La verdad sobre el caso Pagola
Me permito plagiar el famoso título de J. A. Mendoza para
dar un poco de humor a las cuatro reflexiones que siguen y
que no pueden hacerse sin mucha tristeza.
1
La historia es maestra de la vida. Y, sin entrar a juzgar
personas, el teólogo o el historiador de la Iglesia saben
que en más de una ocasión los obispos (o grupos de ellos)
han caído en herejía. Cuando el concilio de Nicea, por
ejemplo, la mayoría de los obispos eran arrianos y fue la fe
del pueblo la que salvó a la Iglesia.
Por qué eran arrianos aquellos obispos del siglo IV, es
fácil de explicar: el arrianismo salvaba la superioridad
absoluta de la autoridad suprema (Dios en el cielo y sus
representantes políticos o eclesiásticos en la tierra) mucho
mejor que una doctrina trinitaria en la que se confiesa la
absoluta igualdad entre la Fuente Última del ser (a la que
llamamos Dios Padre), y los otros modos del ser divino que
de Él proceden (y a los que nuestro pobre lenguaje califica
como “Palabra” -o Hijo- y Espíritu de Dios).
Después volveremos sobre esto. Ahora vamos a asomarnos a la
polémica en torno al libro de José Antonio Pagola (Jesús:
una aproximación histórica).
2
Mucha gente está desconcertada hoy por lo ocurrido con ese
libro. A la sorpresa por la condena teológica de una
obra que ha acercado tanta gente a Jesús y que es sólo un
libro histórico (donde, además, nada atenta contra la
fe cristiana), se añade la obstinación y dureza contra un
buen hijo de la Iglesia, que evocan la máxima de los
antiguos inquisidores hispánicos en el proceso contra María
Cazalla:
si de las torturas se sigue alguna lesión o incluso la
muerte “a culpa de ella sea y no de sus mercedes los
reverendos inquisidores”.
Hoy eso se ha suavizado gracias a Dios y no acuso de ello a
los censores de Pagola. Pero en cambio, escandaliza el
procedimiento de presionar en secreto a una editorial, en
vez de dar la cara evangélicamente.
Y, sin embargo, los obispos que así condenan parten de algo
muy respetable y preciso para la identidad cristiana: la
confesión de la divinidad de Jesús. Hasta aquí coincidimos.
Pero a partir de ahí dan un sonoro paso en falso en mi
modesta opinión. Sin permitir que Jesús nos revele algo del
ser de Dios (que ellos ya creen conocer) deducen que,
si Jesús era Dios, debía ser de esta y esta manera
como hombre. Con esta lógica, imaginan al hombre Jesús como
una especie de “hombre divino” (o de “superman” para decirlo
con una palabra más nuestra).
Pues bien: contra este modo de concebir al hombre Jesús fue
escrito el evangelio de Marcos ya en el siglo I, lo cual
permite comprender lo fácil y comprensible de esa tentación
(ésta fue la tentación de muchos paganos piadosos que se
convertían al cristianismo).
Contra este modo de ver escribió san Agustín una célebre
frase (hablando de los magos, si no recuerdo mal): “vieron
al hombre y adoraron a Dios”. Lo que les ocurre a los
censores de Pagola es que quieren “ver” a Dios o algo de lo
que ellos imaginan como divino, para adorarle.
Contra este modo de proceder también escribió Lutero una
página memorable en su comentario a los Gálatas, donde viene
a decir que no hemos de imaginarnos una especie de superman
en especulaciones sobre la Trascendencia: pues eso no sería
más que “la sabiduría del mundo que no conoce a Dios” (1 Cor
1,21).
Hay que comenzar por donde Él comenzó: en el vientre de una
mujer, naciendo, en los pechos de su madre, padeciendo como
todos… y hasta sintiéndose abandonado de Dios. Y después
decir estremecidos: ¡éste es Dios! Y adorarle.
Naturalmente, cuando se hace sobre Jesús una investigación
puramente histórica, no se encuentra nunca a un “hombre
divino”. Por eso creen los obispos censores que la
investigación histórica no resulta compatible con la fe de
la Iglesia.
3
O, dicho lo mismo con otras palabras: la fe de la Iglesia
confiesa que Jesús es “consustancial a Dios” y
“consustancial a nosotros”. La palabra consustancial no es
muy de hoy aunque la conocemos por el Credo (“de la misma
naturaleza”): igual en todo a nosotros (salvo en el
pecado que no pertenece a nuestro ser humano sino que es más
bien la fuerza destructora de nuestro ser). Pero la
enseñanza de la Iglesia añade que esas dos afirmaciones
(consustancial al Padre y consustancial a nosotros) han de
hacerse “simultáneamente” y “sin separarlas”.
Cuando la afirmación no es simultánea sino que da prioridad
a una de las dos afirmaciones, la otra peligra siempre. Y,
en el caso que ahora nos ocupa, comenzar sólo por la
consustancialidad de Jesús con el Padre lleva siempre a
negar la consustancialidad (o plena igualdad) de Jesús con
nosotros. A lo más se le confesará igual a nosotros en el
cuerpo (cosa que también negaban algunos en los comienzos
del cristianismo), pero no podrá ser consustancial a
nosotros en todo eso que hoy llamamos el psiquismo humano.
La forma más suave de esta línea herética (suave, pero
también heterodoxa) es llamada técnicamente monofisismo. Su
modo de concebir a Dios la lleva a pensar que, para
afirmarse y para estar presente, Dios necesita quitar
espacio a lo humano.
De esta manera se afirma un Dios que parece más de acuerdo
con nuestra forma espontánea de pensar; pero que evita
aquello que proclamaba san Pablo como intrínseco a la
revelación del Dios cristiano: que es una locura para los
que piensan (“los sabios”) y, sobre todo, un escándalo para
los hombres religiosos (los judíos dice Pablo con su léxico
personal).
Nada de esto es nuevo: hace más de cincuenta años, K. Rahner
advirtió que, en la cabeza de muchos católicos, había “un
monofisismo latente”. También en la cabeza de muchos
obispos.
En este modo de concebir, el escándalo del Dios cristiano se
ha eliminado y ya tenemos un dios al alcance de nuestra
cabeza. Pero también se ha eliminado que Jesús revele
algo del ser de Dios, algo que nunca hubiéramos
sospechado sin Jesús, y que no nos es fácil de aceptar: que
Dios es capaz de negar su “forma divina” para presentársenos
en la figura escandalosa de “un siervo”, o al menos “pasando
por uno de tantos y actuando como un hombre cualquiera” (ver
Fil 2, 7ss).
En fin: el Jesús de Pagola quizá tenga sus
desaciertos o desenfoques en algún punto concreto, como toda
obra histórica; pero sí que se nos aparece “como uno de
tantos y actuando como un hombre cualquiera”.
Por eso los “piadosos” no pueden reconocer en él a Dios. Y
al no reconocerlo, creen que Pagola niega la fe de la
Iglesia. No sospechan que son ellos los que amenazan esa fe.
(Y al margen de esto: si el Jesús de Pagola resulta
atractivo por la discreta presencia de la Trinidad en él,
eso es lo que Dios quiere con nosotros: seducir y no
imponerse).
Dicho de otro modo para concluir: el Nuevo Testamento no
dice de Jesús que porque era el Hijo (o como era el
Hijo)… (y aquí pueden añadirse muchas cosas de las que
imaginan en Jesús los detractores de Pagola). Dice bien
claro que Jesús aunque era el Hijo… (y aquí siguen
algunas cosas de las que molestan a los censores de Pagola:
aprendió en sus sufrimientos esa aceptación que es propia de
la condición humana…).
Y esto mismo se repite en el modo de argumentación de
Satanás cuando el evangelio cuenta las tentaciones de Jesús:
“si eres Hijo de Dios”… tendrás que hacer esto y esto otro.
Con la sorpresa de que Jesús nunca contesta a Satán apelando
a su condición divina sino a su condición humana: el
hombre no vive de solo pan, el hombre no debe tentar a Dios
etc.
4
Y como, en la realidad, todas las dimensiones están
unificadas, lo que llevamos dicho no afecta sólo al campo de
la teoría sino que tiene su resonancia práctica: si el Dios
que se revela en Jesús es un Dios capaz de vaciarse de sí
mismo y renunciar a su imagen divina (¡sin perder por eso su
divinidad sino al revés: poniéndola en acto!), se sigue
necesariamente que aquellos que se nos presentan como
“representantes de Dios” deberían renunciar también a su
presunta dignidad divina y hermanarse al máximo con todos
los hombres, sobre todo con los que menos rostro de hombre
tienen por la barbarie del pecado de este mundo.
En algo de eso debía pensar el Vaticano II cuando dijo que
los gozos, esperanzas, tristezas y dolores de todos los
hombres, sobre todo de los más pobres, son también gozos y
dolores de la Iglesia. (Y eso es lo que no parece ocurrirles
a los enemigos de Pagola).
En una palabra: lo que está en juego en toda esta pelea
es si Dios, en Jesús, se ha revelado como Amor que renuncia
a su poder, o como Poder que confirma las pretensiones
humanas de poder y la idolatría humana del poder.
Por eso tampoco es extraño que -en su época- los que luego
se llamaron monofisitas fueran mucho más palaciegos y
partidarios del poder, del influjo en el emperador y de la
corte imperial etc., etc.
Y así llegamos a lo que me parece ser el meollo del caso
Pagola: lo que está en el fondo no es propiamente un
problema cristológico sino un problema eclesiológico.
Porque si Jesús es el Señor de la Iglesia (y esto lo
confesamos todos), de una imagen de Jesús se sigue
inevitablemente una imagen de la Iglesia.
Y entonces la pregunta es si (como escribía hace siglos
Bartolomé de las Casas) “la Iglesia no tiene más poder en la
tierra que el que tuvo Cristo en cuanto hombre”, o si la
Iglesia se cree llamada a tener un “poder divino” superior
al que tuvo el hombre Jesús, y que conduce a aquella otra
máxima de los inquisidores hispanos del siglo XVI: cuando
algún acusado aparecía inocente (como ocurrió con el
arzobispo Carranza y sus 17 años en las cárceles de la
inquisición) muchos inquisidores mantenían la condena
alegando “que es menor inconveniente que padezca uno, que no
hacer sospechosa su autoridad y oficio”.
Hay aquí dos maneras de concebir la dignidad religiosa. El
libro de Pagola (con sus limitaciones y defectos) lleva
claramente a la primera opción. La postura de sus
inquisidores creo que lleva necesariamente a la segunda. En
mi modesta opinión, aquí es donde cobra vigor aquel “this is
the question” que preocupaba a Hamlet. O “la madre de todas
las batallas” de Sadam Husein.
José I. González Faus
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