EL DOLOR DE LA EMIGRACIÓN
“Tengo miedo, tiemblo
y no concilio el sueño; pienso que todo esto es una
pesadilla y quiero despertar, no sé cómo va a acabar
todo esto, no sé qué decirte, sólo que pienso en ti…”
Estas palabras las
podría haber escrito un joven marroquí o subsahariano la
noche antes de subir a la patera que le llevase a la
otra orilla. O aquella mujer africana que, con su hijo
en las entrañas, encuentra en su débil condición física
el argumento de su vida para buscar un futuro mejor.
El emigrante descubre
la angustia, no pocas veces obsesiva, de lo que supone
dejar la tierra, la mujer o los hijos, a la búsqueda de
un futuro mejor. La suerte le habrá sido diversa, según
la ruta escogida. Muchos son los que han dejado la vida
en el camino, en el mar.
América, África, Asia,
no importa el continente, el deseo humano es el mismo;
se da uno de los fenómenos más antiguos de la humanidad:
emigrar. Buscar rutas que lleven a una vida con un
mínimo de dignidad. Este es el impulso que ha movido,
mueve y moverá a tantas personas a arrancarse de su
tierra, de sus seres amados, a la búsqueda de un mañana
mejor.
Y esto es algo que no
nos puede dejar indiferentes.
Frente a un mundo de
abundancia y consumo, el Tercer mundo nos recuerda el
hambre de la mayor parte de la humanidad.
A un mundo que busca
más el orden que la paz, el Tercer mundo nos recuerda la
prioridad del sufrimiento.
A un mundo estancado
en el bienestar del presente, nos recuerda el futuro y
el clamor de los pueblos.
A un mundo en el que
unos pocos viven en el lujo, le recuerda la necesidad de
justicia.
A un mundo frío e
insensible al dolor, le recuerda la ternura y la
sensibilidad frente al dolor de los otros.
Texto extraído y modificado de
Cuadernos de Cristianismo y justicia, 23 y 114