PONTE EN SU LUGAR
Era la noticia de un día cualquiera. 18.500 inmigrantes
subsaharianos han conseguido alcanzar las costas
canarias en lo que va de año. El gobierno español
calcula que unos 450 cadáveres han sido recogidos en el
mar durante ese mismo periodo. La Cruz Roja cree que
serán de 2000 a 3000 las personas que han desaparecido
en el Mediterráneo, en su deseo de llegar a Europa.
Intentemos pensar juntos sobre estos hechos y hagámoslo
con sentido común.
Vivo en el mundo y oigo a menudo esta primera reacción:
“nos van a inundar, ¡que cada uno se quede en su tierra,
que no vengan!” Es una reacción primera; en realidad,
primaria y primitiva. Es algo así como decir, “a mí me
va bien y no quiero que me molesten”. Pero claro, la
cuestión es ponerse en el lugar del otro y
responder a qué haría yo de estar en su lugar.
La
pregunta inteligente, cabal y moral, sobre cualquier
problema, es qué haría yo en el lugar del otro, e
intentar comprender sus derechos y, si creo que no los
tiene, sus razones. Si no me pongo en la piel del otro,
realmente no he pensado las cosas en serio ni me he
hecho preguntas éticas. Soy un ignorante o un cínico.
Luego están los que tienen más cabeza. Que vengan, sí,
-dicen-, pero conforme a las necesidades y posibilidades
de nuestro modelo social. Que vengan con papeles y a
medida que la situación laboral lo permita. Piensan bien
estos amigos. Son realistas y tienen sentido común. Tan
realistas y cautelosos que se pasan. Porque la cuestión
es también ver si podemos presionar para hacer más
hueco. No sólo si hay huecos, sino si podemos
hacerles hueco.
Estamos ante el problema de una implicación positiva de
los ciudadanos de Europa para crear posibilidades y
forzar oportunidades.
Vamos a concretar un poco. Si esa gente en el África
subsahariana sabe cómo vivimos, sobre todo cómo
consumimos, y ella está malviviendo en su país,
pongámonos en su lugar y veamos cómo se les puede decir:
“así son las cosas y así es lo justo, porque así lo
determinan las fronteras”. ¿Quién creerá esto? Yo no.
Pero no vienen los más necesitados, -se dice-, sino los
más atrevidos y preparados. Desde luego, lo sé, pero
¿que otros sean más pobres que ellos, hace injusto su
intento? Por favor. Es la eterna disculpa de los
satisfechos, “no ayudo a éste, porque otros están
todavía peor”.
Miremos un poco a nuestras posibilidades. Decimos que no
hay trabajo para todos. Es cierto. Y concluimos que
entonces, si vienen tantos será un problema mayor. Es
cierto. Si damos por hecho que el sistema social es el
que es, que las cosas son como son, que la propiedad
acumulada hasta el abuso es natural, que los consumos de
lujo y el derroche en cosas superfluas son respetables y
legítimos, entonces “apaga y vámonos”. Y ésta es la
realidad.
Un
ejemplo. Las empresas de telefonía han encargado el
diseño de algunos de sus móviles a artistas de prestigio
internacional. Les han incorporado cuero, plata, oro y
hasta brillantes. El resultado, que ellas mismas están
sorprendidas con el éxito del producto y tienen lista de
espera.
Claro, si consideramos legítimo y normal que mucha gente
acumule viviendas de lujo, se gaste en objetos de marca
y diseño cantidades incalculables, disponga de varios
automóviles de gran cilindrada, se reserve espacios en
la costa, tiendas, hoteles, restaurantes y hasta
colegios para “la corporación de los ricos”, si todo
esto, y mucho más, es normal y legítimo, entonces cierto
que no llega para todos.
No
llega para todos porque muchos se han hecho con más de
lo que les corresponde y admitimos que esto es legal y
justo. Pero como esto suena a rancio socialismo, cuando
no es más que el “abecé” del “destino universal de los
bienes creados”, ley fundamental de la creación,
ahí están muchos para reírse con cinismo.
¿De qué se ríen? De cómo nos tragamos una versión
abstracta y desencarnada de los derechos humanos, ésos
que son de todos los humanos, pero siempre que sean
ciudadanos de mi Estado; más aún, siempre que sean
ciudadanos realistas, es decir, que no reclamen
demasiados derechos sociales y no cuestionen el
derecho de propiedad, ¡cualquiera que sea su magnitud,
modo de gestión y destino de las plusvalías!
Son muchas las cosas que pueden decirse a partir de
la emigración, y en muchos casos, críticas con las
mías. Pero la tesis de que para responder las cuestiones
más conflictivas de la vida hay que ponerse en el lugar
de los otros, de las víctimas principalmente, y así
entender sus derechos y sus razones, es inapelable.
Aquí queremos ser morales y muy dignos sin admitir
preguntas sobre yo cómo vivo, yo qué puedo hacer y yo
qué puedo aportar. Así que la riqueza, y sobre todo el
consumo lujoso y despilfarrador es siempre conservador
en cuanto a las ideas.
Porque
cuando no crees en nada más que en tu posición social
acomodada, todo lo que sirva para justificarla es bueno,
y así, -dices-, viva “la patria”, viva “la moral de
siempre”, vivan “las formas democráticas a secas”, viva
“la religión conservadora”.
Y
si quieres creer en muchas cosas, sin renunciar a tu
posición social privilegiada, entonces tienes que
evitarte las preguntas fundamentales y lanzarte a la
acción, porque “no hay tiempo para teorizar”, es decir,
para “denunciar las causas de tanta injusticia”, o
“siempre fue así, y no tienen remedio político”; en
realidad, no quieres descubrirte más culpable de
lo que imaginabas.
En
suma, primero colaboramos a que haya más pobres que
nunca y después nos organizamos para resolver los casos
más cercanos. No renuncio a estas ayudas, desde luego,
pero la cuestión de ponernos en el lugar del otro, de
las víctimas, es definitiva en cuanto a nuestro
saber, poder y querer.
JOSÉ IGNACIO CALLEJA
profesor de Ética Social Cristiana
VITORIA-GASTEIZ.
ECLESALIA, 01/09/06