La dolorosa “cura” de
los problemas de la Iglesia
¿Merece
la pena volver sobre el momento actual que está viviendo
la Iglesia católica? Y, si volvemos, ¿en qué
sentido? Además, la Iglesia y su “gente” viven tantas
experiencias distintas que de cuáles hablaremos. ¿De
aquellas que nos hacen gozar o de aquellas que nos hacen
sufrir? De todas claro está. Cada una tiene que tener su
momento.
Pero
es probable que las malas noticias, aquellas que nos
hacen sufrir, nos atraigan más. Quizá son más “noticia”,
o estamos menos preparados para recibirlas. Quizá, y sin
quizá, sabemos que sin reorientar esa situación, los
pasos siguientes no nos van a convencer. Así que
aceptemos mirarnos al espejo y veamos de poner un poco
de orden en la trastienda. Porque ante todo hemos de
evitar que esta acusación se haga verdad:
“El Vaticano ocultó los
abusos y ahora está tratando de ocultar el ocultamiento”.
Pues
bien, llueven noticias negativas para la Iglesia y la
empapan con su persistente recuerdo de abusos contra
menores en su seno. Miembros aislados de la Iglesia,
parece que muchos según los distintos países, y por
tanto, por desgracia, no tan casos sueltos, han
incurrido en esos abusos y ahora está sabiéndose.
Podía
pasar, y está bien que se sepa, porque estos males se
derivan de la condición pecadora de las personas,
pero no menos de una situación eclesial muy peculiar.
Tiene
que concurrir el sujeto individual que
padece ese instinto delictivo con el lugar
favorable a su abuso, las personas especialmente
débiles que lo soporten, y los
responsables que al sospecharlo o conocerlo, lo
encubran por el bien de la institución; y, por otra
razón que conviene no olvidar: porque los responsables
no tienen claro el concepto de delito contra la dignidad
de la persona; sí, el de pecado, no el de delito.
Y así
la rueda es imparable. Ha sido imparable. Cuando se
tiene mucho poder social, y ningún control externo, sólo
el propio del grupo o corporación, y cuando un grupo, la
Iglesia, no “se sabe” sociedad civil de los iguales en
derechos y deberes “civiles”, y la moral obligatoria
sobre los derechos humanos está todavía cuajando en
muchas conciencias, ¡con tanta prevención eclesiástica!,
sucede esto.
Pasan
los años, esa conciencia de los derechos humanos, es
decir, de la moral civil común y de la sociedad civil
que por ella se rige, se extiende entre todos, y algunos
eclesiásticos por sus actos malos y delictivos, y la
misma Iglesia, por su concepción de cómo resolver “los
males propios” en términos de derecho canónico y de
grupo soberano, frente a la sociedad y el derecho común,
quedan enredados en su propio engaño y asustados de por
qué tardaron tanto en verlo.
Ahora
bien, como fuera que la mayoría de los que lo vieron y
taparon, han llegado en el orden eclesial muy
arriba, surge el problema de quién dirá hasta
dónde alcanza la memoria del mal y el análisis de sus
causas.
Y
este sí que es un problema: habrá que resolver el drama
por los mismos que mejor conocieron que algo de esto
pasaba y quisieron arreglarlos en casa. Ahora tienen que
hacerlo en términos de derecho eclesial. Y ¡civil!, y
esto puede ponerlos ante el espejo de su propia
trayectoria predemocrática.
Es el
problema de haber ido siempre al compás de la conciencia
“moral” y canónica del poder eclesial, para no
equivocarte, y un día te descubres habiendo servido al
mal. ¿Podrán seguir quienes así actuaron, ¡los
que lo fueran, qué no lo sé!, en sus responsabilidades?
Esta
es una parte fundamental del problema: las personas y
sus responsabilidades como autoridades en el momento y
si conocieron; el modo como lo resolvieron, y la
conciencia del bien moral y del derecho común que les
caracterizó; y las consecuencias que tiene hoy, para la
iglesia, en cuanto reconocimiento, por fin, de su
condición, ¡también ella!, de sociedad civil, y
también ella partícipe y obligada por la moral civil.
Esto nos cuesta, pero es imprescindible, para no repetir
el mal como institución.
Hay otra perspectiva en el tema que no tiene que ver con lo anterior,
pero sí tiene.
Es la
cuestión del celibato obligatorio. Nadie por
causa del celibato obligatorio se va a convertir en un
depravado sexual. Pero hay en el “asunto” varios
aspectos que merece la pena considerar.
El
primero es que está en juego la cuestión de un
derecho humano fundamental. Desde luego, es una
renuncia personal y libre, pero es peligroso no caer en
la cuenta de que se trata de un derecho fundamental, y
la reserva con respecto a ellos ha de ser muy cuidadosa.
Como mínimo, hay que temblar al condicionar el
sacerdocio ordenado a esa obligación, porque fácilmente
puede estar primando en el candidato una aceptación
“forzada” de la renuncia, por mor de otro bien mayor,
para él, cual es la ordenación. Como mínimo, temblar al
exigir, y por tanto, moralmente, desistir en la
obligación.
Por otro lado, nadie debería olvidar que la gente aprende a ser célibe, no se
nace tal, sino que se aprende, y se aprende con mucho
esfuerzo, hablo de tejas abajo, con mucho esfuerzo y con
una línea muy delgada con respecto a la represión de la
conciencia.
Hay
que tener cuidado con esto. Lo que con 25 años puede ser
claro, con cuarenta a lo mejor no lo es, y las
situaciones pueden ser tan complejas que, desde luego,
la salida del sacerdocio no siempre ha sido lo elegido,
y moralmente, ni lo obligatorio “prima facie”.
La
persona es una vida y madura sus decisiones
fundamentales no siempre linealmente. Es muy peligroso
suponer que en cuanto algo tan fundamental como la
sexualidad y el matrimonio-familia, la última palabra en
la vida esté dicha a los 25 ó 29.
Parece mentira que la gente de edad, la gente que en la
Iglesia ha pasado por todo y lo ha visto todo, y que
tiene la responsabilidad última hoy, siga haciendo como
que aquí no pasa nada, que es una cuestión menor y que
pasará de moda. Parece mentira con lo que deberían saber
sicológica y moralmente.
Y
tercera razón, sin agotarlas, cualquiera sabe
que las personas maduran afectiva y sexualmente a muy
distinto ritmo, pero con todas sus dimensiones,
íntegramente, y es claro que el celibato obligatorio en
la Iglesia es un inconveniente serio para lograrlo en
muchas personas. A veces pienso que en la gran mayoría,
pero no quiero ir tan lejos en lo que digo.
No se
trata de si la gente guarda o no el celibato, sino de
cómo integra la sexualidad en su madurez personal, y qué
sustituciones más o menos aceptables, (las hay
artísticas, intelectuales y episcopales), y hasta
perversas en algunos desgraciados casos, puede potenciar
esa mala asunción de la condición humana en su
integridad.
No
equiparo esos sustitutivos, ¡cuidado! Nunca una
institución que se decantó más veces por el valor moral
normativo de “la naturaleza humana”, fue más
reacia a la dimensión sexuada de esa misma condición.
Se
dice que por causa del Evangelio de Jesucristo, al
servicio del Reino. Bien sabe todo el mundo que en esta
cuestión el Evangelio no es, ni mucho menos, definitivo.
¿Debo extenderme sobre la igualdad fundamental de los
bautizados en la Iglesia, mujeres y hombres iguales,
y el derecho igual al desempeño de todos sus
ministerios? Me resulta obvio.
Como
esto sólo es una introducción “a vuela pluma”, pero
pensada con su tiempo, dejémosla aquí para su posado y
opinión. Saludos cordiales. Feliz Pascua de 2010.
José Ignacio
Calleja Sáenz de Navarrete
Sacerdote