Enrique Miret Magdalena
el último teólogo seglar
Le gustaba definirse como el «antiteólogo». Quizás
porque nunca tuvo el título oficial, pero Enrique Miret
Magdalena siempre ejerció de buscador de Dios. Y a pesar
de ser químico de profesión, dedicó su vida a explicar
al Dios-Padre al que tanto amaba.
Murió ayer, a los 95 años. Con su mente siempre lúcida y
un corazón que se cansó de latir. Detrás deja una obra
imponente de alta divulgación teológica y, sobre todo,
un sinfín de amigos, que lloran al último teólogo
seglar.
Era un gran humanista. Un intelectual católico sólido y
bien formado, que se había codeado con Julián Marías,
Zubiri, Ellacuría o López Aranguren. Intelectual y
católico, en una época en la que la consigna era o
intelectual o católico. Enrique Miret siempre supo casar
la fe y la razón, incluso cuando estaba mal visto dar
razón de la fe en los ámbitos universitarios y
políticos.
Pero él nunca se cansó de hacerlo. Y defendía a su Dios
y a su Iglesia en las fronteras de la vida y de la
política. Allí donde la valía intelectual pasa por el
crisol del diálogo y del contraste de pareceres. Porque
Miret dialogaba con todos. Con los ateos y con los
creyentes. Con los políticos y con los obispos. Sin
descalificar a nadie. Siempre abierto al viento del
Espíritu que, como solía decir, «sopla donde quiere y
como quiere». Como los heterodoxos. Y Don Enrique fue un
gran heterodoxo. De los de la escuela de Menéndez Pidal,
con reconocimiento unánime.
Por eso, cuando cumplió los 90, sus muchos amigos le
organizaron un homenaje. Arropado por los políticos de
la transición, junto a intelectuales, periodistas y
representantes de todas las religiones. Allí lo
definieron como «apóstol de la transición». Porque, en
esa época, volvió a recuperar para la fe a muchos que se
habían alejado de ella.
Había nacido el 12 de enero de 1914 en Zaragoza. De
familia acomodada, pronto se viene a Madrid con sus
padres. Entre sus primeros recuerdos, el golpe de Primo
de Rivera. Estudia en los jesuitas, en los maristas y,
después, en el Liceo. Y, de pronto, descubre su deseo de
hacerse jesuita. Pero, como solía decir, «la guerra lo
frustró todo».
Tras la guerra, acaba Químicas en la universidad Central
en 1941 y se doctora en 1942. Pero apenas ejerce su
profesión. Porque empiezan a lloverle los cargos. Aunque
el soniquete de químico nunca le abandona. Así es como
le llaman algunos obispos conservadores, cuando quieren
descalificar sus obras o sus opiniones. O las huestes de
la caverna eclesiástica, que le convirtieron, durante
años, en su enemigo jurado. Pero, para la mayoría de los
creyentes de este país, siempre fue un referente, un
santo y seña.
Durante décadas fue presidente de la Asociación de
Teólogos Juan XXIII, signo de su valía personal y
profesional. De hecho, son muchos los creyentes que
alimentan su fe con sus innumerables colaboraciones en
El Ciervo o en la desaparecida Triunfo, donde colaboró
20 años. Y en otros muchas revistas, periódicos y
publicaciones de todo tipo.
Son más de 2.000 artículos. Y unos 25 libros, entre los
que destacan Amor y sexualidad, El nuevo rostro de Dios
o El catecismo de nuestros padres.
Porque si algo tuvo siempre claro Enrique Miret es que
la fe hay que proclamarla con los altavoces de los
medios de comunicación. Ese fue otro de sus ministerios:
hacer presente a la Iglesia católica en los medios. Eso
sí, una iglesia abierta, dialogante, humana, sensible y
cercana a los gozos y alegrías de la gente. Con entrañas
de misericordia siempre.
De arrolladora vitalidad, Miret se casó y tuvo siete
hijos, a los que educó con primor. De hecho, sin
descuidar sus deberes familiares, dirigió la empresa
familiar y ocupó puestos importantes: presidente de
Acción Católica, fundador de Ymca o presidente de la
Copyme.
En 1982, fue director general de Protección de Menores
en el Gobierno de Felipe González. Allí conoció al Padre
Ángel y con él selló una amistad indestructible de dos
almas gemelas. «Quería y admiraba a Enrique. De él
aprendí a querer más a los hombres y a Dios, a dialogar
y a respetar a otras religiones e ideas. Era un hombre
bueno, bueno», dice el fundador de Mensajeros de la Paz.
Otros le llamaban «profeta». Porque cantaba las verdades
del barquero. Incluso a los obispos. Decía, por ejemplo,
que uno de los problemas de la Iglesia española actual
es que «el episcopado ha ido a peor». A su juicio, la
mayoría de los obispos actuales son «grises, mediocres y
hasta ignorantes teológicamente». Y además, «recelan de
los seglares».
De ahí que les aconsejase, dada la proliferación de
pastorales, notas y documentos de estos últimos tiempos,
«que se callen durante unos 10 años y dejen hablar a los
laicos». A los laicos heterodoxos como él. Porque los
heterodoxos nunca mueren.
Enrique Miret Magdalena, teólogo, nació el 12 de enero
de 1914 en Zaragoza y murió en Madrid el 12 de octubre
de 2009.
Jos
José
Manuel Vidal
Obituarios - El Mundo, 13.10.09
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