. Se me dobló el tobillo, caí
completamente y enseguida sentí un dolor agudo. Pero
había que escapar lo más pronto posible y me levanté
como pude.
Busqué el costado del barco más desocupado y ahora sí me
dispuse a brincar al mar. No me quedaba otra. También me
animó el hecho que ayudé a saltar al agua a una señora
con su hijo en brazos. Me dije: “ella no sabe nadar y
lleva a su hijo, yo sí sé nadar tengo los brazos
libres”. Así me di valor.
Sólo eran dos o tres metros de altura pero yo veía muy
lejos el mar. Aunque dieron la orden de quitarse los
zapatos yo la desobedecí y salté con ellos al agua, a la
oscuridad, a la aventura. El chapuzón en el agua fresca
me volvió a recordar la locura que estábamos viviendo.
Gracias al salvavidas no me hundí tanto. Aunque es una
zona donde hay muchos tiburones, en ese momento no lo
recordé y puede nadar sin pánico. Sentí que iniciaba
otra etapa en esta aventura pues me alejaba ya del
peligro de las llamas, de una explosión y también había
superado el temor de saltar.
Después de nadar un rato llegué a una balsa que estaba
casi sola. Subir implicaba un grado de dificultad grande
pues el costado de la balsa era redondo y alto como una
llanta gigante. Aunque tenía una escalera pequeña de
listones de tela, al poner el pie en la escalera el
cuerpo se va hacia abajo de la balsa. Y así hay que
impulsarse hacia arriba. Con la ayuda del marino que
estaba ya en la balsa pude remontar y luego caer de
clavado pues la balsa es profunda . Una vez adentro ya
sentí una gran seguridad de haber logrado uno de los
objetivos: llegar a la balsa.
Dentro de la balsa la oscuridad fue mayor pues era de
noche y además tenía un toldo que la cubría. Al poco
rato, subió un señor muy gordo y al entrar de clavado y
caer pesadamente en el piso desfondó la balsa. El piso
se despegó y empezamos a hundirnos. Nuevo susto y nueva
batalla por la sobrevivencia. Se hundía el piso y el
agua nos llegaba ya a la cintura. Era un nuevo naufragio
y nuevos sentimientos de inseguridad. Decidí sumergirme
más para liberarme y lo logré.
Volví a nadar en medio de la oscuridad y de una profunda
soledad física. En ese momento no pensé en mi gente
querida sino que estaba profundamente inmerso en una
especie de burbuja del aquí y el ahora. El mundo se
desaparece, lo único es el presente y la lucha por la
sobrevivencia. También me percaté sensiblemente de la
fragilidad de la vida. Hacía unos minutos descansaba en
el barco y ahora enfrentaba el peligro y la
incertidumbre. Pensé en lo rápido que puede cambiar la
vida, de manera sorpresiva y que se impone. Había
contemplado muy cercana la muerte pero no como algo
inminente. No la ví a un paso sino a cinco.
Me detuve a descansar un poco y contemplar el barco que
ardía y pensé que escenas de incendio en el mar ya las
había visto en películas, pero ahora era diferente.
Estaba asombrado y atónito. Durante momentos contemplaba
sin creer ese espectáculo. Yo estaba en plena oscuridad
solo iluminado por las llamas del barco. Andaba a la
deriva nuevamente sintiendo una terrible soledad.
Nadaba solo pues la mayoría de las personas ya estaban
en las balsas. Continué hasta que vi un barril blanco
que me llamó la atención. Me dirigí hacia allá y,
enseguida, vislumbre a un marino que en ese momento
jalaba un cordón y se abría una balsa. Sentí nuevamente
la esperanza. Él subió inmediatamente y le pedí ayuda
para subirme, y luego ambos ayudamos a varios más. La
balsa se fue llenando poco a poco. Sentí miedo que con
el sobrepeso se fuera a hundir como había pasado con la
otra. En total subimos 19 personas y la capacidad era
para 20.
En esa balsa se subió la mayoría de la tripulación pues
revisaron que todas las personas estuvieran a salvo y no
anduviera nadie a la deriva en el mar. También fueron
los últimos en abandonar el buque. Así nuestra balsa era
completamente masculina con 3 civiles y 16 de la
tripulación, entre ellos, estaba un teniente de
navegación y el jefe de los marinos (el Contramaestre)
quienes tomaron la autoridad.
Empecé a sentir calambres en las piernas y un gran
cansancio. Seguía la oscuridad y las olas nos alejaban
del barco. Eso nos beneficiaba pues en caso de que se
hundiera no nos jalaría, con él, al fondo del mar.
Además seguía latente la posibilidad de que se dieran
estallidos, pues se quedaron algunos tambos de gasolina
en la popa.
Se sacó el equipo de auxilio de la balsa: unos remos;
unos paquetes con sobres que contenían agua; una especie
de paracaídas pequeño que se lanzaba al mar y funcionaba
como contrapeso para jalar la balsa; una navaja para
cortar cuerdas; luces de bengala; otras luminarias; etc.
Me dio gusto que vinieran bien equipadas para accidentes
como el que habíamos vivido. Además la balsa tenía, en
el centro, un arco que servía de sostén a un toldo que
colgaba a ambos lados y nos protegería cuando saliera el
sol. La balsa podría estar completamente cerrada pero no
circularía el aire. Tenía que estar destapada hasta
cierto nivel.
Una vez que el teniente organizó a la tripulación vino
un gran silencio que a mí me permitió contactar más con
mis sentimientos de extrañeza, de estar en una balsa con
gente sencilla del pueblo, desconocida, pero que nos
hermanaba una experiencia de estar completamente a la
deriva e incomunicados. Sentí una gran cercanía a esas
personas, una comunión humana de estar en peligro y en
dificultades. Ahí no importaba qué había hecho cada
quien, ni qué profesión tenía, ni qué títulos, ni la
edad, ni la condición social. Importaba que estábamos
juntos en aprietos y teníamos una actitud de cooperación
y de buscar soluciones.
Más adelante se acercó en una pequeña barquita de madera
el capitán del barco y le comunicó a sus subalternos que
había decidido intentar llegar remando a las Isla pues
no quería quedarse ahí sin hacer nada. Pidió los remos
de nuestra balsa y le dio al teniente un radio portátil
y él se llevó otro. Iba con cinco marinos y así se
partieron.
Poco a poco empezó a amanecer y vi que nos habíamos
alejado demasiado del grupo de las demás balsas que se
habían amarrado entre ellas para evitar la dispersión.
Sólo nosotros estábamos aislados y ahora distantes.
El teniente ordenó al buzo del buque y a otros tres
marinos que se tiraran a nadar para acercarnos a las
otras balsas ya que la distancia cada vez era mayor y no
teníamos los remos. Pero en realidad era infructuoso el
esfuerzo pues las olas lo impedían y nos arrastraban en
la dirección contraria. Y después de unos minutos el
buzo y los marinos que se habían tirado al agua entraron
intempestivamente a la balsa, como si fueran delfines
saltando, pues vieron a un tiburón. Y ahí recordé que es
una zona llena de tiburones. Estaban pálidos y con la
respiración agitada.
Con la luz del día me alegré de ver que mi reloj había
superado la prueba y funcionaba perfectamente. Ya eran
las 8 de la mañana. Sentía mucha sed y hambre.
El teniente tenía el radio portátil y mandaba constantes
mensajes de auxilio a los distintos lugares que podían
oírnos: San Blas en Nayarit, Mazatlán o las Islas
Marías. Pero no había respuesta. Me aburrí de oír tantas
veces el mismo pedido de auxilio.
Uno de los marinos oyó un motor de avión y sentimos una
gran alegría e inmediatamente se sacaron las bengalas y
se lanzaron dos. La alegría se convirtió en decepción y
frustración pues siguió su ruta sin enterarse de
nosotros. Pienso que fue un avión comercial que iba
demasiado alto. Nuevos silencios.
Íbamos apretados y esto dificultaba cualquier
movimiento. Además el piso de hule de la balsa al no
estar fijo no permitía apoyarse en él y cambiar de
posición. Por todo esto sentí con mucha frecuencia
dolores de espalda y a ratos dificultad para respirar.
Era muy difícil cambiarse de lugar. Y cuando subió el
sol quedé del lado descubierto donde daba plenamente. Me
empecé a quemar la cara y así aguanté un buen rato hasta
que pedí cambiar de lugar y me metí dentro del toldo de
la balsa. Sentí un gran alivio aunque ahora no sería tan
fácil ver el mar y las posibilidades de rescate.
Al ver que tantos llamados de auxilio eran inútiles y
ayudado por el cansancio me aparecieron una serie de
pensamientos pesimistas. Empezaba a imaginar qué pasaría
si anochecía y si no nos localizaban pronto. Empezó un
tormento interior. Entonces recordé la importancia de
vivir sólo en el presente y contactar con él a través de
la respiración. Respirar profunda y repetidamente.
Sentir el aire que entra y sale. Sentirlo, sentirlo… Y
esto me ayudó a no sumergirme en el fatalismo y la
desesperación total. Pero los sentimientos de
incomodidad, impaciencia, cansancio, y el dolor del pie
que ya había aparecido hacía rato me presentaban de
nuevo pensamientos pesimistas que combatí con la
conciencia del presente.
No sabía por qué pero permanentemente había agua en el
piso de la balsa que nos mantenía mojados las
asentaderas y las piernas. Fueron muy útiles una esponja
y un trasto de plástico que estaban en el equipo de la
balsa para que los marinos pudieran sacar poco a poco el
agua que se juntaba. Esto me recordaba permanentemente
que estaba en alta mar y a la deriva.
A ratos me preguntaba cómo estarían las mamás y sus
niños en las otras balsas. Pensé en todas las horas que
llevábamos a la deriva y la incomodidad de los niños, su
impaciencia y por qué no, la histeria de alguna de las
personas adultas. Me consolaba saber que en cada balsa
iba un marino y que estaban juntas para ayudarse. El
cansancio me hacía dormitar un poco.
El teniente me desesperó pues empezó a tener mal humor y
les empezó a gritar a los marinos y a regañarlos de una
manera desagradable. Era su manera de sacar el miedo y
la tensión. Esperé un tiempo a ver si se calmaba y si
no, iba yo a intentar ayudarle a que manejara sus
sentimientos. Pero no fue necesario, en unos minutos más
guardó silencio y dejó de dar órdenes.
Cuando podía ver las otras balsas las veía cada vez a
mayor distancia. Sin embargo no me preocupaba pues una
vez que nos descubrieran nos rescatarían a todos.
En un momento de silencio oímos el motor de un avión y a
los pocos minutos entró la comunicación al radio. Cuando
escuchamos la voz del piloto que decía que ya nos habían
localizado gritamos de emoción y alegría. Como decía mi
abuelita, me volvió el alma al cuerpo. Sentí ganas de
llorar y mucha emoción. Y se me salieron las lágrimas.
El rostro nos cambió a todos por la alegría. Vi mi reloj
y eran las 12.40 PM. Estábamos salvados y solo era
cuestión de esperar la llegada de las embarcaciones de
rescate. A partir de entonces los silencios fueron
menores y empezaron las bromas y las caras sonrientes.
Entonces caí en la cuenta que no le había pedido ayuda a
Dios. No me puse a rezar ni pensé en poner a rezar a los
marinos. Yo tenía la certeza que Dios ya sabía lo que
pasaba y no estaba cruzado de brazos sino que había
actuado y estaba actuando en el trabajo de todos
nosotros y especialmente en el de los marinos que tan
acertadamente nos ayudaron a los civiles a evacuar el
buque y que ahora todos estábamos en las balsas. Nunca
tuve la duda si Dios iba actuar. Me dio gusto constatar
Su acción en medio de esa dificultad.
Sabía que el rescate no sería pronto pero ya tenía nueva
dosis de paciencia que me alcanzaría hasta llegar a las
Islas Marías. Y efectivamente aunque el piloto del avión
dijo que la Interceptora (patrulla de alta velocidad)
llegaría en media hora en realidad tardó una hora en
arribar a la zona del naufragio. Cuando se estableció la
comunicación con el capitán de la patrulla, el teniente
le pidió que se dirigiera al grupo de balsas pues ahí
estaban las mujeres y los niños. Y así lo hizo.
Enseguida apareció en el cielo un gran helicóptero de la
marina que estuvo durante más de una hora sobrevolando
el sitio. Me explicó el contramaestre que tenía una
canastilla por si había necesidad de subir y trasladar a
alguna persona grave a Mazatlán. Y afortunadamente no
hubo necesidad. Yo sentía mucha emoción de ver el
helicóptero muy cerca arriba de nosotros y que estaban
ahí para ayudarnos, para respaldarnos. Era también un
sentimiento de incredulidad.
Una media hora después llegó con nosotros otra patrulla
y a los tres civiles que íbamos nos hicieron subir a
ella y los demás permanecieron en la balsa. A mí me
costó mucho trabajo porque ya prácticamente me era
imposible apoyar el pie derecho. Me dolía cada vez más y
más.
Arriba de la patrulla, al aire libre, inmediatamente vi
a unos metros dos aletas grandes de tiburón. Andaban
merodeando. Y en el trayecto de remolcar la balsa hacia
el otro grupo seguí viendo varios más. Pero de ninguna
manera intentaban atacar y ya sentía la seguridad de
estar en una embarcación menos frágil y con motor.
Tardamos casi media hora en arribar al otro grupo de
balsas, pues iba lentamente y nos habíamos separado un
poco más de dos kilómetros. Se me hizo muy largo ese
corto trayecto. Eran las ansias y el cansancio
acumulado.
Para entonces la mayoría de las personas ya estaban en
la Interceptora y en algunas embarcaciones pequeñas que
salieron de las Islas Marías. También me impresioné
mucho pues llegó otra Interceptora con un gran número de
médicos y enfermeras que venían de Mazatlán a
revisarnos. Sentí nuevamente la solidaridad humana y el
agradecimiento con esos rostros morenos de hombres y
mujeres que vinieron en nuestro auxilio. La sensación de
tragedia iba disminuyendo en mí y la paz volvía al saber
que nadie se había ahogado y que todos estábamos con
vida.
Ante el retraso en salir rumbo a las Islas Marías pensé
que quizás nos querían llevar a Mazatlán de regreso. El
capitán que había salido en la barca de remos ya había
sido rescatado y estaba hablando con los pilotos de las
Interceptoras. Después me enteré que sí tenían la orden
de llevarnos a Mazatlán pero que la gente pidió e
insistió en dirigirse a las islas ya que los familiares
estarían esperando. Y así fue finalmente.
De ahí todavía tardamos más de una hora en vislumbrar
las islas. Nos volvimos a detener. Hubo reacomodo en las
distintas embarcaciones. A los marinos que había sufrido
la tragedia se los llevaron en una interceptora a ver
qué se podía hacer en el buque que se seguía
incendiando. Sentí coraje y lástima de que en esas
condiciones todavía los hicieran trabajar. Entendí el
lado inhumano de las instituciones: órdenes son órdenes.
A las 18.30 horas mi embarcación arribó a las Islas
Marías. Me percaté que llegaba sólo con lo puesto y en
una sensación de despojo, de carencia. Con muchos
trabajos y lentitud por el dolor del pie recorrí el
muelle hasta el puesto de inspección antes de que le
permitan a uno entrar a la isla. Ya necesitaba ver a
Paco Ornelas que sabía me estaba esperando. Me urgía.
En el sitio de inspección había un grupo de médicos que
nos hicieron una pequeña revisión, entre otras cosas
medir la presión arterial y medicaban en caso de
necesitarlo. Yo sí traía alta la presión y me dieron una
pastilla.
Una vez pasada la inspección me encontré con Paco y el
“Regio,” un preso que es su ayudante y se encarga de la
catequesis de los niños. Un abrazo hermoso con Paco y
luego vi su cara de incertidumbre. No sabía nada. No les
habían avisado del naufragio. Éramos los primeros
informantes y corrió como pólvora la noticia.
Paco me llevó al hospital del Seguro Social y solo
estuvimos un rato pues había varios de los niños que
venían en el barco y los estaban atendiendo. Preferí
llegar a la comunidad y comer algo.
Después de saludar al hermano Juan me senté a cenar.
Mientras, Paco me consiguió ropa interior, un pantalón,
una playera y útiles de aseo. Estos signos de acogida y
ayuda los valoré muchísimo. Experimenté la solidaridad
humana y la fraternidad jesuita. Me sentí en casa con
los míos y siendo ayudado por ellos.
Durante la cena fue la narración a mis hermanos jesuitas
y al Regio de mi experiencia con todos los pormenores.
Contestaba sus preguntas y esto me sirvió para iniciar
la catarsis que he vivido desde entonces.
El “Regio” fue a buscar a Gamaliel, un preso que es de
Mérida y sabe sobar Y también agradecí mucho que con su
habilidad disminuyera la inflamación del tobillo y un
poco el dolor. Sin embargo la inflación y el dolor
siguieron hasta el presente, pues resultó ser un
esguince de segundo grado.
Estaba sumamente agotado física y emocionalmente y me
fui a mi cuarto a descansar. Ahí, repasando el día,
brotó el llanto ambivalente de agradecimiento por estar
vivo; de la angustia vivida; de la soledad; de la
fragilidad y también la solidaridad humana.
A modo de cierre.
No me he puesto a pensar sobre la experiencia (el por
qué, el para qué) pues he optado por la vía afectiva
para drenar todas las emociones que viví y se acumularon
en esas horas de naufragio. Y me felicito por esta
decisión. He estado muy sensible y me he mostrado débil.
He llorado bastante y me he compartido con muchas
personas. He recibido muchas muestras de cercanía y
cariño que agradezco en el corazón. Hablar mucho del
naufragio me ha ido sanando poco a poco.
De los grandes impactos de esta experiencia ha sido lo
inesperado y lo contundente. No fue algo programado sino
que se nos impuso a todos. La vida tiene su propio ritmo
y sus experiencias independientemente de nosotros. Me
ayuda a seguir fluyendo con ella como se presente y no
como yo la programe.
La profunda experiencia de soledad y de saberme frágil y
necesitado también fue una profunda experiencia humana y
religiosa. La comunión que viví con los demás me llegó
hondamente: juntos en la desgracia y ayudándonos.
Otro impacto muy fuerte fue experimentar la fragilidad
de la vida, de mi vida y la cercanía de la muerte. La
posibilidad real de desaparecer y de manera pronta me ha
dejado huellas. Junto con esto constaté que estoy en paz
con mi vida, que siento que he sido muy amado y que he
amado a muchas personas.
31 de julio de 2009
Fiesta de San Ignacio de Loyola
Luis Valdez Castellanos sj
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