“LA TAREA URGENTE DE LA IGLESIA ACTUAL
ES VOLVER A JESÚS”
ENTREVISTA A JOSÉ ANTONIO PAGOLA
Desde hace algún tiempo viene insistiendo mucho en la
importancia de volver a Jesús.
Están creciendo entre nosotros algunos hechos que, a mi
juicio, no nos van a conducir a la renovación que la
Iglesia necesita. Pienso en el desencanto y la pasividad
de muchos cristianos sencillos que viven este momento
con desconcierto y pena; el clima de enfrentamientos y
descalificaciones entre colectivos de sensibilidades
opuestas; la ausencia de diálogo entre obispos y
teólogos; las lamentaciones estériles; el miedo a la
creatividad y el diálogo con el mundo actual; el
restauracionismo hacia el que parece tender cada
vez más la jerarquía…
¿Cómo debemos reaccionar ante esto?
Necesitamos urgentemente movilizarnos y aunar fuerzas
para centrar a la Iglesia con más verdad y fidelidad en
la persona de Jesús y en su proyecto del reino de Dios.
Muchas cosas habrá que hacer, pero ninguna más decisiva
que esta conversión.
¿En qué consistiría?
No estoy pensando en un aggiornamento pastoral, unas
reformas religiosas o unas mejoras en el funcionamiento
eclesial, algo, por otra parte, necesario. Pero, cuando
el cristianismo no está centrado en el seguimiento a
Jesús, cuando la compasión no ocupa un lugar central en
el ejercicio de la
autoridad ni en el quehacer teológico, cuando los pobres
y los últimos no son los primeros en nuestras
comunidades…, creo que lo más urgente es impulsar la
conversión al Espíritu que animó la vida entera de
Jesús. Volver a las raíces, a lo esencial, a lo que
Jesús vivió y contagió.
¿Cómo sería esa Iglesia convertida?
Una Iglesia preocupada por la felicidad de las personas,
que acoge, escucha y acompaña a cuantos sufren; a la que
la gente reconoce como “amiga de pecadores”. Una Iglesia
donde la mujer ocupe el lugar querido realmente por
Jesús. Una Iglesia más sencilla, fraterna y buena,
humilde y vulnerable, que comparte las preguntas,
conflictos, alegrías y desgracias de la gente.
Pero ¿no hay una necesidad grande de reformas concretas
en el funcionamiento y organización de la Iglesia?
Sí, y no pocas. Es probable que en los próximos años se
intensifiquen los debates sobre la reforma de la Curia
romana, el ejercicio del ministerio de Pedro, el
nombramiento de obispos, el lugar de la mujer en la
Iglesia, la inculturación, la creatividad litúrgica, los
caminos reales hacia el ecumenismo…
Pero pienso que, si no existe, al mismo tiempo, un clima
de conversión apasionada a Jesús, los debates y
discusiones nos llevarán una y otra vez a
enfrentamientos, divisiones y pérdida de energía.
¿Cree que ese proceso de conversión aún es posible?
Creo que hemos de abandonar ya una lectura del momento
actual en términos de crisis, secularización,
desaparición de la fe… Necesitamos hacer una lectura más
profética, introduciendo en nuestro horizonte otras
preguntas: ¿Qué caminos está tratando de abrir hoy Dios
para encontrarse con sus hijos e hijas de esta cultura
moderna? ¿Qué relación quiere instaurar con tantos
hombres y mujeres que han abandonado la Iglesia? ¿Qué
llamadas está haciendo Dios a la Iglesia de hoy para
transformar nuestra manera tradicional de pensar, vivir,
celebrar y comunicar la fe, de modo que propiciemos su
acción en la sociedad moderna?
Esto no es fácil...
En unos tiempos en que se está produciendo un cambio
sociocultural sin precedentes, la Iglesia necesita una
conversión sin precedentes. Necesitamos un “corazón
nuevo” para engendrar de manera nueva la fe en
Jesucristo en la conciencia moderna.
¿Qué responsabilidad tenemos en esto como creyentes de a
pie?
Tal vez, el rasgo más generalizado de los cristianos que
todavía no han abandonado la Iglesia es seguramente la
pasividad. Durante muchos siglos hemos educado a los
fieles para la sumisión y la obediencia. La
responsabilidad de los laicos y laicas ha quedado muy
anulada. Por eso, creo que la primera tarea de todos es
ir creando comunidades responsables. Todos somos
necesarios a la hora de pensar, proyectar o impulsar la
conversión a Jesucristo.
¿Es posible poner más verdad en el cristianismo actual?
No hemos de tener miedo a poner nombre a nuestros
pecados. No se trata de echarnos las culpas unos a
otros. Lo que necesitamos es reconocer el pecado actual
de la Iglesia, del que todos somos más o menos
responsables, sobre todo con nuestra omisión, pasividad
o mediocridad. Ha sido una pena que hayamos entrado en
el siglo XXI celebrando solemnes jubileos y sin promover
una revisión honesta de nuestro seguimiento a Jesús. A
veces, me sorprende nuestra agudeza para ver el pecado
en la sociedad moderna y nuestra ceguera para verlo en
nuestra Iglesia.
¿Qué nos exige esto?
Buscar una calidad nueva en nuestra relación con Jesús.
Una Iglesia formada por cristianos que se relacionan con
un Jesús mal conocido, confesado sólo de manera
abstracta, un Jesús mudo del que no se escucha
nada de interés para el mundo de hoy, un Jesús apagado
que no seduce, que no llama ni toca los corazones…, es
una Iglesia que corre el riesgo de irse apagando,
envejeciendo y olvidando.
Le da mucha importancia a poner en el centro de las
comunidades cristianas el relato evangélico. ¿Por qué?
Los evangelios no son libros didácticos que exponen
doctrina académica. Tampoco biografías redactadas para
informar con detalle sobre su trayectoria histórica. Lo
que en ellos se recoge es el impacto causado por Jesús
en los primeros que se sintieron atraídos por él. Son
“relatos de conversión”. En esta actitud han de ser
leídos, predicados, meditados y guardados en el corazón
de cada creyente y el seno de cada comunidad.
¿Qué nos enseña el relato evangélico?
El estilo de vida de Jesús: su manera de ser, de amar,
de preocuparse por el ser humano, de aliviar el
sufrimiento, de confiar en el Padre. Este esfuerzo por
aprender a pensar, sentir, amar y vivir como Jesús
debería estar en el centro de las comunidades.
¿Tendríamos que repensar la Iglesia al estilo de
Bonhoeffer, menos institución y más disuelta en la masa?
La tentación más grave de la Iglesia actual es
fortalecer la institución, endurecer la disciplina,
conservar de manera rígida la tradición, levantar
barreras… Se me hace difícil reconocer en todo esto el
Espíritu de Jesús que nos sigue invitando a poner “el
vino nuevo en odres nuevos”. El restauracionismo puede
llevarnos a hacer una religión del pasado, cada vez más
anacrónica y menos significativa para el hombre y la
mujer de hoy.
Se habla del peligro de convertirnos en un islote dentro
de la sociedad moderna.
Tenemos que aprender a vivir en minoría, no de manera
dominante y hegemónica, sino compartiendo con otros la
condición de perdedores en esta sociedad. A muchos la
Iglesia se les presenta hoy como una institución lejana
que sólo parece enseñar, juzgar y condenar.
El hombre moderno en crisis necesita conocer una Iglesia
cercana y amiga, que sepa acoger, escuchar y acompañar.
¿Y en qué dirección tendrían que cambiar nuestros
lenguajes y modos de transmisión de la fe?
Sé que el lenguaje teológico y doctrinal es
absolutamente indispensable para dialogar con el
pensamiento moderno, pero creo que es un error tratar de
iniciar a la fe o alimentarla, dando primacía a la
exposición doctrinal, explicada casi siempre en
categorías premodernas.
A mi juicio, hemos de recuperar y dar más relevancia a
la experiencia fundante que vivieron junto a Jesús los
primeros discípulos, y, sobre todo, a la enseñanza de su
estilo de vida. Hemos de aprender a creer desde la
sensibilidad, la inteligencia y la libertad de nuestra
cultura contemporánea: poner el Evangelio en contacto
con las preguntas, miedos, aspiraciones,
contradicciones, sufrimientos y gozos de nuestros
tiempos.
¿Es posible mirar hacia el futuro de la Iglesia con
esperanza?
Lo primero es construir nuevas bases que hagan posible
la esperanza. Hemos de aprender a despedir lo que ya no
evangeliza ni abre caminos al reino de Dios, para estar
más atentos a lo que nace, lo que abre hoy con más
facilidad los corazones a la Buena Noticia. Al mismo
tiempo, hemos de impulsar la creatividad para
experimentar nuevas formas y lenguajes de
evangelización, nuevas propuestas de diálogo con gentes
alejadas, espacios nuevos de responsabilidad de la
mujer, celebraciones desde una sensibilidad más
evangélica… Creo que hemos de dedicar más tiempo,
oración, escucha del evangelio y energías a descubrir
llamadas y carismas nuevos para comunicar hoy la
experiencia de Jesús.
Mª Ángeles López
Romero
REVISTA 21
MARZO 2010