Muros de San Vicente
Alegato en favor de
UNA NUEVA Y ANCHA ALIANZA ESPIRITUAL
No había leído nunca una conferencia. Nos debemos al
instante. El otro, la otra se merecen escuchar lo
que sale de nuestra alma en el momento preciso, no
en otro. Sin embargo se reúnen muchos tiempos,
sentimientos, agradecimientos… en esta ocasión y es
preciso ordenarlos.
Hay infinito amor susurrado entre estas piedras
antiguas, hay millones de oraciones profundas,
sinceras, desgranadas en estos bancos. Deseo sumar
mi palabra, mi oración, mis silencios. Deseo sumar
también un latido, un anhelo. Por supuesto un
agradecimiento profundo por la invitación.
Ese anhelo es el de una cúpula cada vez más ancha,
el de un altar cada vez más compartido, el de una
bancada más colorida. Hemos vivido demasiado tiempo
marcando espacios, reforzando fronteras. Hemos
albergado demasiado recelo, demasiado temor a lo
diferente. La ignorancia, el desconocimiento
justificaban de alguna forma esa distancia.
Pero vivimos ya el tiempo de las grandes,
aguardadas, también profetizadas transformaciones.
Hoy deseo sumar mi pequeño ladrillo a la nueva
Iglesia sin dogmas, ni murallas, a la nueva comunión
que no tiene su centro en Roma, sino en la
profundidad de nuestros corazones. Deseo sugerir el
abrazar lo nuevo, lo genuino que también está
naciendo, más allá de estos templos. Deseo
contribuir a enlazar, a vincular, a estrechar
opciones de fe sincera.
Para nuestra comunicación en este encuentro se nos
ha sugerido partir de un testimonio íntimo. Uno no
debe abusar de la primera persona si no es
necesario. Debía por lo tanto medir y calibrar las
palabras. Por eso me puse a la pantalla. Apuro mis
minutos con este texto leído, pues he visto una
oportunidad de cerrar un círculo con paz, porque he
encontrado hoy aquí y ahora una hermosa ocasión de
reencuentro, de reconciliación. Reencuentro con los
altares, las figuras, las cruces de ayer, con la
religión materna, a la que también debemos
agradecimiento.
Dicen que en los momentos de apuro, cuando se nos
traben las palabras urgentes hacia lo Alto, sólo
correrá a nuestros labios el Padre Nuestro. Pienso
que hemos de aprovechar todas las oportunidades de
reconciliación que nos presenta la vida. Quienes
hemos errado más de lo deseado hemos de estar
alertas a estas posibilidades.
Vuelvo con gozo a una Iglesia de ventanas cada vez
más abiertas a diferentes y nobles vientos. Vuelvo
con gozo a la ciudad que amo, a un templo cargado de
recuerdos. Muy cerca de aquí, en mitad de la Kontxa
y su bahía, en mitad de mi adolescencia interpelé a
Dios por su existencia. En un hogar lleno de
hermanos el mar era mi espacio de intimidad con lo
Supremo. En una bendita casa colmada de vida y
jolgorio orar era escapar al océano. Iba nadando
desde la Perla y cuando me había adentrado bien en
la bahía, le pedía a Dios casi exigente que me diera
señales de vida. Volvía una y otra vez a la orilla
rendido, con el convencimiento de que no había
obtenido respuesta. En mitad de uno de los lugares
más sobrecogedores de la tierra, yo pensé que Dios
no me hablaba. Así de orgullosos, de insolentes, de
desagradecidos podemos ser los humanos. Todo cantaba
en aquel escenario sublime y yo pensé que Él/Ella no
estaba.
Tras los repetidos intentos de una conexión que
interpreté fallida, alcanzaba la playa dispuesto a
consumar un divorcio severo. La ruptura incluía
cláusulas resentidas, por lo que empezaba a
considerar había sido una imposición descarada, una
pérdida de tiempo. El divorcio perduró por muchos
años, un exilio interno se tragó buena parte de mi
vida.
Caminé pues sin lujos de preguntas trascendentes,
sorteando los interrogantes vitales no fuera que
volviera sobre los pasos de una religión con la que
era preciso rivalizar. Pero ese errar orgulloso
puede ser también arriesgado, pues el materialismo,
el nihilismo, conducen a un desnortamiento absoluto,
a una suerte de muy peligroso egoísmo.
Ha de pasar mucho tiempo hasta que uno vuelve a
nadar con vigor y entusiasmo y a cada brazada a
agradecer; hasta que encuentra a Dios en mitad de la
bahía, en la mitad de cualquier instante o lugar,
hasta que retorna feliz a una Orilla con mayúsculas.
Ha de tropezar uno muchas veces hasta tomar
conciencia del sentido superior, apasionante,
trascendente de la vida. Ha de pasar mucho tiempo
hasta que uno repare en los caminos, no tortuosos,
pero sí tibios de entusiasmo, de fe, de esperanza en
los que se ha adentrado. En esos caminos de
tambaleante errar uno olvidará muchos nombres
sagrados, oraciones, fórmulas y rituales… Habrá que
inventarlos todos de nuevo. Sobre todo habrá que
concebir a un nuevo Dios. Ya no el Padre
excesivamente severo, cargado de doctrinas, de
códigos y purgatorios…, ahora en cada brazada, en
cada paso maravillado por esta tierra bendita uno
deberá simplemente dejar sentir la Presencia única
del Amigo inseparable, del Hermano del alma.
Al cabo del tiempo, al cabo del árido exilio, al
cabo de una mente agotada, rendida, uno vuelve a
nadar y las gracias permanecen en los labios. En el
centro de las bahías de afuera y de adentro se
deshace en silencios y en agradecimientos. Se siente
en Casa, se encuentra en paz y en gozo y ahí
permanece. Al cabo de todo ese exilio uno se libera
de la tiranía de su mente falaz, de la dictadura del
intelecto soberbio, ese dominio arrogante que puede
ser más negativo que el del credo absoluto.
Vuelvo a la misma orilla, a la misma ciudad, al
mismo y sagrado templo, bajo de las montañas que
tanto me han enseñado, bajo también de los caminos
perdidos. No criticaré aquello que no comparto,
cantaré más bien a aquello que quiero que sea. En
realidad canto a todo lo que canta…
Hemos recibido tanto en esta vida que uno no puede
sino ser agradecido. Cómo expresar el latido de
adentro sin un agradecimiento perpetuo. En realidad
me atrevería a decir que no hay Iglesia a la que
suscribirse, no hay libro por devorar, maestro al
que seguir, esoterismo en el que adentrarse…,
bastaría ser íntima, sincera y constantemente
agradecidos. Bastaría anclarnos en ese
agradecimiento ya en medio de esta esplendorosa
primavera, ya en el corazón de nuestros más duros
inviernos, ya cuando se abre la flor y la vida nos
sonríe, ya cuando afrontamos los más difíciles e
iniciáticos desafíos. Bastaría devolver en servicio
y entrega al prójimo todo lo que recibimos.
Preparemos juntos y juntas el camino de las nuevas
generaciones. No se vayan a tropezar de nuevo ni con
una imposición, ni con la otra; ni con un credo que
les inocula temores y doctrinas antes de la hora, ni
con un materialismo que les arranca las “gracias” de
los labios.
Preparemos juntos el camino de un credo vivo,
liberador, inspirado en el incondicional amor que
derrochó Jesús el Cristo. No vayamos a pensar que
las nuevas generaciones aceptarán al Jesús rendido y
crucificado. Sólo glorificarán al Jesús triunfante y
redentor. No paseen por nuestras calles las Semanas
Santas del mañana más sangre y coronas de espinas.
No vayamos tampoco a pensar que las generaciones del
futuro, los jóvenes que no han conocido aduanas, ni
fronteras, aceptarán una Iglesia cercada y
acorazada.
Estamos en una búsqueda maravillosa en medio de un
tiempo absolutamente único. Lo importante es
concluir que esta búsqueda es colectiva, es
fraterna, no individual. La búsqueda y también sus
logros y sus tesoros. Al fin y al cabo con Internet
y las nuevas tecnologías hemos aprendido a conjugar
eficazmente el verbo compartir.
Lo importante es reparar en que absolutamente nadie
por purpurado que sea tiene todas las claves, todas
las verdades. Cada quien ha de subir solo a sus
montañas, penetrar solo en sus bahías, pero después
está la plaza ancha, inmensa de nuestros días que
nos permite compartir, desahogarnos, crecernos,
fecundarnos, nutrirnos…
A la postre los exilios, si bien arriesgados, son
necesarios. Me atrevería a decir que imprescindibles
siempre que se evite el total desvarío o descarrío,
siempre que aguarde un hogar de puertas abiertas,
una llama de fraterno amor encendida. Crecemos, nos
nutrimos en el exilio, al fin y al cabo para volver
al punto de partida, ahora sí con aprendizajes
imprescindibles, con horizontes reveladores en
nuestros corazones.
Bendita la ancha y concurrida plaza que el Cielo ha
puesto a los pies de nuestro tiempo, al final de
nuestros caminos de adentro. Es un honor llegar a
San Vicente con palabras de reencuentro, de
esperanza de búsqueda compartida, de paz…, no con
las palabras de resentimiento que en algún momento
susurraron mis labios.
Si la unidad en la diversidad se ha instalado en el
campo de la política, la cultura, la economía, no
debiéramos albergar recelos para que se instale por
supuesto en el ámbito espiritual, en un terreno más
íntimo.
Al fin y al cabo sólo la consideración de la unión
interna de todos los seres, la asunción del alto
ideal de fraternidad humana y filiación divina, la
conclusión de que todos somos sin distinción hijos e
hijas de Dios, constituye la sólida y garantizada
base que puede sustentar el resto de las otras,
también imprescindibles, alianzas. No podemos pedir
al mundo una fraternidad, que previamente las
personas de fe y de esperanza de los más diversos
credos, no seamos capaces de forjar.
Juntos y juntas con la ayuda de Dios, con la ayuda
de Jesús, estamos inaugurando el tiempo soñado, la
Nueva Jerusalén, el Reino de hermanos. Juntos y
juntas, con el concurso del Cielo, seguiremos
adelante en una comunión ancha, nutrida y fecunda,
que integrará otros códigos, otros legados, otros
credos. Juntos y juntas iremos adelante en una ancha
red, en una santa trama vertebrada por la
identificación en la esencia y la diversidad en la
forma.
La esencia radica sin duda en el amor fraterno y
universal, en la consagración al prójimo, a la
humanidad. A partir de ahí todo es diverso, todo es
plural, me atrevería a decir que secundario. Unidos
internamente se tratará de articular una alianza
nueva con otras formas de entender y dirigirse a
Dios, con otras formas de postrarse ante su
Presencia infinita y eterna.
He ahí pues la nueva alianza por construir. Que
podamos atender al gran reto, no ya sólo de
ensayarnos en diálogo interreligioso, sino en
encuentro profundo, vivo y sostenido con otros
credos. Que estos muros que fueron y son testigos de
tanta fe y tan puras preces, cantos y silencios,
puedan también con el tiempo acoger la nueva y
perenne alianza de los hombres y mujeres de buena
voluntad, cualquiera que sea su credo.
Koldo Aldai