LA IGLESIA CATÓLICA
Y LA AUTONOMÍA PERSONAL
Soy una persona adulta, mayor de edad desde hace
mucho tiempo, no incapacitada, y, de momento,
miembro de la iglesia católica.
Y digo que todavía soy miembro de la iglesia
católica, porque quiero pensar que no existe
incompatibilidad alguna entre ser persona y
pertenecer a la iglesia católica.
Sin embargo la realidad de todos los días me obliga
a poner en duda tal pensamiento y pertenencia,
cuando observo que en el ámbito de esa iglesia, por
ejemplo, se sigue prohibiendo la publicación de
determinados libros o se impide dar una conferencia
a determinada persona en un local parroquial, y todo
ello no porque se trate de personas (el autor del
libro o el conferenciante) sospechosas de atentar
contra los derechos humanos, sino simplemente por el
hecho de que no coinciden, al parecer, en su visión
de la iglesia con la que tiene la jerarquía
dominante en este momento dentro del ámbito de esa
misma iglesia. Las personas a las que se refieren
los ejemplos que he elegido, son Don Jose Antonio
Pagola y Don Jose Arregui. Existen muchísimas más.
Quede bien claro que, de momento, no pretendo
defenderles a ellos, que también, sino reivindicar y
salvaguardar mi autonomía denunciando a aquellos que
desean limitarla a través de prohibirles publicar o
hablar a esas personas, que es tanto como tratar de
impedir que yo les lea o les oiga.
No entiendo cómo si en teoría dentro de esa iglesia
se predica respecto de las personas, que conformamos
y constituimos su base fundamental, el que somos
libres y autónomas por naturaleza, es decir con
capacidad suficiente para pensar y decidir por
nosotros mismos, lo que a su vez constituye el
fundamento de nuestra personal responsabilidad, se
pueda al mismo tiempo mantener que no podemos
publicar, hablar, leer o escuchar, lo que pensamos
que debemos publicar, hablar, leer o escuchar.
¿O será que en esa iglesia todas las personas, tanto
si somos clérigos o laicos (sobre todo estos
últimos), somos consideradas, durante toda nuestra
vida, menores de edad, sin criterio suficiente, con
algún grado de incapacidad, y por ello necesitadas
de tutela, que han de ejercer, quienes entre ellos
se han elegido, por mor de un supuesto mandato
divino y gracias a la inspiración del Espíritu
Santo, como los poseedores de la única verdad
revelada y, por tanto, dotados de una autoridad
especial para imponernos a los demás, sin ninguna
vergüenza, sus propios e interesados criterios?
Yo creo que no es ese el problema o, por lo menos,
no el único problema.
Y digo esto porque resulta curioso (no es el único
ámbito en el que ocurre) que cuando las personas
dentro de esa Iglesia decimos que sí a todo y no nos
planteamos ninguna duda ni problema, que pueda poner
en tela de juicio la llamada doctrina tradicional de
la iglesia, y el poder que en la misma se sustenta,
no se pone ninguna traba a nuestra indiscutida
autonomía y libertad. Entonces sí se dice y se
defiende que somos libres y, precisamente, que en
uso de esa libertad optamos por seguir la doctrina
que se nos muestra como la verdadera y por
responsabilizarnos en función de ella.
Nuestra incapacidad solo aparece o se señala cuando
se nos ocurre pensar por nuestra cuenta, y ya no
digamos cuestionar, más allá del límite o de la
línea roja que nos han marcado los que dominan y
quieren seguir dominando. Sólo cuando ponemos en
cuestión lo establecido, a su juicio, como ortodoxo,
es cuando nos convertimos en un peligro y cuando hay
necesidad –no de convencer- de prohibir escribir,
hablar, leer y escuchar.
Da lo mismo que lo que se escriba o diga sea
razonable, que se diga de forma respetuosa y sin
pretensiones de imponer nada, que esté basado en la
lógica, o sustentado en los descubrimientos
científicos o que sea el resultado de
investigaciones profundas y de buena fe. Es entonces
y solo entonces cuando se nos niega el carácter de
personas libres, es decir de personas. ¿Por qué?
¿Qué es lo que ponemos en peligro? ¿A quién ponemos
en peligro? ¿Qué es lo que hay que salvar o
preservar?
Por eso es por lo que me planteaba la cuestión
inicial. ¿Es incompatible el ser persona con el
hecho de ser católica o pertenecer a la iglesia
católica?
La cuestión no es baladí, porque si la contestación
fuera afirmativa, la solución pasaría,
necesariamente, al menos en mi caso, por decir, no
quiero ser católico. No quiero renunciar a ser una
persona libre.
Sin embargo, yo, aunque no tengo conocimientos de
teología (ni creo que deba de tenerlos
necesariamente para poder expresarme en estos
términos), estoy convencido de que no es ni debe ser
así. Que la doctrina basada en el amor no puede ser
incompatible con la consideración de la persona
libre. Que por muy limitada y vulnerable que sea una
persona (lo somos todos, incluidos los jerarcas), la
imposición y la prohibición no pueden prevalecer
sobre el convencimiento basado en el conocimiento,
en el diálogo sincero y respetuoso y en la razón, y
que la supuesta única verdad ni existe ni puede, en
ningún caso, prevalecer sobre la plural visión del
mundo y de la moral.
Por eso, de momento no me borro de la iglesia
católica, pero tampoco me callo, uniéndome a los
que, desde dentro o fuera de esa misma iglesia, sin
renunciar a su libertad, y desde posiciones sin
mando y desinteresadas, siguen escribiendo,
hablando, leyendo u oyendo libremente, sin sucumbir
o tratando al menos de denunciar con su conducta las
inadmisibles y condenables maneras de esta nueva y,
para mí, terrible inquisición.
Leopoldo Diez de Fortuny
San Sebastián a 12 de abril de 201.