Es la hora de los curas casados
Es la
hora de los curas casados
(junto a los célibes)
en la
Iglesia católica
Lo que no han conseguido los más de 100.000 curas
secularizados ni el masivo deseo de los fieles católicos
(que, en todas las encuestas, se muestran partidarios,
hasta en un 80%, del celibato opcional), lo va a lograr
el escándalo de la pederastia del clero.
Son ya muchas las voces (del pueblo, de los teólogos e,
incluso, del alto clero) que apuestan por la abolición
del celibato obligatorio en la Iglesia católica romana,
por la
coexistencia de un doble modelo de curas: los célibes y
los casados.
Es decir, en un primer momento, la Iglesia católica romana
podría poner en marcha una evolución gradual hacia una
disciplina
mixta, con clero celibatario y casado,
como ocurre desde siempre en las Iglesias orientales,
incluidas las de rito católico. O como el mismo Papa
Ratzinger estableció para los "ordinariatos" que
acogerán a los anglicanos de regreso a Roma.
El escándalo de los curas pedófilos podría, pues, ser la
puntilla
del celibato obligatorio. Aunque hay
otros muchos y más importantes factores que aconsejarían
esta evolución en la disciplina eclesiástica.
En primer lugar, el
"invierno vocacional".
Cada vez hay menos curas y son más ancianos. Y las
vocaciones languidecen. No hay, en cualquier caso,
relevo generacional. Y muchas parroquias y comunidades
se tienen que quedar sin eucaristía por falta de
pastores.
En segundo lugar, el
concubinato
habitual y masivo de los curas africanos (donde
el no casarse y tener hijos es antinatural) y de gran
parte del clero latinoamericano. Esos, a las claras. En
los demás sitios, a escondidas.
En tercer lugar, dado el fenómeno de las migraciones y la
globalización, también religiosa, las comunidades
católicas ya no sólo no se asustan por tener curas
casados (al contrario, los piden), sino que, además,
conviven con otras iglesias cristianas
(incluso algunas de rito católico) presididas y guiadas
por curas casados.
Pero es que, además, en Roma dan por descontado que el
fragor de los escándalos de los abusos del clero no ha
hecho más que comenzar. Estamos ante la
punta del iceberg. Comenzó por Norteamérica, pasó a
algunos países de Europa y pronto cundirán las denuncias
en Latinoamérica. ¿Y por qué no en España?
Es verdad que el
fenómeno de la pederastia no atañe sólo a la Iglesia
católica. Pero también es cierto que la
Iglesia es la única institución normativa planetaria.
Ella dice a los demás como comportarse y, por lo tanto,
tiene que dar ejemplo. A manos de los curas confiamos
los padres a nuestros hijos desde su más tierna infancia
y, por lo tanto, tenemos que estar seguros de que
merecen nuestra total y absoluta confianza.
La
Iglesia católica, con el Papa a la cabeza, es
una autoridad moral
planetaria y un icono mediático. Quizás
el máximo, junto a la Casa Blanca. Por eso, los medios
no le dan nunca la misma importancia a lo que digan las
demás Iglesias (protestantes, anglicanas u ortodoxas) ni
las demás religiones que a lo que dice el Vaticano.
Pues, lo mismo ocurre con los escándalos.
A eso hay que añadir el
prejuicio
anticatólico de países, sobre todo
anglosajones, de confesión mixta, como Alemania,
Inglaterra u Holanda. Y el anticlericalismo de los
países católicos mediterráneos, como Portugal, España o
Italia.
Por ahora, tanto el Papa como la mayoría de los altos
eclesiásticos sostienen, y con razón, que
no hay una relación
causa-efecto entre el celibato y la pederastia.
Siendo eso cierto, también lo es que no se puede negar
una influencia indirecta sobre los criterios de
selección de los futuros sacerdotes.
Es decir, ante la escasez vocacional y la imposibilidad de
ordenar a hombres casados, los obispos se ven tentados
(y caen a menudo en la tentación) de acoger y ordenar a
seminaristas
de dudosa madurez afectiva. Obligados
por las circunstancias, los obispos hacen la vista
gorda. Y es peor el remedio que la enfermedad.
Es, por lo tanto,
la hora del modelo
mixto en la Iglesia católica romana, que
no tendrá más remedio que aceptar en sus filas a los
curas casados junto a los célibes. Bienvenido sea.
José Manuel Vidal