SE APAGÓ LA VELA, SU LUZ RESPLANDECE
Un prestigioso profesor de Psiquiatría escribía hace
unos días en este mismo periódico que la felicidad es la
vocación universal del ser humano. Reflexionaba sobre
las cosas inmateriales que hacen al individuo sentirse
bien consigo. Su receta contenía cuatro ingredientes
indispensables: amor, trabajo, cultura y amistad. Aunque
Vicente no pudo leer este artículo ('En busca de la
felicidad'), tengo la convicción que estos fueron los
nutrientes fundamentales de su despensa y él, encontró
la felicidad.
Vicente Ferrer nos ha dejado un doble legado; en primer
lugar, su ejemplo de paz y felicidad interior, en
segundo lugar, esa fórmula mágica para que el ser humano
pueda sentirse bien consigo mismo y con los demás. La
Fundación que lleva su nombre es depositaria de esta
noble herencia.
Conocí bien a Vicente Ferrer y algunas de sus
reflexiones no las olvidaré jamás: «Creo que el mundo y
la pobreza tienen arreglo. La única solución vendrá del
amor: esa es mi religión y mi creencia», decía.
El padre Ferrer combatió con fuerza el decaimiento
moral, incluso físico, de quienes vivimos en el lado
amable del Planeta. Por eso marchó, como dice la
canción, «al lado oscuro», allá donde la dignidad del
hombre permanece intacta pero donde las personas mueren
por la miseria y la pobreza extremas.
Eludió la fama y el poder, rehusó grandes conversiones
religiosas… No capitaneó cruzadas religiosas. Eso sí,
dio de comer al hambriento y de beber al sediento. Fue
bienaventurado. Enseñó a los humildes a transformar su
futuro, a las mujeres descubrió el camino de la dignidad
y a los niños a enterrar la semilla de la Educación.
Martin Luther King decía que en nuestra generación
tendremos que arrepentirnos «no tanto de las malas
acciones de la gente perversa, sino del pasmoso silencio
de la gente buena».
La revolución de Vicente, gente buena, fue silenciosa
pero su obra es extraordinariamente atronadora. Por
ello, todos los reconocimientos, en definitiva altavoces
del bien, son merecidos. Prefirió encender una vela en
lugar de maldecir la oscuridad. Copiemos de su ejemplo.
Se apagó la vela, pero su luz resplandece.
José
Bono
El Mundo, 31.12.10
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