DIEZ MINUTOS EN SILENCIO
Diez minutos en silencio
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Salmo 64
Salmo con cara y cruz
Salmo bíblico que rezan o cantan los monjes del monasterio
rodeado de álamos, acequias llenas y silencio de pájaros;
o los monseñores del palacio, bien vestidos y bien comidos.
Oh Dios, tú mereces un himno en Sión,
y a ti se te cumplen los votos,
porque tú escuchas las súplicas.
A ti acude todo mortal
a causa de sus culpas;
Nuestros delitos nos abruman,
pero tú los perdonas.
Dichoso el que tu eliges y acercas,
para que viva en tus atrios:
que nos saciemos de los bienes de tu casa,
de los dones sagrados de tu templo.
Con portentos de justicia nos respondes,
Dios salvador nuestro;
Tú, esperanza del confín de la tierra
y del océano remoto;
Tú que afianzas los montes con tu fuerza,
ceñido de poder;
Tu que reprimes el estruendo del mar,
el estruendo de las olas
y el tumulto de los pueblos.
Los habitantes del extremo del orbe
se sobrecogen ante tus signos,
y a las puertas de la aurora y del ocaso
las llenas de júbilo.
Tú cuidas de la tierra, la riegas
y la enriqueces sin medida;
la acequia de Dios va llena de agua,
preparas los trigales:
riegas los surcos, igualas los terrones,
tu llovizna los deja mullidos,
bendices sus brotes;
coronas el año con tus bienes,
tus carriles rezuman abundancia;
rezuman los pastos el páramo,
y las colinas se orlan de alegría;
las praderas se cubren de rebaños,
y los valles se visten de mieses
que aclaman y cantan.
Versión del salmo 64 desde el desierto.
“¿Porqué nos has sacado de Egipto,
para matarnos de sed a nosotros, a nuestros hijos y al ganado?
¿Está o no está con nosotros el Señor? Ex. 17, 3 y 7.
Oh Dios, es increíble que te alaben tus creyentes,
y que cumplan sus promesas.
Porque Tú no escuchas a nadie.
A Ti acuden todos, hundidos y amargados
por sus complejos de culpa:
les abruman sus delitos y les pesa su historia.
Pero ¿acaso Tú perdonas a alguien?
Desgraciado el que eliges y lo acercas a Ti,
porque acabará fracasado y crucificado.
Guardas tus bienes para los que viven
en el templo y del templo.
Al resto les respondes con desgracias y calamidades.
Y, encima, te llaman el “Dios Salvador.”
Tú siembras la tierra de angustia.
El océano, los montes y las nubes
los utilizas como látigo
contra los indefensos, los pobres y pequeños.
Esta pobre humanidad vive aterrada.
Y en la aurora y en el ocaso
aprietas su garganta un poco más.
Juegas con la tierra, anegas nuestras mieses,
pisoteando nuestras esperanzas.
Tu acequia se llena a tu capricho,
y a tu capricho la secas.
Coronas un año con bienes para destrozarlos,
después, con tu granizo.
Las praderas se cubren de rebaños muertos,
y los niños de moscas con sus vientres abultados.