PRESENTACIÓN LÓPEZ
La misionera coraje
«Igual que se repartieron África para colonizarla,
que se repartan el compromiso de hacerla próspera»
una entrevista de Elena Pita
Es la monja que el pasado octubre perdió sus piernas en
una ofensiva de los rebeldes tutsis contra los militares
congoleños. Armada de sendas prótesis, la hermana
Presentación aprende a caminar y llora recordando el
dolor padecido, pero su fe y su valor se muestran más
firmes que nunca: Dios le ha devuelto la vida. Es el
suyo un relato esperpéntico sobre los horrores de un
continente en penuria y guerra. Enfermera coraje,
asegura que no sentiría miedo si pudiera volver a
África, su misión durante 16 años.
Una bomba la alcanzó de pleno en el fuego cruzado entre
rebeldes tutsis y militares congoleños, distrito de
Rutshuru, octubre pasado. Eran las 8 de la mañana, el
combate ganaba intensidad y Presentación López Vivar
mandó a sus compañeros de misión que se refugiaran en el
depósito del agua. Sabían que en caso de peligro aquella
construcción sería «como un búnker». Efectivamente así
fue, y los cuatro compañeros se salvaron, pero la
hermana Presentación no tuvo tiempo para llegar.
Presentación López (Tobar, Burgos, 1945) ensaya sus
nuevas prótesis en el hospital que su congregación tiene
en el pueblo gerundense de Banyotes: la bomba le cercenó
ambas piernas. En esta su nueva vida, Presentación llora
al recordar, pero dice tener más fe que nunca: «Cómo no
voy a tener fe, si me creía muerta y me desperté con
vida». Hace un par de semanas, la Junta de Castilla y
León le entregó su Premio Valores Humanos.
Hermana, ¿ha sido capaz de perdonar?
Síiii. Yo no creo que esto me lo hayan hecho a
propósito, y aunque así fuera, perdonaría de corazón: no
me cuesta.
¿Qué le diría a quienes le han postrado en esta silla de
ruedas, a quienes le han dejado sin sus piernas?
Nada, porque ha sido un accidente: nuestra casa estaba
entre los dos frentes. Qué les puedes decir: van a la
guerra a eso, inconscientes; lanzan bombas que no saben
dónde caen. Les pediría que prevengan a los civiles de
los ataques, para que se refugien.
¿Cuántas guerras ha vivido como enfermera en las
misiones de África?
Siempre es la misma guerra, que desde el 96 volvió a
estallar otras cuatro veces más; ésta fue la quinta.
Pero de verdad que nunca había visto tirar bombas, por
eso creo que esto debió ser una ofensiva final para
tomar la aldea de Rubare y acceder a la capital
administrativa del distrito, que es Rutshuru.
La primera misión que tuvimos fue en Guinea Ecuatorial,
en virtud de un acuerdo de cooperación que firmó el
Gobierno español a finales de los años 80, entonces
abrimos nuestro primer centro asistencial en África. Dos
años después, en el 94, pasamos un mes y medio
atendiendo enfermos en Ruanda, víctimas del
enfrentamiento tribal entre hutus y tutsis.
Hermana, ¿su fe nunca se tambalea, ni ante una situación
semejante, una casualidad tan fatal como ésta?
¿Por esto? Qué va. Dios lo ha permitido. Yo cuando fui
al Congo sabía que había un conflicto armado. Cuando uno
va a África tiene que ser consciente de que puede correr
toda suerte de peligros, no sólo son las guerras: a
nosotros nos han atacado decenas de veces en casa; tiran
la puerta abajo, nos cogen los móviles y se llevan lo
que quieren. O te asaltan por los caminos, cualquiera,
incluso la Policía, porque no cobra su sueldo, porque no
tiene nada.
Yo me confío siempre a Dios, me pongo en sus manos y es
él quien me da la fuerza. Y muchas veces he atravesado
la noche acarreando enfermos o parturientas en el coche.
¿Sola?
No, por la noche siempre me acompañaba un trabajador del
centro que nos hacía de chófer, aunque yo le decía:
«Oye, si tienes miedo, no vengas, que ya voy yo sola».
Yo sé que tenía miedo, pero siempre me respondía: «No,
hermana, jamás la dejaré sola». Y venía, el pobre, pero
con miedo.
¿Y usted, no? ¿Nada le da miedo?
No, yo no tengo miedo. Siempre pienso que si me pasa
algo malo, sea lo que sea, el Señor me ayudará, porque
estamos en sus manos. Y ahora más que nunca confío en
Dios, porque me creí muerta y me puse en sus manos, y me
desperté con vida, sin saber cómo, ¿entiendes? Me ha
dado la vida otra vez (llora, silencio).
¿África tiene solución?
Sí, pero a largo plazo. El mundo que llamamos
civilizado, ¿cuántos siglos ha estado peleando sin saber
por qué, por luchas religiosas y de poder? En África,
está muy fuertemente arraigada la cultura de clanes y
tribus, y esto, que es uno de los grandes detonantes de
la guerra, todavía no tiene solución.
¿Qué es lo más urgente, lo más necesario hoy para el
continente africano?
Que el primer mundo se ponga de acuerdo para ayudar de
verdad; igual que se repartieron el continente para
colonizarlo, que ahora se repartan el compromiso de
hacerlo próspero. El Congo es riquísimo. Con el agua que
tiene podría dar energía eléctrica a todo el continente,
por no hablar del petróleo, los diamantes, la madera:
tiene de todo.
¿Por dónde empezar?
Por ayudarles, pero sin pedir nada a cambio, porque eso
no es ayudar.
¿No es más importante enseñarles a ser productivos que
continuar con la caridad, que se ha demostrado poco
útil?
Es poco útil, sí, sobre todo la caridad de armas, que es
la más frecuente. Habría que desplazar técnicos para
hacer en primer lugar carreteras, porque sin
comunicación nada funciona. Y lo mismo con el resto de
infraestructuras: habría que enseñarles a organizarse.
Las misiones religiosas son las más antiguas en el
Tercer Mundo, las mejores conocedoras del terreno y su
problemática, y las menos costosas, ¿por qué son también
las que menos ayuda oficial reciben?
A nosotras nos mantiene la Iglesia y los propios
recursos de la congregación [San José de Girona].
Nuestro centro de salud en Rutshuru, por ejemplo, se
mantiene pidiéndole al enfermo que pague, poco o mucho,
lo que pueda, y así costeamos las medicinas, el personal
sanitario y todo lo demás. También nos financiamos con
la atención sanitaria a las compañías extranjeras que
trabajan en la zona, como los cafetales belgas o la
central eléctrica italiana, y con la caridad de quienes,
desde Europa, apadrinan la educación y la sanidad de los
niños.
Y si necesitan dinero para una campaña o un proyecto
concreto, ¿a quién recurren?, ¿a través de qué organismo
pueden pedir una ayuda oficial o ni siquiera se lo
plantean?
Si tenemos un proyecto concreto se lo presentamos a las
ONGs. Manos Unidas, por ejemplo, nos financió el centro
nutricional, donde atendemos a los niños desnutridos. No
tenemos acceso directo a la ayuda oficial del Gobierno,
salvo en casos concretos de catástrofes o epidemias,
como cuando entró en erupción el volcán de Goma en 2002.
¿Qué opinión tiene de la cooperación oficial?, ¿cómo
viven los cooperantes en África?
¿Quiénes son ésos?, ¿una ONG? No los conozco.
¿Y qué opina de la labor de las ONGs?
Tengo buena opinión, sí. Algunas, como Médicos sin
Fronteras, hacen una labor muy importante. El hospital
donde a mí me atendieron era terrible antes de que ellos
llegaran: los enfermos no querían ir allí, se quedaban
con nosotras en el centro o se iban a casa. Y ahora que
lo regentan ellos parece otra cosa, ahora los enfermos
sí que quieren ir al hospital. Pero claro, su ayuda no
llega a los centros de salud.
Recuerdo una de las epidemias de cólera, que son
terribles, devastadoras; me presenté allí, a media
noche, con el coche lleno de enfermos, ocho en total,
unos encima de otros, porque no nos quedaba suero, así
que fui a pedirles que, o me daban suero para los que
tenía internados en el centro, o hacía otro viaje y les
llevaba más enfermos. Entonces sí, los médicos de la ONG
se desplazaron al centro para ayudarnos y nos dieron el
suero que necesitábamos.
Hermana, ¿todas sus compañeras misioneras son tan
valientes como usted o es usted una especie de heroína?
No, somos todas iguales. Mira la hermana Urbana, que me
acompañó en todo momento y ahora ha vuelto a la misión.
¿Una se vuelve por fuerza insensible en lugares como el
Congo o, por el contrario, la contemplación del dolor
ajeno nos hace mejores?
Nos hace más humanos, no te puedes volver insensible al
dolor ajeno, nunca, ni a la muerte. Ahora ha bajado
mucho la mortalidad, al menos en el Congo, porque hay
más medicinas y vacunas para los niños, y tenemos un
banco de sangre que funciona muy bien y es fundamental.
Hábleme de su vocación, ¿cómo y cuándo le nació?
Nací en una familia muy religiosa y la vocación me vino
ya siendo muy pequeña: leía todo lo que pillaba sobre
cristianismo. Desde que tengo memoria quise ser
religiosa y misionera. Pero el carisma de nuestra
congregación son los enfermos, y no tuvimos misiones
hasta que España firmó el acuerdo de cooperación con
Guinea Ecuatorial y solicitaron religiosas enfermeras, y
ahí empezamos a ir a África.
¿Cómo y cuándo había entrado en esta congregación?
A los 12 años, las hermanas de San José me acogieron
interna en el colegio de Barcelona, y allí me quedé:
entré en el noviciado con 16 años. Terminado el
bachillerato, hice los estudios de enfermería en Madrid,
y luego volví a Barcelona a especializarme en Medicina
Tropical para poder ser más útil en la misión africana.
Hermana, ¿qué es lo que más le sorprende de esta
sociedad, a su regreso?
Que la gente parece vivir sólo por el placer de gastar y
tener: es lo único que cuenta; es una vida tan fría... Y
la fe y la Iglesia ya no importan a nadie.
¿Cree usted que un colegio subvencionado por un Estado
laico, como es el nuestro, debe enseñar sólo la religión
católica o la historia de todas las religiones?
Vete tú a un país islámico, a ver si te enseñan
catolicismo; es que ni siquiera te van a dejar que
vistas como quieras. No, cada cosa en su lugar: vivimos
en un país mayoritariamente católico, las demás
religiones son minoritarias. Uno es muy libre de
practicarlo o no. Ahora, enseñar el catolicismo a los
niños me parece un deber, luego ellos decidirán.
Pero el Estado español es laico, no es confesional.
¿Laico? Peor que laico me parece a mí.
Como enfermera, ¿estaría usted dispuesta a aliviar como
sea el dolor de un enfermo terminal?
Como sea, no; hay que respetar las leyes, pero
respetándolas yo nunca he dejado sufrir a un enfermo:
recurriré al médico cuantas veces haga falta hasta que
me deje ponerle calmantes suficientes.
¿Y a desconectar la máquina que mantiene la vida
artificial de un coma irreversible?
Eso nunca se sabe con certeza, si es o no irreversible.
Mientras el enfermo no sufra, creo que hay que
mantenerle con vida, no cuesta tanto.
Ha recibido la encomienda al Mérito Profesional del
Colegio de Enfermería de España y el Premio de Castilla
y León de Valores Humanos, ¿no le parece hipócrita que
su labor sólo se reconozca cuando sucede una tragedia de
este calibre?
Yo no lo llamaría hipócrita, aunque me parece que otros
muchos se lo merecen más que yo, pero nadie los conoce:
somos muchos, muchísimos los que entregamos nuestra vida
a quienes más lo necesitan.
Hermana, ¿podrá volver a caminar sobre esas nuevas
prótesis?
Sí, aunque sea con muletas: ya he dado algunos pasos.
¿De verdad no le daría miedo volver al Congo?, ¿de
verdad volvería si pudiera ser útil?
Sé que no voy a volver, así que no me lo planteo, porque
sé que allí hay que andar ligera. Pero miedo no tengo,
lo que sucedió fue un accidente, y prefiero que me haya
sucedido a mí que a otra de las hermanas.

Elena Pita
ASÍ PERDÍ MIS PIERNAS EN EL CONGO
Habíamos dormido en el centro de salud, pero amaneció
calmo y subí con dos hermanas y dos obreros a poner
carburante al coche y a recoger alguna cosa en casa.
Cuando llegamos empezó el tiroteo, lento, pero pronto
subió de intensidad: ‘¡Vámonos corriendo!’, dijimos.
Pero tiraban tan seguido que no nos dio tiempo ni a
llegar a la puerta del jardín. Nos volvimos y les dije
que se refugiaran en el depósito de agua, que yo iría
enseguida.
Cuando quise salir de la casa, caían toda clase de
piedras y cristales, y pensé esperar a que el tiroteo se
apaciguara. Pero resultó que aquello era la ofensiva
final; entonces empezaron a tirar bombas, algo que sólo
habían hecho para tomar la base militar: me puse a
rezar, estaba en manos de Dios.
Se me estallaron los tímpanos, y de pronto vi cómo una
bomba atravesaba la pared y destrozaba la casa. Me quité
los escombros de encima para poder respirar: la
habitación parecía el Guernica, y ya no pude ver mis
pies, sólo sentía un dolor horrible que me hacía gritar.
El fuego continuaba, pensé que había llegado mi hora,
nada más.
No fue hasta las cuatro, ocho horas más tarde, cuando
tres militares rebeldes me encontraron. Ellos se
disculparon. Yo me daba cuenta de que estaba muriéndome
ya, pero aun así conseguí decirles que había más gente
por la casa, que hicieran sonar la bocina del coche; y
así fue cómo mis compañeros salieron.
Me llevaron al centro en el coche, cogieron sangre y
suero, y me lo fueron poniendo de camino al hospital de
Médicos sin Fronteras en Rutshu, donde me operaron y
aconsejaron que me evacuaran, porque la metralla podía
haberse alojado en cualquier parte del cuerpo.
Luego los Cascos Azules me llevaron en un avión
medicalizado a Johannesburgo [Sudáfrica]. Allí me
operaron dos veces más, iban cortando los jirones de
pierna que se habían necrosado, y comprobaron que no
tenía metralla más que en las piernas. A los 10 días me
enviaron a Madrid.
Presentación López
El Mundo - Magazine
3.05.09
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