José María Díez-Alegría
sus recuerdos sobre el concilio
Alegría, como le llaman su amigos, fue testigo de los años
del Concilio Vaticano II, como profesor de la Universidad
Gregoriana de Roma, y desde aquella experiencia ha seguido
la evolución de la Iglesia católica.
Cerca del ruedo del Vaticano II.
«Cuando fui de profesor a la Gregoriana, en 1961, un año
antes de que comenzara el Concilio, tomé parte en una
subcomisión para la que sugirió mi nombre el cardenal
Herrera Oria. Era para la preparación de la que después
sería la Constitución "Gaudium et Spes". Ahí hay algunas
cosas que indiqué que se podían meter. Fuera de eso, no fui
consultor del Concilio, pero en la Gregoriana había una
cantidad enorme de compañeros que eran peritos del Concilio,
y suelo decir que asistí al Vaticano II en entrada de
barrera, muy cerca del ruedo».
El ambiente teológico antes del Concilio.
«Cuando llegué a Roma, tenía que explicar Doctrina Social de
la Iglesia en un Instituto de Ciencias Sociales de la
Gregoriana. Allí quise estudiar con claridad cómo había que
entender la declaración de la infalibilidad pontificia del
Concilio Vaticano I. La biblioteca de la Universidad
Gregoriana tenía casi un millón de volúmenes y pude estudiar
eso bien.
Los buenos teólogos de la época del Vaticano II se
preguntaban por el magisterio ordinario del Papa, el que no
es "ex catedra", y eran sumamente amplios. Decían que las
afirmaciones de los concilios y del Papa, las que no
pretenden ser "ex catedra", añaden un argumento de
probabilidad extrínseca, pero si uno cree tener razones
suficientes en contra, no está obligado a seguirlo. Por
tanto, eso de pretender que los papas, y los obispos, y la
jerarquía, tienen una especie de poder de interpretación
auténtica de la llamada Ley Natural, eso no era admisible».
Juan XXIII y Pablo VI.
«La figura de Pablo VI me parece una figura francamente
positiva. Era un hombre abierto y era el único amigo cordial
que tenía Juan XXIII en la curia vaticana. Juan XXIII
pertenecía al cuerpo diplomático pontificio y no era muy
bien visto en la curia por su sentido abierto, por ser tan
humilde y un hombre de origen campesino, que tenía una
especie de sentido común campesino de un valor tremendo,
pero muy distinto del clima de la curia. Por eso en la curia
no le habían dado puesto en nunciaturas importantes, hasta
que llega a París al acabarse la Guerra Mundial.
Cuando se hizo con el poder en Francia el general De Gaulle,
que era un católico practicante, pero un gran autoritario,
le pareció que algunos obispos no habían sido
suficientemente patriotas bajo el hitlerismo. Esta postura
de De Gaulle disgustó en el Vaticano y le mandaron a un
diplomático de tercera categoría, que era Juan XXIII. Pero
cuando éste llegó a París, con aquel espíritu que tenía de
libertad, e incluso de humor, encantó a los franceses de una
manera tremenda.
Su amigo Pablo VI hizo el gran servicio de llevar adelante
el Concilio, y, en concreto, el que salieran los mejores
documentos, como el de la libertad religiosa, según el cual
a nadie se le puede imponer la fe. Eso es mérito personal de
Pablo VI, porque el griterío de una minoría opuesta era tan
tremendo que hacía el efecto de que eran la mitad».
El destino del Vaticano II.
«En el Concilio, más o menos el 80 por ciento de los obispos
estaba de acuerdo con la apertura, pero había un 20 por
ciento de oposición muy tenaz y que no quería cambios. Las
cosas tuvieron que quedar un poco entreabiertas, pero con
posibilidad y exigencia de irse abriendo más.
Pero al acabarse el Concilio hubo dos posturas. Una decía
que, gracias al espíritu de Juan XXIII y a la mayoría de
obispos de la Iglesia, se habían abierto ventanas para
ventilar aquello un poco, y que era un punto de partida para
seguir adelante. En cambio, había otros que decían que el
Concilio había marcado lo máximo a lo que se puede llegar.
Por otra parte, Pablo VI tenía una mentalidad muy de
intelectual, que le hacía ser ajeno a fanatismos y, además,
no completamente seguro de lo que él veía. Ésas eran buenas
cualidades, pero eso hacía que él tuviera siempre temor con
esas discusiones de seguir o no adelante.
Tras el concilio, hubo una euforia enorme. Por ejemplo, los
católicos holandeses fueron de lo más lanzado y eso provocó
algunos conflictos en el mismo episcopado, y todo esto hizo
que a Pablo VI le entrara el miedo de ir demasiado lejos. Se
asustó un poco y, por lo menos provisionalmente, se colocó
en decir que muy bien, pero no sigamos avanzando. Esto luego
se acentuó más, en el siguiente pontificado, de Juan Pablo
II».
La moral sexual.
«Pío XI había publicado en 1930 una encíclica, la "Casti
Connubii", sobre la moral sexual, y en ella había prohibido
los anticonceptivos. En tiempo de Juan XXIII se había
establecido una comisión de unos 20 teólogos sobre estas
cuestiones de ética sexual, para preparar una nueva
encíclica, que sería la "Humanae Vitae", de Pablo VI. La
comisión discutió si se debía mantener la prohibición o se
debía dejar un poco a la conciencia de la gente. Más de la
mitad de los teólogos, unos 14 sobre 20, eran partidarios de
que eso se dejara en silencio.
Esto lo digo con mucho cariño y respeto, pero Pablo VI tuvo
miedo de que si él callaba eso en su encíclica iba a tomarse
como que no apoyaba lo dicho por Pío XI y que eso iba a
desacreditar el magisterio ordinario de los papas. Y repitió
la prohibición. Pero fue la primera vez en todo el tiempo
moderno en que públicamente los católicos -y católicos
practicantes- no aplicaron ese mandato. Varios episcopados
europeos, en Francia o Alemania, publicaron documentos
sibilinos que empezaban por decir que eso había que
cumplirlo, pero luego, de una manera muy complicada, querían
indicar que se podía no aplicar».
Javier Morán
La Nueva España
lunes, 25 de febrero 2008