resúmenes de prensa
El Papa a los curas pedófilos:
«Tenéis que responder ante Dios
y ante los tribunales»
«Habéis traicionado la confianza depositada en vosotros
por jóvenes inocentes y por sus padres. Debéis responder
de ellos ante Dios omnipresente y ante los tribunales».
El Papa lanzó ayer esa dura admonición contra los
sacerdotes que entre 1977 y 2004 cometieron abusos
sexuales contra 15.000 menores en Irlanda.
En medio del escándalo de casos de pederastia que sacude
a la Iglesia en Irlanda, Alemania, Austria y Suiza, el
Pontífice dio ayer a conocer la larga carta pastoral que
ha escrito a los católicos irlandeses y que hoy será
leída en todas las iglesias de ese país.
En la misiva, que se extiende a lo largo de 10 páginas y
que es la más completa y articulada declaración sobre la
pederastia realizada por el Pontífice, Benedicto XVI
pide perdón a las víctimas de los abusos, carga
duramente contra los sacerdotes agresores, echa en cara
a la jerarquía eclesiástica irlandesa su comportamiento
ante las denuncias y anuncia que el Vaticano enviará
inspectores a investigar las diócesis, órdenes
religiosas y seminarios irlandeses.
«Habéis sufrido tremendamente y yo lo siento de verdad.
Sé que nada puede borrar el mal que habéis soportado.
Vuestra confianza ha sido traicionada, y vuestra
dignidad ha sido violada (…). Es comprensible que os
resulte difícil perdonar o reconciliaros con la Iglesia.
En su nombre expreso abiertamente la vergüenza y el
arrepentimiento que todos sentimos», asegura el
Pontífice dirigiéndose a las víctimas.
Como era de esperar, Benedicto reserva sus palabras más
duras a los sacerdotes responsables de los abusos. Pero
también arremete severamente contra la jerarquía
eclesiástica irlandesa y contra el muro de silencio y de
ocultación con que durante años ha tratado de esconder
los casos de pederastia que surgían. En ese sentido, el
Papa confiesa a los fieles: «No puedo sino compartir
vuestra consternación y el sentimiento de traición que
muchos de vosotros habéis experimentado al tener
conocimiento de estos actos pecaminosos y criminales, y
el modo en el que la Iglesia de Irlanda los ha
afrontado».
«No se puede negar que algunos de vosotros y de vuestros
predecesores habéis fallado, a veces muy gravemente, en
la aplicación de las normas del derecho canónico
aprobadas hace tiempo en relación a los crímenes de
abusos a menores. Serios errores se cometieron al tratar
las acusaciones», amonesta a los obispos. Para evitar
que todo eso vuelva a suceder, Benedicto XVI hace un
llamamiento a los responsables eclesiásticos de Irlanda
para que, a partir de ahora, apliquen totalmente la
normativa canónica ante los casos de pederastia y para
que colaboren con las autoridades civiles.
Además, el Papa aboga por que haya transparencia, en
clara referencia a la política de encubrimiento que
durante décadas ha marcado la actitud de la Iglesia
irlandesa ante los abusos sexuales a menores cometidos
por algunos de sus sacerdotes. «Sólo una acción decisiva
llevada a cabo con total honestidad y transparencia
restablecerá el respeto y el afecto del pueblo irlandés
por la Iglesia a la que hemos consagrado nuestras
vidas», sentencia el Pontífice, quien aprovecha también
la misiva para anunciar una próxima visita apostólica a
Irlanda.
Sin embargo, y para decepción de muchas de las víctimas,
Benedicto XVI no pide en su carta la dimisión de los
religiosos responsables de los actos de pederastia. Ni
tampoco pide perdón a los padres de las víctimas en el
apartado que les dedica. Asimismo, tampoco atribuye
ninguna responsabilidad al Vaticano en lo sucedido. Y
eso que el
informe Murphy,
la investigación independiente encargada por el Gobierno
irlandés sobre los abusos sexuales cometidos por
sacerdotes, destaca que la Santa Sede no colaboró en sus
pesquisas.
Cuando en septiembre de 2006 la comisión encabezada por
la juez Ivonne Murphy se dirigió al Vaticano
(concretamente a la Congregación para la Doctrina de la
Fe, cuyo prefecto era entonces Joseph Ratzinger)
interesándose por posibles casos de pederastia
denunciados ante la Santa Sede por la diócesis de
Dublín, no obtuvo ninguna respuesta.
Y cuando en febrero de 2007 la comisión Murphy escribió
al nuncio apostólico en Dublín solicitándole algunos
documentos, la única contestación que tuvo fue de nuevo
el silencio.
Además, otro pasaje de la misiva que ha levantado cierta
polvareda es aquél en el que el Papa, a la hora de
analizar lo sucedido, alude a la «rápida transformación
y secularización de la sociedad irlandesa».
Y, en ese contexto, destaca «la tendencia, también por
parte de sacerdotes y de religiosos, de adoptar modos de
pensamiento y de juicio de la realidad secular sin
suficientes referencias al Evangelio». Y concluye: «El
programa de renovación propuesto por el Concilio
Vaticano II fue en ocasiones malentendido […]. En
particular, hubo una tendencia dictada por rectas
intenciones, pero errada, para evitar procedimientos
penales a la hora de afrontar situaciones canónicas
irregulares».
Pero, además, Benedicto XVI también señala como factores
que han contribuido a lo sucedido procedimientos
inadecuados para determinar la idoneidad de los
candidatos al sacerdocio y a la vida religiosa y la
insuficiente formación humana, moral, intelectual y
espiritual en los seminarios y noviciados. Pero no sólo.
También habla de «una preocupación fuera de lugar por el
buen nombre de la Iglesia y por evitar escándalos, que
han tenido como resultado una falta de aplicación de las
penas canónicas en vigor y una falta en la tutela de la
persona».
Irene Hdez. Velasco
De rodillas ante el mundo
Un
mea culpa
planetario. El anciano Papa Ratzinger se puso de
rodillas en el reclinatorio de los medios y se dispuso a
confesarse. Por vez primera en la historia, el Papa no
se sentaba en el confesionario. De rodillas, revestido
de saco y cenizas –para eso estamos en Cuaresma–,
Benedicto XVI se dispuso a hacer una confesión general.
Cargado con las culpas de toda la Iglesia católica que
son muchas, como muchos son sus frutos. Y su confesión
la plasmó en una carta. Siguiendo, casi a pie juntillas,
los pasos que el catecismo recomienda para hacer una
buena confesión: examen de conciencia, dolor de los
pecados, propósito de la enmienda, decir los pecados al
confesor y cumplir la penitencia.
El Papa teólogo comenzó por un profundo examen de
conciencia de la lacra de los abusos del clero. De sus
causas, de sus consecuencias, de su impacto y hasta de
su intrínsecamaldad. Un examen de conciencia que no se
deja nada en el tintero y que aborda, sin medias
verdades ni ambages, este cáncer que corroe las entrañas
de la Iglesia católica.
El examen de conciencia ante Dios y ante la Humanidad
lleva al Papa al dolor de los pecados. «Escandalizado y
herido, como vosotros, por lo que ha ocurrido en nuestra
querida Iglesia». El dolor de siglos de las víctimas más
inocentes. De los niños confiados al cuidado de los
obreros de la viña del Señor. El dolor de la máxima
traición, de la confianza pisoteada. Ya lo de menos es
la traición al voto de castidad, que no es nada
comparado con la infame conculcación de los derechos, de
la dignidad de la persona humana y de la vida moral de
las criaturas de Dios. Y ese dolor traspasa el corazón
del Papa y casi lo aplasta.
Sólo lo consuela la misericordia divina y la esperanza
del perdón. Un perdón que el Papa pide, suplica. De
rodillas, ante el mundo. Con suma humildad. Despojado de
los oropeles del poder y de la autoridad moral del
Vicario de Cristo. Porque el Papa es consciente de que
lo que se está jugando la Iglesia católica es su
credibilidad social y su autoridad moral. Las únicas
armas que tiene. El perdón, si es sincero, lleva
implícito el propósito de la enmienda. Y aquí es donde
el Papa se siente más débil. Porque la enmienda ya no
depende sólo de él, sino de los 400.000 curas y
religiosos del mundo. Eso sí, el Papa se compromete a
poner todo su poder al servicio de la enmienda eclesial.
Sobre todo, excomulgando los mecanismos internos de
silencio y encubrimiento con los que la institución
funcionó durante siglos.
Para poner coto a esos mecanismos, el Papa impone a la
Iglesia una penitencia dura con medidas concretas y sin
precedentes, como la de poner a toda una nación en
estado de misión o someter a muchas de las diócesis
irlandesas a una «visita apostólica», es decir, a una
inspección en profundidad. O llamar la atención
públicamente a curas y obispos. Y, por supuesto, la
exigencia de reparar los daños causados (incluso
económicamente) y de que los culpables paguen ante Dios
y ante los tribunales de Justicia civiles. Porque el
único freno para muchos de estos monstruos disfrazados
de servidores del altar puede ser la amenaza de un
procedimiento judicial civil que les castigue a pudrirse
en una cárcel. Nada de contemplaciones, ni de cambios de
parroquia ni de mandarlos a misiones. Que se las tengan
que ver con la Justicia civil primero y, después, si aún
les queda algo de conciencia, con la de Dios.
Terminada su confesión, el Papa llora por dentro. Ya
sólo le queda esperar a que el mundo le conceda la
absolución y comprenda que la Iglesia es a a la vez
santa y prostituta.
Pendiente del perdón del mundo, porque sabe que la
Iglesia siempre contará con la comprensión y la
misericordia de Dios hasta la consumación de los siglos.
José Manuel Vidal
El Mundo, 21.03.10