a los católicos comprometidos
Discurso del Papa Benedicto XVI a los católicos alemanes
comprometidos en diversas iniciativas de acción
social,
el 25 de septiembre, en el Konzerthaus de Friburgo.
(extracto)
Me alegra tener este encuentro con ustedes, que
están comprometidos de muchas maneras con la Iglesia
y la sociedad. Esto me ofrece una ocasión de
agradecerles personalmente y de todo corazón su
servicio y testimonio como "valerosos pregoneros de
la fe y de las cosas que esperamos" (Lumen
gentium, 35), como el Concilio Vaticano II
define a las personas que, en virtud de la fe, se
preocupan como vosotros por el presente y el futuro.
Desde hace decenios, asistimos a una disminución de
la práctica religiosa, constatamos un creciente
distanciamiento de una notable parte de los
bautizados de la vida de la Iglesia. Surge, pues, la
pregunta: ¿Acaso no debe cambiar la Iglesia? ¿No
debe, tal vez, adaptarse al tiempo presente en sus
oficios y estructuras, para llegar a las personas de
hoy que se encuentran en búsqueda o que experimentan
dudas?
A la beata Madre Teresa le preguntaron una vez cuál
sería, según ella, lo primero que se debería cambiar
en la Iglesia. Su respuesta fue: usted y yo.
Este episodio pone de relieve dos cosas: por un
lado, la religiosa quiere decir a su interlocutor
que la Iglesia no son sólo los demás, la jerarquía,
el Papa y los obispos; la Iglesia somos todos
nosotros, los bautizados. Por otro lado, parte del
presupuesto de que efectivamente hay motivo para un
cambio, de que existe esa necesidad. Cada cristiano
y la comunidad de los creyentes están llamados a una
conversión continua.
(…)
En el desarrollo histórico de la Iglesia se
manifiesta, sin embargo, la tendencia de una Iglesia
satisfecha consigo misma, que se acomoda a este
mundo, se hace autosuficiente y se adapta a los
criterios del mundo. Con frecuencia, de este modo da
una importancia mayor a la organización y a la
institucionalización que a su vocación de estar
abierta hacia Dios y abrir el mundo al prójimo.
Para corresponder a su verdadera tarea, la Iglesia
debe una y otra vez hacer el esfuerzo por separarse
de su propia secularización y abrirse nuevamente a
Dios. De este modo, sigue las palabras de Jesús: "No
sois del mundo, como tampoco yo soy del mundo" (Jn
17,16), y de este modo Él se entrega al mundo. En un
cierto sentido, la historia sale en ayuda de la
Iglesia a través de distintas épocas de
secularización, que han contribuido en modo esencial
a su purificación y reforma interior.
En efecto, las secularizaciones –sea que consistan
en expropiaciones de bienes de la Iglesia o en
cancelación de privilegios o cosas similares– se ha
convertido siempre en una profunda liberación para
la Iglesia de aspectos mundanos: se despoja por así
decir de su riqueza terrena y vuelve a abrazar
plenamente su pobreza terrena.
(…)
Los ejemplos históricos muestran que el testimonio
misionero de la Iglesia "desmundanizada" resulta más
claro. Liberada de su fardo material y político, la
Iglesia puede dedicarse al mundo entero de una
manera mejor y verdaderamente cristiana, puede
verdaderamente estar abierta al mundo. Puede vivir
nuevamente con más soltura su llamada al ministerio
de la adoración a Dios y al servicio del prójimo.
(…)
No se trata aquí de encontrar una nueva táctica para
relanzar a la Iglesia. Se trata más bien de dejar
todo lo que es mera táctica y buscar la sinceridad
total, que no descuida ni reprime nada de la verdad
de nuestro hoy, sino que realiza plenamente la fe en
el hoy, viviéndola plenamente en la sobriedad del
hoy, llevándola a su plena identidad, quitando lo
que sólo es fe en apariencia, y que en realidad son
más bien convenciones y costumbre.
(…)
Hay una razón más para pensar que ha llegado
nuevamente el momento de encontrar el auténtico
desapego del mundo, de extirpar valientemente lo que
hay de mundano en la Iglesia. Esto no quiere decir
retirarse del mundo, sino todo lo contrario. Una
Iglesia aligerada de los elementos mundanos es capaz
de comunicar a los hombres –tanto a los que sufren
como a los que los ayudan– precisamente en el ámbito
social y caritativo, la particular fuerza vital de
la fe cristiana.
"Para la Iglesia, la caridad no es una especie de
actividad de asistencia social que también se podría
dejar a otros, sino que pertenece a su naturaleza y
es manifestación irrenunciable de su propia esencia"
(Carta encíclica Deus caritas est, 25).
También las obras caritativas de la Iglesia deben
estar constantemente atentas a la exigencia de un
adecuado distanciamiento del mundo para evitar que,
ante un creciente alejamiento de la Iglesia, sus
raíces se sequen. Sólo la profunda relación con Dios
hace posible una plena atención al hombre, del mismo
modo que sin una atención al prójimo se empobrece la
relación con Dios.
Estar abiertos a las vicisitudes del mundo significa
por tanto para la Iglesia "desmundanizada"
testimoniar, según el Evangelio, con palabras y
obras, aquí y ahora, el señorío del amor de Dios.
Esta tarea, además, nos remite más allá del mundo
presente: la vida presente, en efecto, incluye la
relación con la vida eterna. Vivamos como individuos
y como comunidad de la Iglesia la sencillez de un
gran amor que, en el mundo, es al mismo tiempo lo
más fácil y lo más difícil, porque exige nada más y
nada menos que darse a sí mismo.
Queridos amigos, me queda sólo implorar para todos
nosotros la bendición de Dios y la fuerza del
Espíritu Santo, para que podamos, cada uno en su
propio campo de acción, reconocer una y otra vez y
testimoniar el amor de Dios y su misericordia.
Gracias por su atención.
Texto completo en
http://www.zenit.org/article-40502?l=spanish