POR
QUÉ SIGO EN LA IGLESIA
Entre los
muchos artículos y comentarios que aparecen en los medios a
propósito del escándalo de la pederastia en la Iglesia, he
encontrado uno que hacía referencia al problema en Alemania
de que “un fuerte porcentaje de fieles están pensando en
abandonar la Iglesia”.
Me parece que
esta postura es lógica, además de preocupante y
desgarradora, y creo que muchos de los que intentamos seguir
a Jesús nos la habremos hecho alguna vez. Yo, desde luego,
me lo he planteado y he llegado a conclusiones claras. Quizá
a alguien le puedan servir y por eso expongo lo que siento.
Yo creo en
Jesús, me convence, me gusta, me fascina, creo que “Dios
estaba con Él” y creo en Dios como Él cree, en Abbá que es
Padre, Palabra y Viento. Cada día descubro más verdad en el
evangelio y cada vez mi fe en Él es más decidida.
Yo estoy en la
Iglesia porque mis padres me llevaron a bautizar, pero ahora
que puedo pensar y valorar, no me gusta nada mucho de lo que
veo en la Iglesia. La primera vez que
escuché la expresión de Gandhi: “me gusta Cristo pero no me
gustan los cristianos”, algo se me rasgó, dolorosamente, en
lo más hondo…
Yo sé y todos sabemos que la misión de
Jesús fue hacer visible y creíble la Buena Noticia, hacer
creíble a Abbá. Yo sé y todos sabemos que esa es nuestra
misión: hacer visible el Espíritu, el Viento del Padre, para
hacer creíble al Padre. Pero nada es así: ¿quién cree por
vernos?
El espectáculo de este colectivo que se
llama a sí mismo “La Iglesia de Jesucristo” tiene poco poder
de convicción, no es una llamada a la conversión, no muestra
a Dios, y, al menos para algunas personas, es más bien causa
de rechazo que no de atracción.
Cuando nos ponemos críticos –críticos
de todo menos de nosotros mismos- es frecuente que no nos
guste la Iglesia, al menos la que aparece: una multinacional
clerical, plagada de leyes y ritos, que mantiene ávidamente
una situación de poder –aunque la esté perdiendo por
momentos–, que maneja enormes cantidades de dinero, cuyos
jefes reclaman una autoridad absoluta de origen divino y
mantienen un rígido conjunto de dogmas poco comprensibles y
preceptos que parecen anticuados, dando impresión de ser
reliquia de un pasado superado en todos los demás órdenes de
la vida…
La imagen es poco atrayente y la
pregunta se ofrece espontánea-mente: ¿hay que creer en eso?
¿Dios está ahí? ¿qué tiene que ver con Jesús todo ese
montaje?
Pero si somos más sinceros y reales,
nos miramos a nosotros mismos y enrojecemos. Nosotros la
iglesia –y me refiero ante todo a mi iglesia, la que veo y
tengo cerca, la iglesia de mi ciudad, la de mis padres, la
de mis amigos, ésa de la que formo parte– somos un colectivo
burgués que hemos encontrado el secreto para hacer pasar al
camello por el ojo de la aguja, adjetivamente interesados en
los problemas del mundo, adoradores por encima de todo de
nuestro status socio-económico, bastante tranquilizados por
nuestra pertenencia al pueblo elegido, más preocupados por
la ortodoxia que por el hambre del mundo, más inclinados al
culto pomposo que a la eucaristía comprometedora,
pertenecientes sobre todo a las clases burguesas medias y
altas, porque las clases “inferiores” hace años, va para
siglos, que se hartaron y se fueron de “la Iglesia”.
Para colmo, esto parece un comercio en
rebajas por cierre inminente. Se siente en muchos sectores
de la Iglesia una impresión de decepción general, un
sentimiento de “esto se acaba”, como si la Iglesia fuera
algo del pasado irremediablemente abocado a la desaparición.
Un poema de W.Willms lo expresa muy
bien:
…caracolas vacías, la vida se les fue…
…una preciosa tumba, vacía está la
tumba,
el héroe despierta, pero no aquí …
Este poema de Wilhelm Willms, cuyo
título es «visión», parece caracterizar certera, sobria y
duramente la futura situación de la Iglesia, y si se compara
el número de visitantes que a diario acuden a ver la
catedral de Frankfurt, magníficamente restaurada, con el
número de fieles que los domingos van a misa a esa misma
catedral (al igual que en otros sitios), se ve uno tentado a
darle la razón a esa visión: ¿no está convirtiéndose la
Iglesia en Europa en una preciosa tumba de la que amenaza
evadirse poco a poco el espíritu de una fe viva y
compartida, si no es que hace tiempo ya que desapareció?
PERO TODO ESTO NO ES MÁS QUE LA
PREGUNTA, Y LO QUE IMPORTA ES LA RESPUESTA, MI RESPUESTA.
Porque todo lo anterior se resume en
unas preguntas: ¿creo en la Iglesia?, ¿quiero a la Iglesia?,
¿me gusta la iglesia? ¿sigo en la Iglesia?. Y, el resumen de
todas ellas: ¿qué significan para mí todas esas preguntas,
qué quieren decir y qué importancia tienen?.
Mi respuesta es: pues sí, creo en la
Iglesia, ese innumerable y anónimo colectivo de gente que
cree en Jesús (aunque no le conozca), que es positiva para
la humanidad, respeta a los demás, anda por la vida con los
criterios y valores de Jesús … todos aquellos que merecen
oír “venid benditos porque a mí me lo hicisteis”.
Creo en todos esos, creo que su modo de
ser no les viene de la carne sino del Viento de Dios, el que
sopló en Jesús y sigue soplando en ellos. Creo, más bien
veo, que es la mejor ONG de la historia, la que más ha hecho
por la humanidad.
Creo, además, que nos han robado el
sentirnos Iglesia, porque la jerarquía se ha preocupado de
que creamos que sólo ella es la Iglesia. Así que dejo de
hablar de Iglesia como conjunto de jefes sagrados más o
menos poco dignos de fe y hablo de los que siguen a Jesús.
En esos, sí creo. Que creo en ello significa que creo que
ahí está el Viento de Jesús.
Quiero a esa Iglesia: gracias a ella
conozco a Jesús, gracias a ella me han llegado los
evangelios, en ella he sentido el Viento de Jesús. Me siento
su hijo, le debo más que a mi madre de carne. A solas no
podría creer ni esperar, ni servir, me arrastrarían vientos
oscuros. Sin la Iglesia no sería nada. Me siento bien con
tantos hermanos de fe, de vida, de servicio, de esperanza.
No me gusta nada la iglesia oficial, la
que se llama a sí misma “La Iglesia”. No me gustan sus
templos, no me gusta su autoritarismo, no me gusta su
pretensión de poseer a Dios y controlar La Palabra. No me
gusta su sentido de clan, su clericalismo, su antifeminismo,
su sacralidad, su pompa, la importancia que se da a sí
misma. Y me repugnan algunos de sus comportamientos, como
los que actualmente se están dando. Todo eso y más cosas no
me gustan nada.
Sigo en la Iglesia, en la que me gusta
y en la que no me gusta, porque no soy un ingenuo que crea
que se puede separar aquí el trigo de la cizaña, porque sé
que yo pecador no soy mejor que todos esos a quienes
critico, porque sé que lo propio de Jesús es sembrar, porque
creo en la levadura y el grano de mostaza.
Sigo en la Iglesia, es decir, ante todo
sigo en comunión con todos los que creen en el ser humano,
sigo en comunión con todos los que creen en Jesús y sigo
necesitando y celebrando la Cena del Señor para unirme a
todos ellos en la Palabra, en la Oración y en la Comunión
con Jesús.
Por esto, busco a la Iglesia, a la que
no encuentro en las misas solemnes ni en las procesiones ni
en los espectáculos de masas ni en la sumisión cerril. Busco
dónde celebrar bien la Cena del Señor, busco personas con
las que compartir la fe en la oración. Porque necesito
sentirme en esa Iglesia, comulgar con esa Iglesia.
Y por esa misma razón, yo diría que por
ese mismo espíritu, me disgustan y me duelen las manchas,
las arrugas, los pecados de la Iglesia; porque la quiero.
Cuando vemos envejecer a nuestra madre,
cuando advertimos con angustia que la vejez la va haciendo
más descuidada, despeinada, quizá incluso de peor
carácter... nos duele intensamente, hacemos todo lo posible
por que esté guapa, limpia, no le toleramos manchas en el
vestido... porque la queremos.
Nos duele intensamente la Iglesia
cuando no es bella, cuando no es amable, cuando no piensa
como Jesús, cuando oímos que se le critica con razón... nos
duele intensamente. Y por eso no nos callamos sus defectos y
trabajamos intensamente para que a los ojos de cualquiera la
Iglesia –nosotros la Iglesia- haga creíble a Jesús, que sea
evidente que Dios está con ella.
Por otra parte todo eso SIGNIFICA
muchísimo para mí, hasta tal punto que es el sentido de mi
vida. Ser la Iglesia, ser de los de Jesús, es antes que mi
propio éxito profesional, antes aún que mi propia
realización personal. Es lo primero, mejor aún, es el
sentido de todo. Sin ser de la Iglesia, sin ser de los de
Jesús, nada tendría sentido.
José Enrique
Galarreta