LA IGLESIA DE LA ARMADURA OXIDADA
Como el héroe de El Caballero de la Armadura
Oxidada, el cristianismo de primera generación
era “bueno, generoso y amoroso”. Un cristianismo de
hondas raíces bíblicas (el Nuevo Testamento se
construye en un diálogo, a menudo conflictivo, con
el Antiguo: “Se ha dicho…, pero yo os digo…” ),
aunque pletóricas de la nueva savia doctrinal y,
sobre todo, de la vida de Jesús.
Doctrina y vida inscritas en un contexto
histórico-geográfico preciso, manifestación de una
cultura, de una política, de unos géneros literarios
y de una mentalidad psicosocial y religiosa
claramente determinados por la época.
Pero también como el protagonista de la obra de
Fisher, la Iglesia (ecclesia, inicialmente
“comunidad de los llamados”) se centra
prioritariamente en lo significante, el andamio –la
armadura- de una paralizante ideología que impide
percibir lo significado: el hombre plenamente
humano.
“Con el tiempo el
caballero se enamoró hasta tal punto de su armadura
que se la empezó a poner para cenar y, a menudo,
para dormir. Luego ya no se tomaba la molestia de
quitársela para nada. Poco a poco, su familia fue
olvidando qué aspecto tenía
sin ella”.
Y poco a poco también el caballero y la Iglesia
–ambos sumamente egocéntricos- dejaron de comprender
y valorar en profundidad su pristinidad hasta acabar
perdiendo uno y otra el significado de las cosas, de
las personas y, consecuencia de ello, el de sí
mismos.
Y así durante veinte siglos de navegación a la
deriva acumulando lastre y adicionando inútiles y
onerosos cascos hasta hacer del original una
gigantesca matriusca sin otro valor añadido que la
pérdida del sentido del viaje para los pasajeros.
Cuando lo pertinente y sensato hubiera sido retornar
simbólicamente a puerto para someterse a periódicas
revisiones.
¿En qué protocolo está escrito que la nave de Pedro
(¿y por qué de Pedro?) no precisa como cualquier
otro medio de transporte -máxime por su condición de
público- hacerlo? ¿Porque es de origen divino? ¿Y
desde cuándo Dios es armador?
Que nadie se extrañe, pues, si el pasaje va
perdiendo confianza en un buque sin tecnologías de
última generación, con una tripulación –incluido su
capitán- anclada en una teología de diseño cultural
agrario.
Quizás entre los pasajeros –y todos debieran ser
exclusivamente pasajeros, pues así figura en el
boceto original- se esté produciendo el más grande
de los motines de la historia. Resuenan ya con
fuerza amenazante de tsunami las voces de Julieta,
la mujer del caballero:
“Si no te quitas la
armadura, cogeré a Cristóbal, subiré a mi caballo y
me marcharé de tu vida”.
Argumentos superficiales los de agentes exteriores:
el modernismo, el postmodernismo, el relativismo,
etc. Las verdaderas causas son, podríamos decir, de
carácter hospitalario.
En los foros eclesiales –sagrados o no- se
despliegan velas teológicas tejidas en telares del
medievo que de poco o nada sirven ya para surcar
océanos del siglo XXI.
El éxodo masivo de los centros religiosos –iglesias
y catedrales, ermitas y santuarios, seminarios y
monasterios- fácilmente constatable en la
actualidad, es que la gente no se considera tomada
en serio en su profunda calidad de personas. Se
continúa manteniendo una imagen de Dios y un corpus
doctrinal hoy a bastantes luces incoherente.
No es de extrañar entonces que la antigua fidelizada
feligresía –¡y la nueva no digamos!- se mueva ahora
incierta hacia portabilidades de otros operadores
del mercado que garanticen productos más acordes con
las necesidades de la persona. ¿O es que el
sarpullido en la piel social de la Iglesia –muchos
de los centros mencionados, dedicados a menesteres
más próximos a esa realidad profundamente humana,
aunque al mismo tiempo más superficiales: museos,
salas de espectáculos, etc.- no es síntoma
suficiente de que algún artilugio ha dejado de
funcionar convenientemente en ella?
“Me marcharé de tu vida” en razón de la coraza de
frío metal, aunque brillante, que impide a los demás
y también a él/ella la comunicación con esa vida que
a pesar de todo existe –aunque en hibernación-
debajo de la armadura. “Ah, dijo Merlín, no
nacisteis con esa armadura. Os la pusisteis vos
mismo”. En la Iglesia, la suntuosa muralla de
inertes bloques graníticos doctrinales donde
definitivamente se ha autoemparedado: 2.758
artículos enlatados en el Catecismo de la Iglesia
Católica.
(No deja de ser significativa la declaración con que
éste se abre en su Introducción: “Conservar el
depósito de la fe es la misión que el Señor confió a
su Iglesia…” ¿No suena esto un tanto a industria
conservera?)
¿Pero es que no se han enterado todavía a estas
alturas que, eternos caballeros medievales, cabalgan
ustedes de espaldas sobre su caballo lanza en ristre
hacia el pasado?
Con tales antecedentes el camino de retorno a Ítaca
–a los orígenes- no va a ser nada fácil.
Desembarazarse de toda esa chatarra exterior e
interior comporta una dolorosa odisea no exenta de
riesgos y sufrimientos -tenebrosos abismos de Escila
y de Caribdis, noches oscuras del alma- hasta
alcanzar la séptima morada, que en este caso es la
primera.
El caballero lo consiguió haciendo algo que nunca
antes había hecho:
“Se quedó quieto y
escuchó el silencio. Se dio cuenta de que, durante
la mayor parte de su vida, no había escuchado
realmente a nadie ni a nada”.
Ni siquiera a sí mismo, a ese yo virgen primitivo
que está en la esencia del ser.
Cuando lo hizo y se miró al espejo,
“la amabilidad, la
compasión, el amor, la inteligencia y la generosidad
le devolvieron la mirada. Se dio cuenta de que todo
lo que tenia que hacer para tener todas esas
cualidades era reclamarlas, pues siempre habían
estado allí”.
Únicamente entonces la Iglesia será plenamente libre
y permitirá ser libres a los demás, comprendiendo
que el Universo y ella y ellos son uno solo, como
finaliza El Caballero de la Armadura Oxidada:
“Porque ahora el
caballero era el arroyo. Era la luna y el sol. Podía
ser todas las cosas a la vez, y más, porque era uno
con el universo. Era amor”.
Vicente Martínez