ORACIÓN EN TIEMPOS DE PEDERASTIA
Si tú me dejas, me sentaré en la popa de tu barca,
Señor. Hoy ocurre al revés que aquel día en que tú
dormías y los discípulos tenían miedo a la tempestad;
ellos duermen y tú estás despierto. La tempestad es
diferente: son olas mediáticas, historias terribles,
lacras puestas al descubierto en todo el mundo de un
pecado inconfesable: la pederastia.
Un prestigio mantenido en las apariencias, unas vidas
recubiertas de sacralidad han ocultado un mal
innombrable, hasta levantar un viento impetuoso que
amenaza con hundir esta barca de Pedro.
Tu Iglesia, que en las recientes calendas ha puesto, por
obsesión de tus pastores, el acento en la moral sexual,
se ve socavada por el escándalo. “El que escandalice a
uno de estos pequeñuelos más le valdría que le ataran a
una piedra de molino y lo arrojaran al mar”, dijiste. Y
tus palabras resuenan terribles en estos momentos.
Sé que en esta epidemia de pederastia hay muchos
elementos mezclados:
los hechos reales incontestables con datos objetivos;
la veda levantada contra los curas;
el dinero, que ha convertido esta lamentable situación
en un lucrativo negocio para abogados y víctimas;
la represión de siglos de la ley impuesta del celibato
que no es de “derecho divino”;
el deterioro de una sociedad que ha perdido el norte de
los valores;
la morbosidad que para los medios suponen estas
noticias;
el oscurantismo de sacristía que ha ocultado
culpablemente estas desvergüenzas;
el revanchismo anticlerical de sectores que se han visto
en algunos países dominados y hasta vapuleados por el
clero;
las diversas varas de medir, cuando las encuestas
delatan que este mal moral es sin comparación más
frecuente en el seno de las familias que en la Iglesia,
aunque sin duda la Iglesia está más obligada que nadie a
dar ejemplo y abominar de este pecado;
la angustia y depresión del ambiente;
el hartazgo de una sociedad montada en el neoliberalismo
económico y el consumo que induce a una búsqueda de
nuevos vicios prohibidos;
el olvido de la santidad y el buen ejemplo que también
existen;
en fin, mucha cizaña mezclada con trigo en estos albores
del siglo XXI.
Te pido luz, Señor, y amor y valentía para que sepamos
actuar. Valentía para extirpar el mal y acatar la ley
civil con todas las consecuencias que, como a cualquier
ciudadano, atañe también a la pederastia de los
eclesiásticos. Para apartar la mala hierba que ahoga el
trigo.
Pero al mismo tiempo misericordia con el pecador dentro
de la Iglesia, que no es nunca ni ocultar ni dar largas
a estas personas, pero sí perdonarlas si muestran
arrepentimiento como manda tu evangelio. Ayudarles a
curarse en lo que tienen de enfermos. Y en ningún caso
arrasarlos con un linchamiento popular a la usanza del
viejo Oeste. Pues Dios quiere que el pecador se
convierta y se salve.
Te pido por tus seguidores de hoy, los cristianos, para
que esta galerna no nos hunda, sino que nos purifique y
libere. Para que aprendamos a apearnos de tanta
prepotencia de siglos y falsas seguridades de creernos
los mejores y a mostrar tu auténtico rostro en el mundo
de hoy. Que no es de puros y perfectos, sino de gente
que pide perdón y perdona, como nos enseñaste en el
padrenuestro, que devuelve bien por mal, que no busca la
gloria de los grandes titulares, sino la venida de tu
reino y que se haga tu voluntad con la oración del pobre
publicano y la alegría de la viejita que encuentra su
dracma y la personal búsqueda del buen pastor y el buen
samaritano.
Te pido alegría para llevar esta cruz de la Iglesia con
fe en la resurrección, que es también valorar la
mayoría, a toda esa buena gente que lucha y da ejemplo
en silencio y aprovechar esta noche oscura para crecer y
creer con nuevos bríos.
Que esta y otras situaciones que atravesamos nos
derroquen de los castillos de seguridades, poder e
intransigencia para volver aquí a tu barca frágil
capoteando en el mar de la vida con los ojos puestos en
ti, nuestro verdadero timonel y en tus manos
liberadoras, aplacando la tempestad.
Que aprendamos a poner la confianza en tu corazón de
amigo y no en los dogmatismos, los códigos, los santos
oficios, el poder de la organización y la burocracia.
Como, cuando de niño, guardaba una pequeña estampa en la
cartera, ingenua, sí, pero entrañable. En ella estaba
yo, cualquiera de nosotros, con las manos al timón y mi
gorra de marinero. Pero detrás eras tú el que en
realidad lo empuñaba. Debajo, la ingenua, pero siempre
válida jaculatoria: “En vos confío”.
Amén.
Pedro Miguel Lamet sj
(tomada de su Blog ‘El
alegre cansancio’)