IGLESIA     

                             
                              

 

                             cristianos siglo veintiuno
ÍndicePágina Principal

 

 

  

 

 

¿Somos creíbles?

 

 

Han pasado muchos siglos desde que Jesucristo dejó apuntados los mimbres de la primera iglesia. De aquella comunidad tan cercana al tiempo de Jesús, destaca una característica sobre todas: su estilo de vida era una Buena Noticia para muchos; tenía atractivo por esa mezcla de mensaje liberador y ejemplo.

 

Como señala el jesuita González Faus, el rasgo fundamental del conflicto de Jesús con la ley judía fue que él actuó desde razones humanas para fundamentar su conducta; con ella llegaba al corazón de la cananea, del recaudador de impuestos, de la prostituta… sin herir ni humillar, sin necesidad de argumentos teológicos, tratando a los demás como quieren que se les trate a ellos: con compasión y amor. Amar al prójimo es un mandamiento porque nos mueve hacia Dios.

 

Cuando las autoridades judías llevan a la mujer adúltera ante Jesús, él desenmascara el legalismo religioso judío que condena lo externo sin mirar la conducta interior; y no se amilana en su amor porque las mujeres eran consideradas impuras, es decir, de naturaleza inferior y limitada. Este relato de San Juan muestra a las claras la verdadera actitud del cristiano, aunque costó siglos que se incorporara a los Evangelios canónicos.

 

¿Cómo se hubiese relacionado Jesucristo con las mujeres de hoy?

 

Son las actitudes y no la promulgación de normas más o menos acertadas, las que dan la imagen de la jerarquía eclesiástica dentro y fuera de la Iglesia, demasiadas veces excluyente desde el papel de poseedor de la verdad.

 

Ya tuvimos bastante con aquellos puristas profesionales de la religión que, por descuidar primero, y rechazar después el amor al prójimo, hicieron de la norma religiosa la sentencia de muerte al Maestro. Creo que la jerarquía católica debe reflexionar hasta qué punto su papel de guardián de la ortodoxia palidece la práctica de las Bienaventuranzas.

 

Debe repensar sus maneras de relacionarse con el mundo actual para que el Mensaje de Vida lo perciban los pobres (en el sentido evangélico amplio del término) como noticia atractiva y contagiosa en lugar de un asidero de seguridades que Jesucristo denunció por lo que conlleva de dureza de corazón.

 

Se echan en falta signos de misericordia bíblica donde más debieran notarse: víctimas de clérigos pederastas, homosexuales, situación de la mujer en el mundo, injusticias económicas estructurales a escala planetaria (salvando la última encíclica).

 

¿Por qué se percibe tan diferente el espíritu de Teresa de Calcuta, Hélder Cámara, Casaldáliga o monseñor Romero con el que transmiten los cardenales de Roma en su conjunto? ¿Por qué incomoda la pregunta?

 

El Papa sabe que una fe sin amor es una fe muerta. Por eso me permito, desde el respeto pero con urgencia profética, pedir a un sector relevante de jerarcas católicos que vuelvan a lo esencial del Evangelio reseñado por Benedicto XVI en sus encíclicas sobre el amor y la justicia, sobre todo en este tiempo de crisis financiera, energética y humanitaria de las que solo se habla de las dos primeras.

 

¿Si la Iglesia de Cristo no es la voz de los predilectos del Evangelio, quién lo va a ser? ¿De nuevo otro Marx u otro Mao? Urge recuperar el papel de guías y profetas de Cristo en toda la Jerarquía, empezando por la desacreditada curia romana, haciendo suyo este estribillo, como un mantra, cada vez que se propongan anunciar el mensaje evangélico:

 

“Buscaba a Dios y no sabía hallarlo.

Me buscaba a mí mismo y no me encontraba.

Busqué al hermano y encontré a los tres”.

 

 

Gabriel Mª Otalora