El ejemplo de una vida:
Vicente Ferrer, compasión y lucha
Su compromiso con la pobreza no fue
benéfico-asistencial, sino que buscó el cambio
estructural.
La muerte de Vicente Ferrer deja un vacío de solidaridad
muy difícil de llenar, pero también un mensaje de
filantropía a transmitir a las generaciones futuras, un
ejemplo de altruismo a proseguir y una herencia de
diálogo intercultural e interreligioso a continuar. Una
serie de lecciones a aprender por los ciudadanos y
ciudadanas que vivimos cómodamente instalados en las
sociedades satisfechas con la conciencia del deber
cumplido por el mero hecho de pertenecer a alguna
organización benéfica, pero sin cambiar un ápice nuestro
estilo de vida.
Tras
sufrir la represión franquista a través del
internamiento en un campo de concentración después de la
guerra civil, Vicente Ferrer fue a la India como
misionero jesuita a comienzos de los años 50 del siglo
pasado, quizá con la oculta intención de convertir al
cristianismo a los seguidores del hinduismo. Pero, una
vez allí, dirigió su mirada a los condenados de la
tierra y dedicó todas sus energías a ayudarles a salir
del estado de postración en el que se encontraban, a
reencontrarlos con sus raíces culturales como parte
fundamental de su identidad y a devolverles la dignidad
que durante milenios la religión les había negado.
La primera enseñanza de Vicente Ferrer es que la pobreza
constituye el hecho mayor de nuestro tiempo y el
principal desafío al que la humanidad debe responder a
través de los organismos internacionales, de los
gobiernos locales y de actitudes solidarias tanto a
nivel personal como de grupo.
Un hecho causal, y no simplemente casual; estructural, y
no meramente coyuntural; consecuencia del egoísmo
humano, y no algo querido por Dios, como suelen enseñar
las religiones; resultado de la insaciable voracidad del
capitalismo, y no un hecho natural.
Se trata de un fenómeno de tal magnitud que afecta a dos
terceras partes de la humanidad, la mayoría de las
cuales vive en el Sur o en el llamado tercer mundo.
Y eso lo aprendió Vicente Ferrer no sólo ni
principalmente a través de los análisis marxistas, sino
viviendo en su propia carne la experiencia de
marginación de los parias de la tierra en la India.
Pero, como persona profundamente religiosa, también
leyendo a los profetas de Israel, para quienes conocer a
Dios es practicar la justicia, y siguiendo la práctica
de Jesús de Nazaret, que asumió la experiencia de la
exclusión social, religiosa y política como condición
necesaria para defender la dignidad de los sin dignidad
y luchar por la liberación de los pobres con hechos y
palabras.
La segunda lección del humanista Ferrer es la práctica
de la compasión, que choca con la insensibilidad y la
falta de entrañas de misericordia de las sociedades
desarrolladas hacia el sufrimiento ajeno. Compasión que
no consiste en sentir lástima o pena de la pobre gente
desde fuera de su mundo, sino, atendiendo a su sentido
más profundo y radical, en ser sensibles al dolor de las
víctimas, en ponerse en el lugar del otro, de los
sufrientes de la historia, de los seres humanos y los
sectores más vulnerables, y en estar siempre de su lado,
asumiendo sus causas como propias, aun a riesgo de
exponer la propia vida.
La tercera enseñanza es su compromiso en la lucha contra
la pobreza, no por vía benéfico-asistencial o meramente
caritativa, sino de transformación estructural. Un
compromiso no sólo de cabeza, sino a través de una
praxis auténticamente liberadora que no se queda en la
superficie del problema, sino que va a las raíces de la
injusticia, para que no se reproduzca ni se perpetúe.
En ese compromiso implicó a los sectores populares
oprimidos, que dejaron de ser objetos pasivos de caridad
para convertirse en actores de su propia liberación,
personal y comunitaria, cultural y política, social y
económica. Fue precisamente el protagonismo popular el
que aseguró el éxito de la mayoría de las iniciativas
puestas en marcha por Vicente Ferrer.
No resultó tarea fácil, ciertamente, ya que exigía pasar
de una conciencia pasiva e intransitiva a una conciencia
crítica. Y eso requería una determinada pedagogía, la de
la no violencia activa. Una pedagogía que, a primera
vista, podía parecer lenta e ineficaz, pero que generó
una mentalidad revolucionaria en personas ubicadas en el
fatalismo histórico, logró movilizar las energías
utópicas dormidas de poblaciones enteras y la
solidaridad de cientos de miles de colaboradores, y dio
excelentes resultados en los terrenos educativo,
sanitario, social, cultural y de concienciación
política.
Su capacidad de generar esa conciencia crítica en la
ciudadanía de Anantapur, una de las zonas más
depauperadas de la India, le costó la expulsión del país
acusado de subvertir las costumbres ancestrales,
legitimadoras de la discriminación social y de la
violencia del sistema.
Pero la presión popular y el apoyo de los organismos
internacionales obligaron a las autoridades a admitirlo
de nuevo para continuar su trabajo humanitario. Su
testimonio de filantropía es una llamada a salir de la
impasibilidad ante el hecho mayor de la pobreza y a
asumir nuestra responsabilidad como ciudadanos del mundo
en la lucha por su erradicación.
Juan
José Tamayo
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