¿HAY FUTURO PARA NUESTRO CLERO?
El pasado martes hemos celebrado los curas la fiesta
de nuestro patrono, san Juan de Ávila, y con esta
ocasión algunos celebramos los 50 años y otros los
60 como sacerdotes.
Es sabido que en estas celebraciones jubilares no es
júbilo todo lo que reluce. Los parabienes y los
comentarios amables, sobre lo bien que los demás
dicen encontramos, nada pueden contra esa huella
inmisericorde del tiempo sobre nosotros y también
sobre nuestra circunstancia.
Y nunca el paso del tiempo fue tan devastador como
lo ha sido en estos cincuenta años: las paneras de
nuestros pueblos y los desvanes están llenos de
aperos y enseres arrinconados por nuevos adelantos
que los dejaron inservibles. Me pregunto, desde esta
curva del camino, si está ocurriendo lo mismo con el
estamento clerical.
Fuimos al seminario en una época de florecimiento
vocacional. Lo favorecía el clima de religiosidad en
nuestras familias. Contaba también el hecho de que,
en muchos casos, el seminario era la única vía de
acceso a los estudios más allá de la escuela y que
la figura del sacerdote cotizaba socialmente.
El «nacional-catolicismo» funcionaba sin
sobresaltos. En 1953 se firmaba el Concordato con la
Santa Sede que suponía la legitimación del régimen
de Franco y la consolidación del estado católico, un
utópico paradigma socio-religioso que pretendía
identificar país y catolicismo, españoles y
católicos.
Diez años más tarde, cuando iniciábamos nuestro
ministerio, los pronunciamientos del Concilio sobre
la libertad religiosa, la separación entre Iglesia y
Estado y un nuevo modelo de Iglesia testimonial,
crítica y comprometida solo con el evangelio, dejaba
sin suelo doctrinal este paradigma del nacional-
catolicismo y todos esos hermanamientos de patria y
religión de tan nefastas consecuencias en la
historia.
A nuestra generación le ha tocado afrontar tiempos
de gran «mudanza», como diría san Ignacio: la
transición política de la dictadura a la democracia
y la transición que dentro de la Iglesia provocó el
Concilio. Ambas traumáticas como veremos.
En aquellos comienzos de nuestra labor, nos
ilusionaba especialmente el apostolado de contacto
humano acompañando a los militantes de los
movimientos apostólicos especializados.
La JOC había desarrollado una disciplina de trabajo
pastoral que partiendo de la realidad (los «hechos
de vida») trataba de juzgarla y transformarla a la
luz del evangelio (ver, juzgar, actuar). El
ejercicio y la familiaridad con este método
despertaron la conciencia social del clero y lo
acercó a la vida real implicándolo en los afanes y
problemas de la gente. La sotana había dejado ya de
ser una frontera.
Este proceso, en aquella circunstancia eclesial y
política tan especial, llevaría al clero a la
encrucijada de numerosos conflictos. La falta de
libertad sindical y política llevaría a muchos
sacerdotes y militantes cristianos a utilizar el
fuero privilegiado de la Iglesia para ser voz de los
que no tenían voz y para denunciar la vulneración
constante de los derechos humanos.
Estas actuaciones provocaban fuertes tensiones en el
interior de la Iglesia con los sectores más
conservadores. El episcopado español se veía
desbordado tanto en el campo político como en el
eclesial. Era un episcopado envejecido, conservador,
con escasa preparación teológica como se había
demostrado en el Concilio, frente a un clero
especialmente crítico que exigía más contundencia
por parte del episcopado para denunciar el sistema
político y encauzar la vida de la Iglesia de acuerdo
con el concilio.
Las expresiones de este enfrentamiento fueron
múltiples: manifestaciones de curas en Bilbao y
Barcelona, encierros en iglesias, homilías multadas,
prisión y hasta peligro de ruptura de relaciones con
el Vaticano.
El clero español era entonces el más joven del
mundo. Una amplia encuesta de 1970 nos lo revela
abierto en lo político y en lo eclesial y reacio a
todo autoritarismo, pero un 72% de sus miembros se
declara inseguro en lo doctrinal.
La nueva situación teológica, moral y social
representaba para ellos un reto difícil de afrontar.
No solo en España, en toda la Iglesia la situación
surgida después del Concilio era delicada. Mientras
la estabilidad política y la confianza en las
instituciones habían acompañado el desarrollo del
Concilio, los años posteriores a su conclusión abren
un tiempo de turbulencias: revueltas estudiantiles,
el mayo francés, la primavera de Praga, la crisis
energética…
En el interior de la Iglesia, la expectativa de
cambio despertada por el Concilio choca con la
resistencia de la curia y de la minoría conservadora
que domina el sistema romano y hace vacilar a Pablo
VI.
La encíclica «Humanae vitae», que rechazaba los
métodos anticonceptivos por respeto a la tradición,
provoca una profunda decepción y el más amplio
rechazo hasta entonces conocido a una encíclica
pontificia. Son momentos de turbación. La gente se
pregunta qué pasa en la Iglesia, mientras los
seminarios se vacían y se multiplican las
secularizaciones de sacerdotes.
Las mareas vivas dejan a veces al descubierto el
suelo rocoso de la playa provocando cambios en su
configuración. De modo parecido los acontecimientos
reseñados provocan en muchos curas una profunda
crisis de identidad que cuestionaba su propia fe, su
soledad emocional y su rol como cura en una nueva
sociedad secularizada.
La opción de miles de compañeros será la ruptura con
su anterior trayectoria vital y la aventura
arriesgada de un nuevo camino mediante el ejercicio
de una profesión civil y una relación de pareja. En
pocos años, a causa de estas secularizaciones, el
número de sacerdotes en el mundo había disminuido en
un 20%.
Para los que quedábamos, era una experiencia amarga.
En cualquier colectivo, que una parte de los
nuestros se vayan porque no pueden vivir o
realizarse entre nosotros es una herida dolorosa.
La segunda herida, no menos dolorosa, han sido los
numerosos casos de pederastia dentro del clero y ese
largo encubrimiento que ha cuestionado el gobierno
de la Iglesia en sus más altas instancias. Estos
hechos, que han sacudido al mundo católico, nos
avergüenzan y entristecen como sacerdotes porque
traicionan la opción de Jesús por los más débiles,
por las víctimas, por los niños. Dos siglos de
atención preferente de la Iglesia a los niños y
adolescentes han quedado ensombrecidos por estas
conductas perversas.
Señalemos como tercera herida el oscuro horizonte, o
mejor la falta de horizonte, de un colectivo sin
esperanzas de relevo generacional. En nuestra
diócesis hay 112 sacerdotes en activo. Solo 28
tienen menos de 50 años y llevamos dos años sin
ordenaciones.
Me complace subrayar la calidad humana de estos
sacerdotes jóvenes, su excelente preparación, su
generosidad y sus atenciones con los mayores. Pero
son los que son. Ni está asegurado el relevo, ni la
atención a la mayoría de las comunidades, ni el que
no se puedan sentir desbordados, quemados por la
amplitud de la tarea.
La crisis descrita en estas tres heridas afecta
gravemente a la vida de la Iglesia y al derecho de
las comunidades cristianas a la celebración regular
de la eucaristía. La respuesta de la jerarquía a
base de reforzar y restaurar lo tradicional y rezar
por las vocaciones está agotada.
¿Por qué no mirar esta crisis como un «signo de los
tiempos» que nos invita a reflexionar y cambiar lo
que seguramente nos está pidiendo que cambiemos?
Esta crisis deja al descubierto un grave desajuste
de la Iglesia católica: su clericalismo. La Iglesia
no son los curas, no son los obispos, no es el Papa.
La Iglesia es el pueblo de Dios, un pueblo de
iguales que, en cuanto bautizados, participan del
único sacerdocio de Cristo.
Lo primero, lo sustantivo es la comunidad. El
ministerio ordenado, la jerarquía es servicio a la
comunidad, no tiene razón de ser en sí y para sí,
sino en referencia a la comunidad. No hay un
estamento con voz y que tiene que realizar y decidir
todo, y otro pasivo y reducido al silencio. Esta
dicotomía es falsa, resta creatividad y democracia a
la Iglesia y no existía en las primeras comunidades
cristianas, que eran más participativas y más
iguales.
Pero ¿cómo ha de ser el ministro ordenado al
servicio de la comunidad? ¿Casado o célibe? El Nuevo
Testamento no impone nada en este punto y así ha
sido durante muchos siglos. Solo en los últimos
siglos la Iglesia católica de Occidente ha exigido
el celibato, y sigue rehén de esta tradición.
Pero la opinión en contra de esta exigencia es hoy
mayoritaria en el pueblo cristiano. Al hacerla
opcional, el carisma del celibato, en cuanto
dedicación al evangelio con alma y corazón y a
tiempo completo, brillará con luz propia, y por otro
lado, se hará justicia a la santidad del matrimonio,
en cuanto compatible con el ejercicio del sacerdocio
ordenado.
Es el pueblo de Dios el que debe buscar y dotarse de
ministros del altar sobre la base de una mayor
flexibilidad, pues el reclutamiento clásico está
agotado.
Casados o célibes. Dedicados enteramente a las
comunidades o a tiempo parcial y más próximos al
modo de vivir de la gente: labradores, artesanos, de
profesiones liberales. Viviendo de su trabajo, como
Pablo, o de la comunidad como otros apóstoles.
Se trata de abrir puertas. El ejemplo de Jesús nos
invita a esta libertad. Recordemos que él fue un
laico, alejado de los círculos sacerdotales, que
trabajó con sus manos y eligió como apóstoles a
pescadores y a un funcionario de aduanas, a casados,
los más, y a célibes, uno al menos. ¿Por qué
enmendar la plana al Maestro?
José María Alonso Rico
La Opinión de Zamora