RAZONES DEL NO AL CELIBATO
Dos posiciones contrapuestas tratan de encontrar en
la Biblia argumentos explícitos que respalden la
imposición o no del celibato eclesiástico. Es
evidente al menos que son pocas, mínimas, las
referencias que justifiquen la decisiva importancia
que dentro de la iglesia católica se le ha venido
asignando a través de los siglos.
Tanto dentro del Antiguo como del Nuevo Testamento
son numerosas las exhortaciones a la caridad, al
amor al prójimo, a la abnegación, a la hospitalidad,
a la justicia, a la misericordia, a la paciencia, a
la piedad o las prevenciones contra la ira, la
mentira, el odio, el orgullo, la usura, la soberbia,
la avaricia como “causa de todos los males” y a la
que San Pablo califica como una “especie de
idolatría”, pero casi ninguna referente a la
preferencia del celibato sobre la vida conyugal, a
excepción de las recomendaciones, aunque no
taxativas, del mismo apóstol a Timoteo (4.12 y 5.22)
aconsejándole “castidad” y pureza. Sería
injusto no reconocer que también Mateo hace
referencia a la castidad (Mt.19,10-12) pero
precisamente destacando su carácter de voluntaria.
Del Eclesiástico (Eclo
36.24) surge como más recomendable que el hombre no
permanezca célibe, cuando dice:
“El que tiene una
mujer tiene ya el comienzo de la fortuna, una ayuda
semejante a sí y columna en qué apoyarse”
En el antiguo testamento, la esterilidad y por
consiguiente la incapacidad de engendrar vida, es
considerada casi un oprobio y motivo de súplicas y
de invocaciones a Yaveh para no morir sin
descendencia. Y así desde Abraham y Sara, pasando
por Isaac y Rebeca, Jacob y Raquel y llegando hasta
Zacarías e Isabel fueron bendecidos con hijos aun en
edad provecta.
Creo que estos veinte siglos de cristianismo no han
destacado lo suficiente el misterio del amor que se
hace carne y espíritu convirtiéndonos en partícipes
permanentes de la suprema creación y que desestimar
la importancia de este don, cuya gratuidad estamos
por otra parte lejos de valorar, constituye casi una
ofensa para el mismo Dios que manifestamos amar.
Renunciar voluntariamente a estar dispuesto a
generar nueva vida, cuando es el mismo Dios quien
nos impartió el mandato de “creced y multiplicaos”
no parece ser la mejor manera de honrarlo, aun
cuando se esté inspirado por los más nobles fines.
Cuánto más grave parece ser la imposición
eclesiástica del celibato a aquellos seres que se
hallan convocados a ejercer el ministerio y la
pastoral cristianos.
Nadie con verdadera vocación sacerdotal debería
verse obligado a renunciar al don más maravilloso
que le ha otorgado ese Dios al que quiere
consagrarse y que de seguro vería con buenos ojos,
por decirlo de alguna manera, que esos seres capaces
de amar al prójimo como Él nos lo pide puedan ser
también transmisores de vida, de ejemplo, de esa
profunda y altruista espiritualidad a que
precisamente les convoca el sacerdocio.
En los primeros siglos del cristianismo no existía
la dicotomía o sacerdote célibe o seglar casado,
dado que Cristo no hizo sobre esa base acepción de
personas y solo invitó a seguirle a quienes creyeran
y compartieran su mensaje. Fue en los primeros
Concilios, el de Elvira en España, luego el de Nicea
(actualmente Turquía) y el de Tours en Francia los
que fueron generando progresivamente la idea de que
los sacerdotes, muchos de ellos casados, debían
dejar a sus esposas y permanecer nuevamente
“solteros”.
Ello no obstó para que aún después hubiera hasta
Papas casados o dispuestos a renunciar al Papado
para casarse como lo hiciera el Papa Bonifacio IX, a
principios del siglo II. Posteriormente los
Concilios de Letrán I y II decretaron la nulidad de
los casamientos clericales y ya en el siglo XVI el
Concilio de Trento termina por establecer que el
celibato y la virginidad son superiores al
matrimonio, con lo que va perfilándose el canon que
exige a los aspirantes al orden sacerdotal el voto
de celibato.
Sin embargo, ya Juan XXIII en 1963, durante el
Concilio Vaticano II, manifestó que el matrimonio es
equivalente a la virginidad y hasta el Papa actual,
cuando era Cardenal Ratzinger y profesor de teología
en Ratisbona (Alemania) firmó en 1970 junto a otros
ocho sacerdotes un documento que fue enviado a la
Conferencia Episcopal de Alemania en el cual
instaban a realizar una “urgente revisión” de la
regla del celibato ya que es, a sus juicios, una de
las causas de la escasez de candidatos al
sacerdocio.
Recientemente la Junta Directiva de la Asociación de
Teólogos Juan XXIII ha declarado también que: “Es
necesaria la supresión del celibato obligatorio para
los sacerdotes, medida disciplinar represiva de la
sexualidad que carece de todo fundamento bíblico e
histórico, que no responde a exigencia pastoral
alguna”. Una declaración más que pone sin duda
de manifiesto que el problema sigue candente y
pendiente de resolución.
En nuestras hermanas religiones conocidas como
protestantes a partir del cisma luterano, sus
pastores y pastoras (sin obligatoriedad celibataria)
dan pruebas fehacientes de supervivencia, de
espiritualidad, de compromiso humano sin que su fe
se haya desvirtuado, ni sus comunidades diezmado, ni
el servicio a sus fieles menoscabado. Baste recordar
a figuras señeras como Martin Luther King
considerado como uno de los mayores exponentes de la
historia de la no violencia o el arzobispo anglicano
Desmond Tutu, opositor y luchador contra el
apartheid sudafricano, ambos Premios Nobel de la Paz
en 1964 y 1984 respectivamente y tantos otros que
siguen dando cotidianas muestras de abnegación, de
amor al prójimo y de verdadero testimonio cristiano,
sin renunciar al privilegio de la co-creación
humana.
Susana Merino