Estado laico y Cristianismo laico
La
manifestación del sábado 23 de octubre, por las calles de
Madrid, en la que numerosos colectivos de ciudadanos y de
creyentes han expresado su protesta por la mal disimulada
“confesionalidad” de un Estado (el español) que
constitucionalmente es “no-confesional” (Const. Española,
art. 16, 3), plantea, entre otras, una cuestión que los
cristianos tendríamos que afrontar con lucidez, valentía y
libertad.
Esta
cuestión se refiere, no a la confesionalidad religiosa del
Estado, sino a la confesionalidad religiosa del
Cristianismo.
Digo
esto porque parece razonable sospechar que bastantes
ciudadanos (sean o no sean cristianos) ven un serio problema
en la confesionalidad religiosa del Estado. Lo cual es,
efectivamente, un problema importante, que necesita ser
debidamente matizado por los expertos en Derecho
Constitucional. Y por eso entiendo que es enteramente
razonable y necesario que muchos ciudadanos, sean o no sean
creyentes, protesten por el hecho de que sus dineros se
dediquen a costear una confesión religiosa (la Iglesia) o a
pagar los viajes del papa.
Pero
creo que es de suma importancia caer en la cuenta de que,
para los cristianos, el problema de fondo no es el problema
de la confesionalidad religiosa del Estado, sino el de la
confesionalidad religiosa del Cristianismo.
A mi
manera de ver (no hablo ahora de los ciudadanos
no-creyentes), la cuestión más seria que se le plantea a la
Iglesia y se nos plantea a los cristianos, no es que el
Estado español aclare, según el Derecho Constitucional, el
significado y los límites de sus relaciones con la Iglesia
(y con las demás confesiones religiosas), sino que la
Iglesia y los cristianos nos aclaremos sobre nuestras
relaciones con el Evangelio de Jesús.
La
pregunta que, con lucidez, valentía y libertad, tenemos que
afrontar los cristianos, si leemos atentamente los
evangelios, es la siguiente:
¿Podemos asegurar que Jesús fundó y quiso una “confesión
religiosa”, es decir, una “religión”, como otra más entre
tantas otras religiones que hay en el mundo?
A los
cristianos - y más a los católicos - nos han educado en el
convencimiento de que el Cristianismo es una religión. Es
más, siempre se nos ha dicho que el Cristianismo es la única
religión verdadera. Lo que supone obviamente que todas las
demás son falsas. Pero, con el Evangelio en las manos,
¿podemos afirmar que eso es así con toda seguridad?
Por
supuesto, Jesús fue un hombre profundamente religioso. Su
intensa y frecuente relación con el Padre del cielo, su
prolongada oración al Padre del cielo, su predicación sobre
el Reino de Dios, la fe en Dios, la bondad de Dios, todo eso
pone en evidencia la intensa religiosidad de Jesús. Es,
pues, correcto decir que Jesús fue un profeta de Dios, un
carismático religioso, un místico que vivió una profunda
experiencia de Dios.
Pero
también todo eso pone de manifiesto que la religiosidad de
Jesús no se acomodó, ni se ajustó, ni estuvo de acuerdo con
la religión establecida, ni siquiera con el hecho religioso
tal como suele ser vivido y practicado en casi todas las
confesiones religiosas que conocemos. ¿Por qué?
Según
el gran relato del Evangelio, Jesús fue un hombre
conflictivo. De forma que el relato global del Evangelio es
el relato de un conflicto. Un conflicto tan grave, que acabó
en violencia y muerte: la muerte violenta de Jesús. Ahora
bien, lo decisivo, en este relato, está en que el conflicto,
que se nos relata, fue el enfrentamiento de Jesús con la
religión.
La
religiosidad de Jesús fue una religiosidad “marginal”, es
decir, él vivió su relación con el Padre al margen de la
religión oficial.
Nunca,
en los evangelios, se nos dice que Jesús fuera a orar al
templo, ni que participara en los sacrificios rituales que
imponía la liturgia del templo. Ni Jesús construyó un templo
o una capilla aparte. Sabemos, además, la denuncia tan grave
que hizo Jesús contra el templo, del que dijo que había sido
convertido en “una cueva de bandidos”.
Por
otra parte, Jesús tuvo conflictos frecuentes con los
observantes religiosos por causa de su no observancia de
preceptos que imponía la religión (observancia del sábado,
del ayuno, de las purificaciones rituales...). Jesús,
además, se enfrentó a los sacerdotes y, sobre todo, a los
sumos sacerdotes. Hasta el extremo de que fue el consejo
supremo del Sanedrín el que decretó su muerte y forzó al
procurador romano, Pilatos, para que firmara la ejecución de
Jesús en una cruz.
Es
verdad que la teología de san Pablo presenta una
interpretación distinta de la muerte de Cristo, como
sacrificio y expiación por nuestros pecados. De forma que la
decisión de la muerte de Jesús fue una decisión del Padre,
para nuestra redención y salvación. Esto es lo que san Pablo
explicó en sus cartas entre los años 50-55.
Pero
sabemos que, algunos años después, a partir del año 70, los
evangelios, empezando por el de Marcos, nos dejaron claro
que una cosa es la “interpretación teológica”, que dio Pablo
de la vida y la muerte de Cristo, y otra cosa es el “relato
histórico” que presentan los evangelios de cómo fue la vida
y por qué ocurrió la muerte de Jesús.
Es
cierto que los cristianos tenemos que saber armonizar la
“interpretación teológica” de Pablo con el “relato
histórico” de los evangelios. Pero el hecho es que, en la
historia del cristianismo, esta armonización se ha hecho de
forma que la “interpretación teológica” de Pablo ha sido más
determinante, para la teología cristiana, que el “relato
histórico” de los evangelios.
La
consecuencia ha sido que el Cristianismo y la Iglesia se han
orientado y configurado, ante todo, como una “religión”
(templos, sacerdotes, sacramentos, dogmas, poderes
religiosos...), siendo así que, en realidad, Jesús de
Nazaret no pensó en nada de eso, ni en su vida se dedicó a
poner en práctica nada de eso.
De ahí
que los grandes temas de Pablo son los que han configurado
la “teología” cristiana, mientras que los relatos de la vida
de Jesús han quedado, en la vida y funcionamiento de la
Iglesia, relegados a un segundo término, como elementos
inspiradores de la “espiritualidad” cristiana.
Así
las cosas, y volviendo al comienzo de esta reflexión lo
más lógico tendría que ser que los cristianos nos
preocupemos, ante todo y sobre todo, por vivir un
“cristianismo laico”, como lo vivió Jesús de
Nazaret.
Porque, si vivimos así nuestra relación con Jesús,
lucharíamos más contra el Estado confesional y nos
esforzaríamos mucho más por nuestra “religiosidad laica” y
nuestra profunda espiritualidad, la “religiosidad
alternativa”, que vivió y nos enseñó Jesús.
José M. Castillo
http://josemariacastillo.blogspot.com