CRISTIANISMO Y PODER EN AMÉRICA LATINA
El pasado 15 de agosto se memoró el segundo aniversario de
la toma de posesión de Fernando Lugo como presidente
de la República de Paraguay. Con ese motivo voy a
ofrecer unas reflexiones sobre la relación entre
cristianismo y poder en América Latina, y sobre la
significación del acceso del obispo Lugo a la máxima
autoridad del país guaraní.
La actividad política de los obispos, teólogos, sacerdotes y
religiosos es una constante en América Latina desde los
inicios de la conquista hasta nuestros días. Y no sólo ni
siempre del lado de conquistadores y colonizadores, sino,
con más frecuencia de lo que se conoce, del lado de los
sectores marginados.
Casos emblemáticos del compromiso liberador durante la
conquista fueron:
·
el obispo y teólogo Bartolomé de Las Casas, que criticó la
modernidad incipiente, defendió de manera incansable los
derechos de los indios, pisoteados por los conquistadores, e
influyó decisivamente en la elaboración de las Leyes de
Indias de 1542;
·
el sacerdote dominico Antonio Montesinos, que en un famoso
sermón de adviento de 1511 denunció a los encomenderos
acusándoles de estar en pecado mortal;
·
el obispo Vasco de Quiroga, que condenó la guerra de
conquista y la esclavización de los indios, y llevó a cabo
una loable experiencia de educación de indígenas que tenía
su base en el mestizaje.
Paradigmática fue la experiencia de las reducciones de los
jesuitas en Paraguay, una de las pocas utopías que no se
quedó en el terreno de las ideas o de los ideales, sino que
se hizo realidad en la historia, desmintiendo así el
supuesto carácter irrealizable de las utopías. Y fueron
precisamente religiosos quienes activaron aquella
experiencia política y económica comunitaria en régimen de
igualdad, no exenta de autoritarismo y uniformidad.
Numerosos fueron los clérigos que, a principios del siglo
XIX, tradujeron políticamente los ideales evangélicos de
libertad y justicia, y lideraron las luchas por la
independencia en los diferentes países latinoamericanos. Fue
la fe cristiana la que les impulsó a luchar contra la
tiranía española. Dos clérigos destacan entre muchos:
·
Miguel Hidalgo, iniciador de la lucha por la independencia
de México, que llegó a ser capitán general del ejército
insurgente y es considerado el padre de la patria mexicana,
·
José María Madero, colaborador suyo y brillante caudillo
militar. La liberación de la tiranía justificaba el uso de
la violencia. Al fin y al cabo, era la tesis de la teología
moral del Medioevo.
Un nuevo impulso al compromiso político de los teólogos,
sacerdotes y obispos proviene del cristianismo liberador
latinoamericano en la década de los sesenta del siglo
pasado. Fue entonces cuando muchos clérigos se incorporaron
a los movimientos de liberación junto con otros militantes
revolucionarios como el Che Guevara.
El ejemplo más emblemático es sin duda el del sacerdote
colombiano Camilo Torres, capellán universitario y brillante
sociólogo formado en la Universidad Católica de Lovaina.
Renunció al ejercicio del sacerdocio y a la celebración de
la eucaristía, y se alistó en el movimiento guerrillero del
ELN, cayendo pronto bajo el impacto de las balas del
ejército colombiano.
En los años siguientes fueron numerosos los sacerdotes que
siguieron su ejemplo demostrando así una generosidad extrema
hasta dar su vida por defender la vida de los pobres y la
compatibilidad entre fe cristiana y revolución.
Durante la década de los ochenta se produjo un nuevo
fenómeno: la participación de teólogos, religiosos y
religiosas en responsabilidades políticas dentro de
gobiernos revolucionarios formados en diversos países
latinoamericanos tras el derrocamiento de las respectivas
dictaduras. Fue el caso de tres sacerdotes que participaron
en el gobierno del Frente Sandinista de Nicaragua tras la
liberación de la dictadura somocista:
·
Miguel de Escoto, miembro de la Congregación Religiosa
Maryknoll, como ministro de Asuntos Exteriores;
·
Ernesto Cardenal, poeta y monje trapense que fundó la
comunidad de Solentiname, como ministro de Cultura;
·
Fernando Cardenal, jesuita y hermano del anterior, como
ministro de Educación.
Los hermanos Cardenal tuvieron problemas con el Vaticano
para compaginar su actividad política con el sacerdocio. No
así de Escoto, que contó con el apoyo de su Congregación.
En su viaje a Nicaragua en 1983 el papa Juan Pablo II afeó
la conducta del humilde Ernesto Cardenal, postrado de
hinojos, con un ostensible gesto de desaprobación en
presencia del gobierno sandinista, que fue retransmitido al
mundo entero por televisión. ¡Fue uno de los actos de
humillación más inmisericordes!
Pero Ernesto Cardenal, fiel a su conciencia y al compromiso
político asumido con su pueblo continuó al frente del
Ministerio de Cultura trabajando por la educación popular.
Más difícil lo tuvo su hermano Fernando, a quien los
responsables de la Compañía de Jesús la comunicaron que no
podía seguir siendo jesuita y ministro. Al final se vio
obligado a abandonar la Compañía para seguir siendo
ministro, no sin antes responder al Vaticano, de quien venía
la amonestación:
“Es posible que me equivoque manteniendo mi doble función de
jesuita y de ministro, pero déjenme equivocar a favor de los
pobres, porque durante muchos siglos la Iglesia se ha
equivocado a favor de los ricos”.
En la década de los noventa destacó por su actividad
política el salesiano haitiano Jean Bertrand d’ Aristide,
quien, en sintonía con la teología de la liberación, ejerció
su ministerio sacerdotal en una parroquia pobre de Puerto
Príncipe y participó activamente en el derrocamiento de la
dictadura de Duvalier.
En diciembre de 1990 fue elegido presidente de Haití con el
67% de los votos colocando entre sus prioridades la
erradicación de la pobreza y la dignificación de los
sectores populares con las que estaba comprometido desde su
época de sacerdote.
Fue derrocado por un golpe militar y posteriormente
rehabilitado. Sin embargo, pronto renunció a su estilo de
vida austero y a las opciones liberadoras del comienzo, y se
decantó por el enriquecimiento personal y la ubicación entre
los sectores pudientes de la sociedad. Lo que contrasta con
la extrema pobreza en que vive Haití, el país más
empobrecido de América Latina.
Papel fundamental en la transformación de la realidad social
latinoamericana ha jugado el dominico brasileño Fray Betto.
En 1985 publicó un libro de conversaciones con Fidel Castro
en el que el dirigente cubano defendía el carácter
revolucionario del evangelio y la coherencia de los
cristianos que luchaban por el socialismo.
Participó en primera línea junto con Lula, Leonardo Boff y
otros dirigentes políticos, religiosos y sindicales en la
creación del Movimiento sin Tierra y apoyó la candidatura de
Lula a la presidencia de la república del Brasil. Como
asesor de Lula durante la primera etapa de su presidencia,
puso en marcha y gestionó el programa “Hambre Cero”, que
logró reducir considerablemente la pobreza en Brasil.
Luego ha sido Fernando Lugo, ex obispo de San Pedro, una de
las regiones más pobres de Paraguay, quien accedió a la
Presidencia de la República guaraní tras el triunfo
electoral en abril de 2008.
Hasta llegar aquí, su trayectoria estuvo marcada por la
inserción en el mundo de la exclusión, teniendo como guía
religiosa la teología de la liberación, como referente
social las Ligas Agrarias Cristianas de su país, como
horizonte ético la opción por los pobres y como vía de
conocimiento de la realidad las ciencias sociales.
Un importante aval fue su larga experiencia en el compromiso
con los movimientos sociales, primero como maestro de
escuela en un lugar marginal de su país, luego como
misionero en una de las zonas más depauperadas de Ecuador,
después como estudiante de sociología en Roma, luego como
obispo que mostró su apoyo a las luchas de los campesinos
sin tierra en una época de fuertes conflictos, y como
responsable de las comunidades eclesiales de base.
Renunció al episcopado para dedicarse a la política, y el
Vaticano le suspendió a divinis. Poco después le levantó la
suspensión y, en un gesto sin precedentes tratándose de un
obispo, aceptó su reducción al estado laical.
Como candidato a la Presidencia al frente de la Alianza
Patriótica para el Cambio logró derrotar al Partido
Colorado, que llevaba más de sesenta años en el poder. Tras
su triunfo resumía así su programa de gobierno:
“A partir de hoy, mi gran catedral será todo mi país. Hasta
ahora estuve en una catedral enseñando, compartiendo,
sufriendo, construyendo. Hoy me pongo a disposición de todos
los ciudadanos de Paraguay para construir desde la política
esa nación que nos merecemos todos los paraguayos, una
nación más justa y fraterna, reconciliada, donde la justicia
no sólo sea un objeto de lujo para algunas personas, sino
para todos y todas por igual”.
Para ello tuvo que caer en una herejía, como él mismo
confesaba citando el título de un libro que recoge la
experiencia de las Ligas Agrarias Campesinas de Paraguay,
acusadas de comunistas por el dictador Alfredo Stroessner,
apresadas, y asesinadas: La herejía de seguir a Jesús.
¿Y el poder? ¿No es incompatible con el seguimiento de
Jesús? Parece que sí. Al menos eso es lo que se desprende
del mensaje evangélico:
“Sabéis que los que son tenidos como jefes de las naciones,
las dominan como señores absolutos y sus grandes las oprimen
con su poder. Pero no ha de ser así entre vosotros, sino el
que quiera ser grande entre vosotros sea vuestros, será
vuestro servidor” (Mc 10,42-43).
Fernando Lugo reconoce que muchas veces los políticos
usurpan el poder o se aferran compulsivamente a él y cree
que el poder es un proceso de creación y, bajo la
inspiración del método de la teología de la liberación, él
ha optado por construir desde abajo, a partir de la realidad
sangrante, desafiante de miseria, pobreza y exclusión en que
viven los pueblos de América Latina.
“El poder —afirma— se construye desde la gente sencilla que
se une para defender sus reivindicaciones y también en sus
grandes proyectos e ideales sociopolíticos.”
Tras la descripción de algunas de las experiencias de
ejercicio liberador del poder en América Latina, no faltará
gente que piense que la religión sigue siendo opio del
pueblo, como escribiera Marx cuando tenía 25 años en su
contribución a la crítica de la filosofía del derecho de
Hegel, haciéndose eco de una opinión muy generalizada en su
época. Y quizás no les falte razón a quienes así piensan.
Los hechos son tozudos al respecto.
Pero en ese mismo texto Marx dice también que
“la religión es el suspiro de la criatura oprimida, el
corazón de un mundo sin corazón, así como es el espíritu de
una situación carente de espíritu”.
Y las experiencias que he contado muy someramente parecen
confirmarlo. Creo que Fernando Lugo está contribuyendo de
manera muy positiva al cambio de paradigma en el
cristianismo:
·
de la religión como opio del pueblo a la religión como
corazón de un mundo sin corazón;
·
de la religión como instrumento de opresión a la religión
como fuerza de liberación.
¡Suerte, presidente Lugo!
Juan
José Tamayo