MENSAJE DE CLAUSURA
27º CONGRESO DE TEOLOGÍA
1. Es evidente que en
pocos años en España se ha producido un gran cambio
sociológico a causa de los fuertes flujos de la
inmigración, que han puesto a prueba la capacidad
solidaria de la población en general y de los cristianos
en particular, así como el talante legislativo y
ejecutivo de los diferentes gobiernos para hacer frente
a los problemas derivados de ese nuevo fenómeno social.
De ser un país de emigración España se ha transformado
en un país de inmigración. Y la realidad pone en
evidencia que no siempre hemos sabido estar a la altura
de las demandas que la nueva sociedad nos exige.
2. Esta nueva realidad hay
que contemplarla no solamente desde una perspectiva
sociológica y económica, con sus repercusiones directas
en el mercado de trabajo y en la economía, sino desde su
dimensión religiosa y cultural, sobre todo si tenemos en
cuenta que un porcentaje muy elevado de los inmigrantes
forman parte de culturas, religiones e iglesias
cristianas de tradiciones diferentes a la mayoritaria en
España.
3. Desde el punto de vista
religioso, la fe cristiana no hace distinción de razas
ni establece fronteras de separación, por lo tanto debe
promover una sociedad inclusiva en la que todos y todas
puedan ocupar un espacio digno en igualdad de
oportunidades; una sociedad en la que no haya
extranjeros ni apátridas, en la que los “papeles” no
condicionen ni la dignidad ni las oportunidades de las
personas.
4. Las migraciones masivas
nos obligan a recordar el mensaje paulino: “Recibíos
los unos a los otros, como también Cristo nos recibió”
(Ro. 15,7). O el texto lema de nuestro Congreso: “Si
un emigrante se instala en vuestra tierra, no lo
oprimáis. Será para vosotros como un nativo más y lo
amarás como a ti mismo, pues también vosotros fuisteis
emigrantes en la tierra de Egipto” (Lev. 19, 33-34).
Este “recibir al otro”, sin ninguna sombra de
discriminación, sin paternalismos ni exclusivismos de
ningún tipo, es el núcleo de la buena noticia del
Evangelio y la clave para crear una sociedad nueva.
5. Como población
receptora de inmigrantes, España tiene que aprender a
verlos no como un problema, sino como una fuente de
riqueza tanto desde el punto de vista cultural y
espiritual como por la contribución que están haciendo
al desarrollo de este país. No se trata de “mano de obra
barata” de la que podrá prescindirse cuando el ritmo de
la economía afloje o las circunstancias lo aconsejen,
sino de personas, sujetos de derechos: derecho de
acogida, derecho a la dignidad, derecho a la defensa
jurídica, derecho a la libre circulación, derecho al
disfrute de un marco jurídico que les proporcione
estabilidad, derecho a la práctica de su propia religión
y patrimonio cultural, derecho a una vivienda digna,
derecho a la reagrupación familiar…En definitiva, son
personas a quienes deben reconocerse todos los Derechos
Humanos, incluido el sufragio como ciudadanos que son a
todos los efectos.
6. El Congreso ha mostrado
especial sensibilidad hacia las mujeres inmigrantes,
doble o triplemente oprimidas: por ser inmigrantes, por
ser mujeres y, en muchos casos, por pertenecer a
culturas, razas y etnias discriminadas, y ha asumido el
firme compromiso de trabajar en este terreno para
conseguir su plena integración en la sociedad y el
reconocimiento de sus derechos en todos campos: laboral,
familiar, económico, educativo y social.
7. En definitiva, tenemos
que aprender a valorar la riqueza cultural y económica
que aporta la presencia de los inmigrantes, respetando
la diferencia, en un marco de igualdad jurídica en el
que puedan crearse espacios comunes de convivencia.
Espacios en los que hemos de ejercer la solidaridad de
manera activa y generosa.
Madrid, 9 de septiembre de
2006