¿Somos creíbles?
Han
pasado muchos siglos desde que Jesucristo dejó apuntados
los mimbres de la primera iglesia. De aquella comunidad
tan cercana al tiempo de Jesús, destaca una
característica sobre todas: su estilo de vida era una
Buena Noticia para muchos; tenía atractivo por esa
mezcla de mensaje liberador y ejemplo.
Como
señala el jesuita González Faus, el rasgo fundamental
del conflicto de Jesús con la ley judía fue que él actuó
desde razones humanas para fundamentar su conducta; con
ella llegaba al corazón de la cananea, del recaudador de
impuestos, de la prostituta… sin herir ni humillar, sin
necesidad de argumentos teológicos, tratando a los demás
como quieren que se les trate a ellos: con compasión y
amor. Amar al prójimo es un mandamiento porque nos mueve
hacia Dios.
Cuando las autoridades judías llevan a la mujer adúltera
ante Jesús, él desenmascara el legalismo religioso judío
que condena lo externo sin mirar la conducta interior; y
no se amilana en su amor porque las mujeres eran
consideradas impuras, es decir, de naturaleza inferior y
limitada. Este relato de San Juan muestra a las claras
la verdadera actitud del cristiano, aunque costó siglos
que se incorporara a los Evangelios canónicos.
¿Cómo
se hubiese relacionado Jesucristo con las mujeres de
hoy?
Son
las actitudes y no la promulgación de normas más o menos
acertadas, las que dan la imagen de la jerarquía
eclesiástica dentro y fuera de la Iglesia, demasiadas
veces excluyente desde el papel de poseedor de la
verdad.
Ya
tuvimos bastante con aquellos puristas profesionales de
la religión que, por descuidar primero, y rechazar
después el amor al prójimo, hicieron de la norma
religiosa la sentencia de muerte al Maestro. Creo que la
jerarquía católica debe reflexionar hasta qué punto su
papel de guardián de la ortodoxia palidece la práctica
de las Bienaventuranzas.
Debe
repensar sus maneras de relacionarse con el mundo actual
para que el Mensaje de Vida lo perciban los pobres (en
el sentido evangélico amplio del término) como noticia
atractiva y contagiosa en lugar de un asidero de
seguridades que Jesucristo denunció por lo que conlleva
de dureza de corazón.
Se
echan en falta signos de misericordia bíblica donde más
debieran notarse: víctimas de clérigos pederastas,
homosexuales, situación de la mujer en el mundo,
injusticias económicas estructurales a escala planetaria
(salvando la última encíclica).
¿Por
qué se percibe tan diferente el espíritu de Teresa de
Calcuta, Hélder Cámara, Casaldáliga o monseñor Romero
con el que transmiten los cardenales de Roma en su
conjunto? ¿Por qué incomoda la pregunta?
El
Papa sabe que una fe sin amor es una fe muerta. Por eso
me permito, desde el respeto pero con urgencia
profética, pedir a un sector relevante de jerarcas
católicos que vuelvan a lo esencial del Evangelio
reseñado por Benedicto XVI en sus encíclicas sobre el
amor y la justicia, sobre todo en este tiempo de crisis
financiera, energética y humanitaria de las que solo se
habla de las dos primeras.
¿Si
la Iglesia de Cristo no es la voz de los predilectos del
Evangelio, quién lo va a ser? ¿De nuevo otro Marx u otro
Mao? Urge recuperar el papel de guías y profetas de
Cristo en toda la Jerarquía, empezando por la
desacreditada curia romana, haciendo suyo este
estribillo, como un mantra, cada vez que se propongan
anunciar el mensaje evangélico:
“Buscaba a Dios y no sabía hallarlo.
Me
buscaba a mí mismo y no me encontraba.
Busqué al hermano y encontré a los tres”.
Gabriel Mª Otalora