LA JUSTICIA DE OBAMA
Hace dos años y medio, fui de los muchos que celebraron
la victoria de Barack Obama como signo de esperanza para
todo el planeta. Ahora veo que nos sobró entusiasmo, una
vieja palabra griega que significa algo así como “estado
de inspiración divina”, pero era comprensible, porque
veníamos de la larga pesadilla de Bush al frente de
América y del mundo, y porque una pequeña chispa suele
bastar a veces para que prenda en nosotros el fuego
sagrado que nos habita.
Necesitábamos recuperar un poco de confianza en el ser
humano tan frágil, en la justicia tan insegura, en el
futuro tan incierto, y Barack Obama encendió nuestras
mejores esperanzas.
Pero las mejores esperanzas dejan paso fácilmente a los
mayores desengaños, y entonces nos quedamos sin fuego
divino, y el alma nos pesa. La pesadumbre me embargó el
lunes por la mañana, cuando escuché al presidente
americano, con el tono de las ocasiones más solemnes,
anunciar la muerte de Bin Laden y sentenciar luego: “Se
ha hecho justicia”.
Fue como el triste final de una historia de desencantos
que, mes a mes, han ido en aumento durante los dos
últimos años, a medida que el realismo se imponía sobre
el sueño en todos los campos, de Palestina a Afganistán,
del Congo a Guantánamo.
¿Se ha hecho justicia? ¡Mentira, señor Obama! “Se ha
hecho venganza”. Ud. llama justicia a la venganza,
simplemente porque tiene el poder para dictar la ley que
le conviene y para saltarse incluso su propia ley, si
así le conviene, sin miedo a ser sentado ante ningún
tribunal.
Nos ha traicionado. Ud. ha traicionado la esperanza de
la humanidad y del planeta, la pobre esperanza huérfana
que depositamos en su inspirada palabra, en sus bellos
propósitos, en su gran corazón y hasta en su hermosa
piel.
¿Qué aprenderán de Ud. sus hijas, y los hijos y las
hijas de todos los americanos? ¿Con qué modelos
reforzaremos el escaso entusiasmo ético y político de
nuestros jóvenes alumnos que mañana deberán hacerse
cargo del presente y del futuro?
Bin Laden era un asesino, nadie lo discute. Llevaba
consigo una siniestra historia de bombas suicidas, de
bombas asesinas, de sangre, de lágrimas, de luto. Era un
terrorista, nadie lo niega. Ha manchado de infamia y de
muerte el santo nombre de Allah el Compasivo, el
Misericordioso; ha contaminado de odio y fanatismo a la
numerosa y pacífica comunidad de musulmanas y
musulmanes.
Era un asesino, sí, pero el que mata a un asesino sin
otra razón y sin otro objetivo que la venganza es
también un asesino. Y si fue Ud., como ha reconocido,
quien ordenó matarlo, señor Obama –me duele decirlo,
pero no puedo callarlo–, Ud. también es un asesino. Y yo
también lo soy, pues pago impuestos, compro y vendo en
este lado del planeta –el suyo– que se ha erigido en amo
y juez de todo el planeta en contra de la justicia.
Hay que impedir al asesino –a todo asesino, y en primer
lugar al que tiene poder para saltarse la justicia–, hay
que impedirle que mate. Pero no creemos que Ud. haya
mandado matar a Bin Laden para impedir que mate a otros
inocentes. Ud. lo ha matado para saciar el instinto más
ciego y más inhumano de esta pobre especie humana llena
de terrores: el instinto de venganza.
Y no nos engañe, no son los muertos del 11 S los que
reclaman venganza. La venganza de los vivos en nombre de
los muertos no hace sino envilecer a los muertos y herir
aun más su memoria. Los muertos quieren descansar en
paz. Los muertos necesitan que desaparezca de la Tierra
el odio que les hizo morir.
Su predecesor George Bush, siempre en nombre de la
justicia, pero por la pura ley de la venganza y sin
apenas disimulo, mató a centenares de miles de personas
durante 8 interminables años, primero en Afganistán,
luego en Irak y luego de nuevo en Afganistán, por no
hablar de los muertos de hambre que todos matamos y que
no tienen ningún Punto Cero y a quien nadie pone flores
en la tumba.
También Bin Laden, entrenado y armado en su tiempo por
los mismos que ahora le han matado –absurdo mundo,
afligida especie–, también él decía matar por justicia,
pero era por venganza por lo que mataba, como Ud. ahora.
Tal vez hubiera sido justo matar a Bin Laden si con ello
se hubieran salvado vidas ajenas. Yo no creo, en efecto,
a quienes enseñan que ninguna causa nunca puede nunca
justificar que se mate, pues esos mismos aceptan luego
la legítima defensa como excepción, o justifican incluso
guerras y penas de muerte, cuando no justifican
directamente la venganza, como todos aquellos que han
celebrado este asesinato de Bin Laden.
No, nuestra vida no es un valor absoluto. La vida de
cada uno está ligada a la vida de los otros, al igual
que la muerte. Vivimos juntos y morimos juntos. O
vivimos todos o morimos todos. La vida de todo viviente
–también la del asesino– se debe a los otros, para que
otros no mueran, para que vivan.
Pero Ud., señor Obama, no mandó matar a Bin Laden para
impedir que otros murieran ni para que vivamos todos en
un mundo más humano y seguro. No fue ese su motivo, y no
será ese el efecto, pues es seguro que su asesinato
–múltiple, por cierto– hará que haya más muertos. La
alarma y el miedo no han hecho sino aumentar.
Cuanto más odio, más peligro. Cuanta más venganza, más
muerte, hasta que muramos todos. Lo dijo un santo
compatriota suyo y de su mismo color, mártir también él
del odio y de la venganza, mártir de la no-violencia:
“Ojo por ojo y todo el mundo quedará ciego”. Luther
King, el sí fue mártir de la verdadera justicia.
Nosotros pensábamos que Ud. había tenido el sueño de
aquel santo, pero tristemente nos engañábamos.
No sabemos quién empezó esta espiral de muerte, pero
sabemos que solo acabará cuando dejemos de matar en
nombre de la justicia, cuando arranquemos el odio y
hagamos desaparecer la venganza.
La justicia no consiste en castigar y matar. La justicia
no consiste en hacer expiar al culpable. La justicia
consiste en procurar a cada viviente al máximo posible
lo que la vida reclama para ser sana y feliz. Y cuando
la vida es herida, la justicia consiste en curar. En
curar primero a la víctima, pero luego también al
victimario, él también herido. Y la venganza, por mucho
que nos empeñemos, no cura ni a la víctima ni al
victimario.
¿Quién es la víctima, quién es el victimario? No conozco
a nadie que sea solo víctima, ni a nadie que sea solo
victimario. Somos Caín y Abel.
Todos somos Caín, y llevamos una interminable historia
de muertes sobre los hombros. Pero también a Caín, Dios
le puso una marca en la frente, para que nadie le
matara.
Todos somos Abel, pobres víctimas desde el inicio de los
tiempos, heridos desde siempre. Pero no se curarán
nuestras heridas, mientras no se curen también las
heridas de Caín, que son también nuestras propias
heridas.
Entonces habrá paz en la Tierra. Entonces, por fin, solo
entonces se hará justicia. Solo entonces, pues la
justicia es el nombre de la paz.
Señor Obama, no siga traicionando esta esperanza que
hace dos años y medio predicó al mundo. No defraude más
la esperanza divina que despertó en nosotros.
No podemos vivir sin fuego en el alma. No podemos vivir
sin esperar en el corazón humano, con todas sus
contradicciones. No, no podemos vivir sin confiar en la
hermandad de los pueblos y en el futuro del planeta. No
podemos vivir sin creer en la paz de la justicia, sin
esperar que un día haremos que se cumpla el bello salmo
que Ud. reza: “La justicia y la paz se besan”.
Haga honor a su nombre, sea Ud. bendito y traiga
bendición.
José
Arregi
Para orar
Creo firmemente que
lo conseguiremos.
Creo firmemente en
la humanidad.
Creo que, en la
noche oscura del mundo,
aunque algunos se
empeñen, amanece la paz.
Me niego a creer que el hombre no pueda
hacer con su esfuerzo un mundo mejor.
Me niego a creer que el odio y el racismo
no puedan un día dar paso al amor.
Creo firmemente que
lo conseguiremos…
Me niego a aceptar las noches de odio,
las noches de guerra, noches de dolor.
Me niego a creer que somos cautivos
del miedo, el fracaso, de alzar nuestra voz.
Creo firmemente que
lo conseguiremos…
Me niego a aceptar noches sin estrellas, ´
días sin ternura, meriendas sin pan.
Me niego a aceptar que los obuses que estallan,
cañones de odio, construyan la paz.
Creo firmemente que
lo conseguiremos…
Me atrevo a creer en el corazón,
en tardes de abrazos y de primavera.
Pancartas de paz, justicia, ilusión.
Se escucha el rumor de la nueva era.
Creo firmemente que
lo conseguiremos…
Asamblea de
cristianos de base de Asturias