CELEBRANDO A MONSEÑOR ROMERO
HOMILÍA EN LA CAPILLA DE
LA UCA
En
muchos lugares se está celebrando el XXIX Aniversario del
asesinato-martirio de Monseñor Romero. Ahora, en esta
eucaristía le recordamos en la Capilla de la UCA. Le pedimos
que nos bendiga. Le pedimos también que nos anime a ser una
universidad como él la quería, y a convertirnos cuando, por
acción o por omisión, no lo somos.
Ahora
queremos recordar al Monseñor Romero buen pastor, a partir
de tres cosas muy suyas: el Hospitalito, la Catedral y su
caminar con el pueblo, defendiéndolo, hasta el final.
1.
En el Hospitalito, a solas con Dios
Es
sabido que, nombrado arzobispo, la oligarquía quiso
ganárselo y le ofreció un palacio episcopal con las
habituales comodidades mundanas. Pero Monseñor lo rechazó y
se fue a vivir a una modesta habitación junto al hospital de
La Divina Providencia. Allí recibió, muchas veces de noche,
a personas de todo tipo. Allí preparaba los sábados sus
homilías dominicales. Y allí sobre todo, como Jesús junto al
lago o en el huerto, oraba al Dios que ve en lo escondido.
Contaba la hermana Teresa que a altas horas de la madrugada
a veces veía luz en las habitaciones de Monseñor, y le
llevaba un zumo de naranja. Lo encontraba rezando.
En el
hospitalito Monseñor Romero vivía solo y sin seguridad en
tiempos de graves riesgos. Las personas más cercanas eran
mujeres, enfermas de cáncer incurable, pobres todas ellas,
con la angustia añadida de no saber qué sería de sus hijos
una vez muertas ellas. Monseñor -tan indiferente a honores
mundanos- confesó que le hubiese gustado ganar el premio
Nobel de la paz de 1978 para, con el importe del premio,
aliviar la suerte de las mujeres enfermas.
Sólo
Dios que ve en lo escondido sabe bien quién era el Monseñor
del Hospitalito y qué significaba Dios para él. Pero algo
podemos barruntar. Poco antes de su muerte, en los momentos
más difíciles del pueblo salvadoreño, Monseñor les habló de
"Dios":
"Ningún hombre se conoce mientras no se ha encontrado con
Dios. Quén me diera, queridos hermanos, que el fruto de esta
predicación fuera que fuésemos a encontrarnos con Dios"
(Homilía del 10 de febrero de 1980).
Y a
estas palabras más reflexivas, añadió otras más entrañables.
Con humildad decía: "mi más íntimo deseo es que yo no sea un
estorbo en el diálogo de ustedes con Dios". Y con gozo
añadió: "me alegra mucho cuando hay gente sencilla que
encuentra en mis palabras un vehículo para acercarse a Dios"
(Homilía del 27 de enero de 1980).
Sin
sectarismo alguno, sino con sincero respeto a todos, dijo
que "sin Dios no puede haber liberación" (Homilía del 2 de
marzo de 1980). Y con Dios, consolaba a la gente: "Dios va
con nuestra historia. Dios no nos ha abandonado" (Homilía
del 9 de diciembre de 1979).
A
todos, también UCA e Iglesia, nos pregunta y nos invita
Monseñor a "estar a solas con Dios". Y a quienes no
mencionen ese nombre les pregunta e invita a estar a solas,
indefensamente y en entrega total, con aquello bueno que
vean como último: la compasión, la justicia, la verdad. "A
solas". Sin poder ir más allá.
2.
En la Catedral con su pueblo
El
Monseñor de Catedral es más conocido. Es el Monseñor de las
homilías, de los pobres y de las víctimas, de los horrores
de la represión y de la esperanza de justicia. Es el Dios
de las organizaciones populares, de los sacerdotes
perseguidos y asesinados, de los innumerables mártires, sin
que Monseñor dejara a ninguno de ellos y de ellas sin
nombre. Es el Dios del pueblo salvadoreño.
Quienes tuvimos la suerte de escucharlo lo recordamos muy
bien. Vamos a citar algunas palabras suyas, pero quizás lo
más importante es saber cómo preparaba las homilías, honda
lección para la Iglesia, la UCA, los medios, y todas las
instituciones y organismos que quieren servir al pueblo. La
víspera de su asesinato dijo Monseñor:
"Le
pido al Señor, durante toda la semana, mientras voy
recogiendo el clamor del pueblo y el dolor de tanto crimen,
la ignominia de tanta violencia, que me dé la palabra
oportuna para consolar, para denunciar, para llamar al
arrepentimiento"(Homilía del 23 de marzo de 1980).
De ahí
surgía la denuncia y la profecía, y por surgir del dolor y
clamor del pueblo iban más allá de declaraciones éticas o de
la doctrina social:
"Yo
denuncio, sobre todo, la absolutización de la riqueza. Éste
es el gran mal de El Salvador: la riqueza, la propiedad
privada como un absoluto intocable. ¡Y ay del que toque ese
alambre de alta tensión! Se quema".
"Vivimos en un falso orden, basado en la represión y el
miedo". "El robar se va haciendo ambiente. Y al que no roba
se le llama tonto". "Se juega con los pueblos, se juega con
las votaciones, se juega con la dignidad de los hombres".
"Estamos en un mundo de mentiras donde nadie cree ya en
nada". Y como un Amós o un Miqueas decía: "esto es el
imperio del infierno". La exigencia es cómo ser Iglesia y
universidad de ciencia y de profecía.
En los
últimos meses Monseñor Romero fue todavía más duro, si cabe,
en decir la verdad. Y la razón era la compasión; la verdad
estaba a favor del pueblo, que muchas veces sólo tenía la
verdad en su favor. De ahí que la denuncia profética subió
de tono.
Pero
es importante recordar también unas palabras, llenas de
honradez y muy de Monseñor, que ojalá todos las tengamos
presentes: "hay que comenzar por casa".
"Todo
el que denuncia debe estar dispuesto a ser denunciado y, si
la Iglesia denuncia las injusticias, está dispuesta también
a escuchar que se la denuncie y está obligada a convertirse…
Los pobres son el grito constante que denuncia no sólo la
injusticia social, sino también la poca generosidad de
nuestra propia Iglesia" (Homilía del 17 de febrero de 1980).
3.
En medio del pueblo y en su defensa hasta el final
Monseñor se mantuvo firme en la compasión y en la denuncia,
sin componendas. Su compasión y su profecía no fueron flor
de un día, ni fueron palabras política y eclesiásticamente
correctas. En la sociedad no encontró facilidades, por
decirlo muy suavemente, pero tampoco encontró facilidades en
la Iglesia en cuanto institución jerárquica; a veces todo lo
contrario. Se mantuvo firme, y hasta el último momento
defendió a las víctimas, aun sabiendo que él podía ser la
próxima. Y así fue.
Monseñor Romero tomó en serio las palabras de Puebla. A los
pobres Dios "los ama y los defiende". Lo primero le llevó a
desgastarse en una pastoral a favor de la justicia, la
esperanza y la vida de los pobres. Lo segundo, a enfrentarse
con quienes los oprimían y reprimían.
Puso a
su Iglesia en esa dirección de defensa y enfrentamiento, de
modo que, sin intenciones idealistas, llegó a ser una
"Iglesia de los pobres". Eso significó riesgos y
enfrentamientos. "Por defender al pobre la iglesia ha
entrado en grave conflicto con los poderosos de las
oligarquías económicas" (Discurso de Lovaina, 2 de febrero
de 1980).
Ya
antes había constatado las consecuencias, y emitió un juicio
que nunca se emite, desorbitadamente evangélico: "Sería
triste que en una patria donde se está asesinando tan
horrorosamente no contáramos entre las víctimas también a
los sacerdotes. Son el testimonio de una Iglesia encarnada
en los problemas del pueblo" (Homilía del 24 de junio de
1979).
Hasta
el día de hoy, en un mundo mal llamado de globalización y
que en realidad vive en trance de cruz, que pretende quitar
aristas al horror de la realidad y silencia a millones de
crucificados -en Irak, en el Congo, en Gaza, en Haití-,
hacer presente a Dios en la historia es seguir a Jesús
cargando con la cruz. No con una cruz abstracta y sin
historia, sino concreta, salvadoreña.
"Cristo es Dios majestuoso que se hace hombre humilde hasta
la muerte de los esclavos en una cruz y vive con los pobres…
así debe ser nuestra fe cristiana" (Homilía del 17 de
febrero de 1980).
Monseñor lo intuyó desde el principio. En Aguilares el 19 de
junio de 1977 comenzó la homilía con estas palabras: "a mí
me toca ir recogiendo atropellos y cadáveres". Palabras
para la UCA, para la Iglesia y para todos.
Monseñor mantuvo la defensa de su pueblo hasta el final, y
con ello la esperanza. Dos eran sus pilares, como lo intuyó
Ignacio Ellacuría: Dios y el mismo pueblo. Sin ninguna
rutina, en las horas más trágicas de El Salvador no se cansó
de repetir el Emmanuel. "Dios va con nuestra historia. Dios
no nos ha abandonado. Ningún cristiano debe sentirse solo en
su caminar, ninguna familia tiene que sentirse desamparada,
ningún pueblo debe ser pesimista, aun en medio de las crisis
que parecen más insolubles". Es el "consolad, consolad a mi
pueblo" de Isaías.
Y a
ese pueblo le dio dignidad. "Ustedes son el divino
traspasado" dijo en Aguilares a unos campesinos
aterrorizados, el día que fue a celebrar la eucaristía
cuando los soldados, un mes después de haberlo tomado y
ocupado, abandonaron el pueblo. El Monseñor que decía: "esto
es el imperio del infierno" decía también: "sobre estas
ruinas brillará la gloria del Señor".
Las
amenazas iban en aumento. En su última homilía confesó:
"Esta semana me llegó un aviso de que estoy en la lista de
los que van a ser eliminados la próxima semana". Y
automáticamente, como si se hubiese convertido en segunda
naturaleza, Monseñor puso su muerte en relación con la
salvación del pueblo: "que mi sangre sea semilla de libertad
y la señal de que la esperanza será pronto una realidad".
Y en
relación con el pueblo, en un supremo esfuerzo para impedir
mayores atrocidades, pronunció las palabras finales de su
última homilía, hito insuperable en la historia del país, de
la Iglesia y de cualquier lugar donde quede un rastro de
humanidad.
"En
nombre de Dios, pues, y en nombre de este sufrido pueblo,
cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más
tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de
Dios: ¡cese la represión!" (23 de marzo de 1980).
Nunca
antes se habían escuchado semejantes palabras, ni nunca
después se han vuelto a escuchar. Fueron recogidas con un
estruendoso aplauso, nunca antes escuchado ni nunca después
vuelto a escuchar.
Con la
muerte de Monseñor no murió su palabra. Pocos días después
de su asesinato, en una misa celebrada en la UCA, el Padre
Ellacuría dijo: "Con Monseñor Romero, Dios pasó por El
Salvador". Las hemos repetido muchas veces, y hoy nos
volvemos a preguntar: ¿es verdad? Sí, y en muchos lugares.
Baste recordar algunas cosas de estos días.
Conclusiones
El 15
de marzo algo muy nuevo ocurrió en El Salvador. El partido
Arena, que nunca había pronunciado oficialmente el nombre de
Monseñor Romero - pienso que por miedo y por una especie de
insuperable parálisis fonética, perdió las elecciones. Por
el contrario, el vencedor, Mauricio Funes sí lo pronunció.
Analistas hay y habrá que juzguen sobre convicciones e
intenciones. Pero remitirse a Monseñor Romero en ese momento
y presentarlo como lo más entrañable que ha producido y
tiene este país, indica que Monseñor Romero sigue vivo.
En la
vigilia del 21 de marzo, durante la marcha y ante la
Catedral, muchos salvadoreños y salvadoreñas, sintieron una
vez más la presencia de Monseñor. Con sentido humano y
cristiano -y con exquisito sentido teológico- no expresaron
esa presencia, al menos no en lo fundamental, porque
tuvieran ahora en sus manos "más poder", sino que la
expresaron en un sentimiento de dignidad, esperanza y
alegría. Con Monseñor podían seguir trabajando y caminando.
Y celebrando la vida.
Terminamos por donde comenzamos. Estamos en la Capilla de la
UCA. Les invito a todos a hacer realidad aquello a lo que,
ante Monseñor, se comprometió el Padre Ellacuría cuando, en
1985, la UCA le otorgó un Doctorado Honoris Causa.
1. Una
auténtica inserción en la realidad nacional, lacerada, casi
herida de muerte, sacudida hoy por diez asesinatos al día,
sin ceder a la tentación de distanciarnos de ella, y menos,
como si fuera beneficioso para la excelencia académica.
2. No caer en la neutralidad falaz y concretar el bien común
desde el bien de las mayorías pobres y oprimidas, de las
víctimas; es decir, hacer una opción libre por los pobres de
este país y mantenernos firmes en ella.
3.
Tras la guerra, propiciar y defender de todas las formas
posibles una paz verdadera, los derechos humanos y la
reconciliación real; frenar el desangramiento del país y
trabajar para que no sean necesarias las migraciones
inhumanas.
4. No
cejar en la esperanza de construir un futuro mejor, más
humano y humanizado. Especialmente, devolver palabra,
consuelo, dignidad y reparación a las víctimas. Y dejarnos
salvar por ellas.
5. Que no se tambalee sino que se robustezca la inspiración
cristiana que movía todo el actuar de Monseñor Romero. El
Monseñor que vivía de la fe en Jesús mueve a dar la vida por
los que sufren como hemos leído en el evangelio.
Pidamos a Dios que esta universidad con humildad y con
decisión, con convicción y con gozo sea fiel seguidora de
Monseñor Romero.
Jon Sobrino
24 de
marzo, 2009
Adital
-
EL SALVADOR
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