LOS INDIGNADOS DE LA
IGLESIA
En el
próximo agosto el papa viene de nuevo a Madrid, para
presidir la solemne y costosa Jornada Mundial de la
Juventud (JMJ). De entrada, digo que comprendo a
quienes organizan este evento. Y entiendo a quienes
en ello ven un medio eficaz para revitalizar la fe
de muchas personas que, en este tipo de actos, se
afianzan en sus creencias o las difunden a otros que
dudan.
Lo que
no veo es que la JMJ se pueda utilizar para hacer
turismo o -lo que no me atrevo a pensar- que haya
quien utilice al Vicario de Cristo para trepar,
tener más fama, ganar dinero o cosas de ésas. ¿Habrá
quien pueda llegar a semejantes desvergüenzas? ¡Por
respeto a Dios, que nadie haga eso, ni dé pie a que
se puedan pensar cosas tan deshonestas!
Estas deshonestidades -unas veces, sospechadas y, en
ocasiones, claramente comprobadas- son las que
explican el descontento y las protestas de los
indignados. Los de las plazas públicas, que claman
contra un sistema (económico y político) canalla. Y
los de las puertas de la catedrales, que pronto van
a empezar a concentrar personas que buscan a
Jesucristo en los templos y en los templos no lo
encuentran. ¿Lo van a encontrar en la JMJ?
Prescindiendo de lo que cada cual sienta o pueda
sentir, mi pregunta intenta llegar más al fondo de
las cosas. A los “hombres de Iglesia” les han
gustado siempre los grandes espacios, las grandes
concentraciones, los grandes edificios, los
palacios, las vestimentas solemnes, las
manifestaciones más pomposamente mediáticas... Por
supuesto, en todo eso, algunos clérigos han visto el
triunfo de Cristo. Y, emocionados con el triunfo
“divino”, no han prestado la debida atención al
éxito “humano”, que es lo que muchos, de facto, han
conseguido.
Pero el fondo del asunto, que es lo que nos tendría
que preocupar, está en otra cosa. Lo diré
directamente y sin remilgos. Yo no sé en virtud de
qué argumento el obispo de Roma se ve con el derecho
de convocar concentraciones “mundiales”. ¿Es que él
es el obispo del mundo entero? Ya sé que esta
pregunta sorprende, escandaliza, irrita. Pero hay
que hacérsela. Porque cuando todo este asunto se
analiza de cerca, enseguida se da uno cuenta de que
aquí hay cosas muy gordas que no cuadran, por más
que sean cosas que se ven como lo más natural del
mundo.
.
El canon 331 del Código de Derecho Canónico dice que
la potestad del papa es “suprema, plena, inmediata y
universal”, como Pastor que es de “la Iglesia
universal en la tierra”. Además, es una potestad
contra la que “no cabe apelación ni recurso” alguno
(can. 333, 3). O sea, el papa no tiene que dar
cuenta a nadie de lo que dice o de lo que hace.
Pero
¿tiene el papa realmente ese poder? Hago esta
pregunta porque está más que demostrado que en los
evangelios no existe argumento alguno para probar
que el obispo de Roma haya tenido o tenga esa
potestad. Además, está igualmente demostrado que el
poder supremo universal del papado no tiene origen
apostólico, sino imperial, de forma que la
bibliografía documentadísima, que existe sobre este
punto concreto, es enorme.
Según
los minuciosos y detallados estudios, que se han
hecho sobre esta cuestión, la “potestad universal”
fue un invento de los emperadores de Roma. En el
siglo IV, de Roma, pasó a Constantinopla, al Imperio
Bizantino. Y de allí, no sin fuerte resistencia de
los papas, finalmente, el año 1049, León IX se lo
apropió para la sede romana. Pero antes, el papa
Gregorio Magno (siglos VI-VII) llegó a decir que
utilizar el título de patriarca “universal” era una
“blasfemia” (Mon. Germ. Hist., Epist. V, 37).
Ahora resulta que el mismo título que, para un papa
fue blasfemia, para otro es motivo justificante a
partir del cual se organiza una jornada “mundial”
(¿universal?). No traigo aquí estas cosas para
escupir erudición. Digo todo esto - y lo digo así -
para que todos pensemos en lo que estamos haciendo.
Y en lo que dejamos de hacer, callados, resignados,
ante cosas muy graves que estamos viendo y viviendo.
¿Cómo
es posible que en un país, en el que miles de
personas se echan a la calle pidiendo una democracia
más participativa, se reciba oficialmente, se
ovacione y se aplauda al Jefe del Estado de la
última monarquía absoluta que queda en Europa?
¿Qué
explicación tiene que cuando clamamos por la defensa
de nuestros derechos fundamentales, nos pongamos a
organizar el acto más solemne de exaltación a quien
detenta el poder supremo de una institución
religiosa, la Iglesia, que no reconoce la igualdad
de derechos de todos sus miembros y se permite
exaltar a unos al tiempo que humilla a otros?
¿Por
qué toleramos éstas y tantas otras contradicciones
patentes, que dañan a la misma Iglesia, que
escandalizan a tantas gentes de buena voluntad y que
empujan a otros a negar a Dios y a olvidarse de la
religión?
¿Por
qué permitimos que se beneficie tanto a una Iglesia
que, en vez de unirnos, nos divide, nos enfrenta y
nos daña en nuestra convivencia cívica?
Mucha gente habla en estos días del dineral que va a
costar la vista del papa a Madrid. No entro en ese
asunto porque me parece que no es lo más grave que
va a ocurrir con motivo de esta visita. El asunto es
mucho más serio. Porque lo que la JMJ va a poner en
evidencia es el cúmulo de contradicciones en que
vive la Iglesia. Y en las que vivimos todos los que
en ella vemos la institución que nos ha transmitido
el recuerdo vivo del Evangelio y, al mismo tiempo,
la dificultad más seria para que ese recuerdo se
haga vida en nosotros. Por eso no queremos seguir
siendo cómplices de este estado de cosas.
Ya hemos entrado de lleno en la dispersión del
verano y, por tanto, no sé si éste es el momento de
ponerse a organizar un proyecto y un programa que,
desde la fe en Jesús y su Evangelio, nos lleve a
planificar en serio cómo podemos y debemos expresar
las exigencias de esa fe en el Señor Jesús.
Sin
duda alguna, una de las cosas más serias que podemos
hacer en estas semanas de descanso es programar un
nuevo curso, en el que podríamos seguir siendo los
mismos, pero en el que no nos está permitido seguir
viviendo en una simplicidad que es auténtica
complicidad con lo que ya resulta sencillamente
intolerable. Porque nos está perjudicando gravemente
a todos.
José M. Castillo