LO QUE DICE EL PAPA
El libro que acaba de publicar Benedicto XVI da que
pensar. El papa tiene el poder y la autoridad que
tiene porque, en última instancia, el papa habla en
nombre de Dios, invocando el poder y la autoridad
que Dios le ha concedido.
Si no hay Dios, ¿qué sentido tiene el papa y el
papado? Para los que no creen en Dios, ¿qué sentido
tiene creer en lo que dice el papa y obedecer al
papa? Por lo tanto, el problema no es el papa. El
problema es Dios. Por eso he dicho que el libro de
Benedicto XVI da que pensar.
Porque, vamos a ver, según lo que acabo de indicar,
hace sólo unos meses, cuando este papa viajó a
África, Dios no quería en ningún caso el
preservativo. Ahora, lo quiere, por lo menos, "como
un primer acto de responsabilidad".
Pues bien, si ahora Dios no quiere que la mujer sea
ordenada sacerdote, ¿quién me puede asegurar a mí
que, dentro de unos meses (o años), Dios no pueda
cambiar de opinión, como parece ser que empieza a
cambiar en lo del preservativo? Detrás del libro del
papa lo que está es el problema de Dios.
No hay que ser un lince para sospechar (al menos,
sospechar) que, en todo este embrollado asunto, hay
algo que no cuadra. Porque o bien lo que sucede es
que el papa no tiene la autoridad que representa; o
lo que sucede es que representa mal una cosa que es
tan seria como la autoridad misma de Dios.
En cualquier caso, si Dios es Dios, no parece que
pueda andar cambiado de ideas y tomando decisiones
variables y volubles, como nos pasa a nosotros los
mortales.
Hubo tiempos en que los papas organizaban guerras,
condenaban a los heterodoxos y quemaban vivos a los
herejes porque Dios lo quería así. Ahora, los papas
dicen que Dios no quiere nada de eso. Entonces, ¿en
qué quedamos? ¿Es que el Dios, que representa el
papa, es un Dios "cultural"? ¿O lo que sucede es que
se trata de un Dios "contra-cultural"?
El Dios que, por boca de un papa, condenó a Galileo
es el mismo Dios que, por boca de otro papa, pidió
perdón por lo que se hizo con Galileo.
Al decir estas cosas y plantearme estas preguntas,
lo que estoy haciendo, ni más ni menos, es ponerme
en el pellejo de muchas personas que, si piensan
detenidamente en todo este asunto, se van a hacer
las mismas preguntas que yo me estoy
haciendo.
Así las cosas, lo que (a mi juicio) parece más
acertado es esto: lo propio y específico de Dios es
la "trascendencia". Lo cual quiere decir que Dios no
está a nuestro alcance, "nadie ha visto a Dios" (Jn
1, 18).
Porque lo propio y específico de los humanos es la
"inmanencia". Pero, desde "lo inmanente", lo que
decimos que sabemos del "Trascendente", no es Dios
en sí, ni es lo que Dios piensa o lo que Dios
quiere, sino la "representación" o "imagen" de Dios,
que nosotros nos hacemos de Dios.
No nos engañemos. Ni nos dejemos engañar. Lo
inmanente se queda siempre en la inmanencia. Es,
pues, desde el interior mismo del mundo, de la
historia y de las libertades humanas como Dios nos
habla y nos dice lo que quiere.
Ahora bien, si Dios no es un invento humano, lo
único cierto que de él podemos saber es que Dios
quiere la plena humanización de lo humano. Es decir,
lo que nos hace más humanos, dignifica nuestra
humanidad y hace más humana, más digna y más feliz
la existencia de los humanos.
Un Dios que no quiere eso, no es Dios, sino la
representación de Dios que nos hacen quienes nos
dicen que hablan en nombre de Dios.
No le faltaba razón al gran místico que fue el
Maestro Eckhart (s. XIV) cuando decía: "Le pido a
Dios que me libre de Dios".
Por eso Simone Weil escribió: "Dios brilla, en el
sentido más positivo del término, por su ausencia".
Esto no es negar o anular a Dios. Esto es respetar a
Dios. O mejor, "dejar a Dios ser Dios".
Y si todo esto resulta extraño, baste pensar que la
revelación definitiva en Jesucristo culmina en la
muerte de su Hijo en la cruz; es decir, "en la
aparentemente más total de sus ausencias" (J. Martín
Velasco).
José María Castillo