DE
LAS CASAS LLENAS
A
LOS TEMPLOS VACÍOS
Es sabido que
en la Iglesia primitiva no había templos. Los cristianos se
reunían en las casas, ya que la casa era la estructura base
del cristianismo primitivo. Es decir, la Iglesia era la
institución que aglutinaba a las iglesias domésticas
(R. Aguirre).
Esta situación
duró hasta el s. IV, cuando (a partir de Constantino) se
construyeron los primeros templos cristianos. Fue el
concilio de Laodicea (del 360 al 370) el que prohibió la
celebración de las eucaristías domésticas.
Hasta entonces,
o sea durante tres siglos, la Iglesia no tuvo templos, es
decir, no tuvo espacios sagrados. Porque lo sagrado,
para la Iglesia de aquellos tiempos, no estaba en
determinados edificios o locales concretos, sino que lo
sagrado eran las personas. Vale la pena explicar esto
y sacar las debidas consecuencias.
Por lo que
cuentan los evangelios, Jesús no levantó ningún templo ni
capilla. Ni organizó un centro de espiritualidad o una casa
de retiros. Jesús fue un laico que vivió laicamente como un
profeta itinerante. Un profeta además que, como sabemos,
tuvo serios conflictos con el templo de Jerusalén y sus
sacerdotes. Hasta que aquello terminó trágicamente en la
Pasión y en la cruz.
Después de la
Resurrección y de Pentecostés, el libro de los Hechos cuenta
que, cuando mataron al primer mártir, Esteban, éste,
precisamente cuando lo iban a matar, dijo que "el Altísimo
no habita en edificios construidos por hombres" (Hech 7,
48).
Y, lo que es
más importante, San Pablo afirma con toda claridad que la
morada propia de Dios no está construida por manos de
hombres (2 Cor 5, 1). Es más, la carta a los hebreos dice de
forma terminante que el templo "no hecho por manos de
hombres" se instaura a partir de Cristo (Heb 9, 11).
Los primeros
cristianos tenían razones muy serias para decir estas cosas.
Aquellos cristianos no querían templos. El motivo de este
rechazo no era económico (aunque no tenían dinero para tales
edificios), ni político (aun teniéndose que ocultar en
tiempos de persecuciones). El motivo por el que rechazaban
los templos era teológico.
Porque una de
las convicciones más fuertes de la Iglesia de aquellos
primeros siglos cristianos era que el templo de los
cristianos es la comunidad (1 Cor 3, 16-17; Ef 2, 21) o cada
cristiano en particular (1 Cor 6, 19; 2 Cor 6, 16).
Lo cual quiere
decir, lógicamente, que para los cristianos (los de entonces
y los de ahora) no hay más templo que la comunidad misma o
cada ser humano en concreto. Es decir, el lugar del
encuentro con Dios no es un espacio material (geográfico),
sino el espacio humano del encuentro entre las personas.
Donde los
humanos se encuentran, se comunican, se unen y conviven, ahí
es donde se encuentra a Dios. Los cristianos se reunían en
las casas, ya que la casa era la estructura base del
cristianismo primitivo.
Esta manera de
pensar, tan revolucionaria, duró algún tiempo, no mucho.
Sólo aguantó tres siglos. A partir del momento en que la
Iglesia se vio con poder, expresó ese poder (entre otras
cosas) en los edificios, es decir, levantando iglesias,
templos, basílicas y capillas.
Con lo cual se
conseguían varias cosas:
1)
A Dios se le
encerraba en el templo, que podía ser grandioso, señal de
que quien estaba allí era el Todopoderoso, pero ya no era el
Dios humanizado, al que se le encuentra entre los humanos y
humanizándose.
Una cosa que ha
sido fatal. Porque así los cristianos descargamos las
conciencias acudiendo un rato al templo, mientras que en la
calle, en la casa, en el trabajo..., nos portamos como si
Dios no existiese.
El respeto se
guarda en el templo, lo que hace más tolerables las
frecuentes faltas de respeto que cometemos en la convivencia
a todas horas y en todas partes. Nos espanta la profanación
de un templo. Y no nos impresionan las constantes
profanaciones de toda clase de personas que cometemos,
incluso con la conciencia tranquila, del que hace lo que
tiene que hacer.
2)
Es más fácil
construir un templo que construir una comunidad. Se maneja
mejor el ladrillo que la convivencia. Y así nos encontramos
ahora con muchos templos y tan pocas comunidades. Enseñamos
monumentos, pero no podemos enseñar grupos humanos que se
quieren y en los que no haya secretos que ocultar.
3)
Los templos
suelen dar un buen rendimiento económico. Cosa que se sabe
desde que se empezaron a levantar templos. Uno de los
favores que Constantino le hizo a la Iglesia fue la
concesión de recibir herencias y legados, cosa de la que da
cuenta el Código de Teodosio (CTh. 16. 2. 4 = CJ 1.2.1, del
321).
Así se abrió la
puerta al enriquecimiento de la Iglesia, mediante las
enormes donaciones de la gente rica, que dejaba sus bienes
al templo y así se moría en paz, tal como lo explica el
reciente y magnífico estudio del profesor Ennio Cortese en
su estudio sobre las grandes líneas de la Historia Jurídica
Medieval (Roma, 2008).
Uno de los
muchos problemas que la Iglesia tiene que afrontar es éste:
¿Creemos en
el Dios que hemos encerrado en los templos
o creemos en
el Dios que está en cada ser humano?
He aquí dos
modelos de Iglesia que desencadenan dos formas de entender
el cristianismo y la fe en Jesús el Señor.
José
María Castillo
ver
comentarios y notas de J.M.Castillo en
josemariacastillo