Educar para la Paz
Hay
palabras que por el uso perverso que de ellas se ha hecho
han sido condenadas a la más absoluta ambigüedad, motivo por
el cual generan sospechas cuando no rechazo en buena parte
de quienes las reciben. Y así vemos que un término tan
loable en su origen como es “paz” genera en no pocas mentes
tantas alarmas como su contrario “guerra”.
Razones
hay para ello más que sobradas, pues a estas alturas de la
historia son ya muchos los millones de seres que han sufrido
y aun sufren la “paz” de quienes la imponen mediante
sanguinarias guerras y crueles represiones. Y no en tiempos
pasados sino en tiempos actuales, ya que como todo el mundo
sabe hasta las Fuerzas de Paz de la ONU son ejércitos
compuestos por tropa de origen pobre al servicio de los
ricos, pues sirven para imponer el orden que establecen los
países poderosos y sus clases dominantes.
La
palabra “paz” al uso, según viene voceada desde las altas
esferas, no es sino una falacia. Piden paz los opresores,
los déspotas de todo género cuando quieren que nadie se
oponga a sus punibles acciones. Apelan a la paz ciudadana y
a su correlato el orden los gobiernos autoritarios que no
aceptan que nadie discuta sus arbitrarias decisiones. La paz
es, para toda esa canallada, el escudo que les permite
permanecer en la arbitrariedad y la injusticia sin que nadie
les discuta nada.
Desde muy
antiguo se ha asociado paz con sumisión, con aceptación
resignada de las imposiciones de quienes detentan el poder.
En la formación de esa idea ha contribuido no poco la
religión cristiana, que al amparo de los poderes terrenales
a partir del siglo IV ha tenido sumo cuidado en predicarle
al pueblo la paz asociándola a la sumisión y desvinculándola
de la justicia, algo que por pocas luces que se tenga ya se
ve claramente que es un camino sin otra salida que la
impunidad de quienes detentan el poder.
La paz
como incondicional mansedumbre, como sumisión de unos seres
humanos a la voluntad de otros no es sino una apología de la
injusticia y del más absoluto desorden, tanto si esa
sinrazón ocurre en el seno de un sistema tan sencillo como
puede ser una familia como si es a nivel estatal o mundial.
Afortunadamente, la naturaleza humana tiene en su raíz
suficiente sentido de la supervivencia como para despertar
de todos los letargos mentales en que puedan intentar
sumirlo quienes manipulan el pensamiento colectivo, lo cual
hace que cada vez sea más manifiesto el rechazo a semejante
forma de entender la paz.
Desde
una perspectiva pedagógica, superada la trasnochada idea de
paz que nos predicaron durante siglos las fuerzas del poder,
debemos entender hoy que educar para la paz es educar en el
respeto a la dignidad humana, en la justicia equitativa, en
la libertad responsable y en el compromiso humano, valores
sin los cuales cualquier simulacro de paz es pura falacia.
Sin
dioses, sin ídolos, sin mitos, sin falacias ni dogmas; con
tan sólo la confianza profunda en la capacidad humana para
discernir el bien del mal, lo justo de lo injusto, lo noble
de lo espurio, lo humano de lo inhumano... Esa es la senda
que la pedagogía actual tiene que hollar de nuevo en esta
civilización que ha emponzoñado con intereses y odios los
viejos caminos de la sabiduría y de su tradicional vehículo
transmisor, el lenguaje.
La
tarea de educar y de educarse no exime a nadie. Es un
imperativo categórico que afecta a todo ser humano. Cada
cual debe llevarla a cabo en la medida de sus capacidades
sin que quepa excusa alguna. Nadie puede sentirse exento de
esta obligación, pues es la principal de las funciones de
relación que tenemos en tanto que miembros de la gran
familia humana.
A la
vista de la situación mundial presente, quienes tienen
responsabilidades educativas, sea cual sea el grado de
responsabilidad que ocupen y el modo como lo hagan, deberán
replantearse qué senda van a seguir en sus tareas de ahora
en adelante. Nadie puede ignorar que llevamos siglos
avanzando por una ruta equivocada, la cual nos ha traído
hasta el caos presente y nos conduce inexorablemente hacia
el caos total.
La Paz no
es ningún regalo, tiene un precio y un gran costo, que es el
de cultivarla primero en la propia mente, intelecto y
corazón, para luego con esfuerzo construirla día a día con
quienes tengamos cerca y hacer que vaya extendiéndose como
una mancha de aceite hasta abarcar todo el mundo.
Construir
la Paz equivale a oponerse a la injusticia, a alzarse contra
ella y contra quienes la ejercen.
En un
mundo de injusticia, la Paz exige subversión.
Pepcastelló
http://lahoradelgrillo.blogspot.com/