El perdón primero
Hace pocos días, un periodista de Madrid preguntaba
a un obispo de estas tierras:
“¿Es posible perdonar?”
El obispo, no sé si pensándolo y sopesando o sin
pensarlo, como si tal cosa, respondió:
“El perdón conlleva primero
una dinámica de que
quienes han infligido el daño, se arrepientan. Que
sean conscientes del mal causado, que tengan la
capacidad de pedir perdón. Pero tiene que ser un
deseo sincero de reparar. Solo entonces, quienes han
sufrido serán capaces de presentar esa grandeza de
ánimo de poder otorgar el perdón”.
Estas palabras me estremecieron. Sentí como si de
pronto el evangelio quedara en blanco, como si el
mundo quedara a la deriva, sin perdón, sin
revelación, sin Dios. ¡Dios mío, un mundo sin
perdón, un mundo sin piedad, un mundo sin quicio! Y
corrí a verlo en el libro santo, por si las palabras
más sagradas hubieran desaparecido, por si el
evangelio ya no fuera más que un triste recuerdo.
Pero no, allí estaban las historias y las palabras
que trastornan el mundo y, a la vez, lo llenan de
consuelo.
Allí estaban las palabras de Jesús en Mateo 5:
“Habéis oído que se dijo: ‘Ojo por ojo y diente por
diente’. Pero yo os digo: a quien te abofetee en la
mejilla derecha, preséntale la otra”.
Allí estaba la oración de Jesús en Mateo 6: “Como
también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”.
Allí estaba la respuesta del Maestro en Mt 18:
Entonces se acercó Pedro a Jesús y le preguntó:
“Señor, ¿cuántas veces he de perdonar a mi hermano
cuando me ofenda? ¿Siete veces?”. Jesús le
respondió: No te digo siete veces, sino setenta
veces siete”.
Allí estaba el insólito mandamiento de Jesús en
Lucas 6, sin concesión ni resquicio: “Amad a
vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian,
bendecid a los que os maldicen, orad por los que os
calumnian. Tratad a los demás como queréis que ellos
os traten a vosotros. Si amáis a los que os aman,
¿qué mérito tenéis? También los pecadores aman a
quienes los aman”.
Y allí estaba Jesús, al final, asfixiándose en la
cruz entre dos crucificados y diciendo: “Padre,
perdónalos, porque no saben lo que hacen”.
En esas palabras renace el mundo, en ellas se
sostiene, en ellas se vuelven a iluminar las
tinieblas de la cruz y del caos. ¡Hágase la luz! Y
la luz se hizo. Y, a pesar de todos los males, todo
era bueno. Besé el libro.
También el obispo besa el evangelio con ternura y
ceremonia antes de explicarlo a los fieles desde su
cátedra. Pero hace unos días
–era la víspera de su toma de posesión–, el obispo
hablaba ante un
periodista, y un periodista formula preguntas
insidiosas, es su oficio, y la pregunta sobre el
perdón era seguramente insidiosa, y tal vez buscaba
hurgar en las heridas de este pueblo vasco con su
historia dolorosa, con su presente crucial.
Comprendo que el obispo deba calcular su respuesta y
que, ocasionalmente, hable más para los partidos que
para las personas, y mire a los políticos a
izquierda y derecha antes de hablar. Así tendrá que
ser, pero es una pena, y yo sigo sin comprender las
palabras que dijo, si las dijo así.
¿Es posible perdonar? Jesús lo hizo. Él sí, pero a
nosotros ¿sólo nos será posible perdonar a
posteriori y
con condiciones?
Pues no lo sé, pero Jesús pensaba de otro modo. Y si
existe en el mundo un perdón como el de Jesús, habrá
de ser gratuito y
sin condiciones,
por inverosímil que nos pueda parezca.
Las condiciones pueden facilitar el perdón, ¡y ojalá
se dieran siempre! ¿Pero dejaremos este mundo a la
deriva cuando no se den las condiciones deseables?
Jesús no lo hizo. Jesús creó las condiciones
perdonando primero, y a eso nos llamó.
Si Jesús, antes de perdonar, hubiera exigido que los
soldados y los sumos sacerdotes y Poncio Pilato se
hubieran arrepentido y fueran conscientes del daño
causado y fueran capaces de pedir perdón y tuvieran
deseos sinceros de reparar, si Jesús hubiera puesto
todas esas condiciones para perdonar, yo os aseguro:
se habría prolongado hasta hoy la noche negra de
aquel viernes, aquel viernes no hubiera sido santo y
todavía estaríamos esperando la pascua, el evangelio
y no hubiera quedado vacío el sepulcro.
Pero Jesús perdonó primero. “Perdónales porque no
saben lo que hacen”. Perdonó, es decir, supo
mirar con bondad a sus malhechores; es decir, supo
ponerse en su lugar; es decir, los excusó; es decir,
los rehabilitó; es decir, los curó; es decir, los
humanizó. El perdón fue primero. Y entonces se
curaron también todas las heridas de Jesús, y en la
cruz floreció la Pascua. El hombre se hizo Dios.
Me hago cargo de que esto es demasiado, para mí
mismo en primer lugar. Pero ¿qué es el evangelio sin
este exceso? ¿Para qué llamarnos cristianos si no es
para eso? ¿Y a dónde puede caminar este mundo, si no
hay perdón que lo cure?
Sólo el que perdona puede curarse, sólo el que
perdona puede curar. Y si perdonas solamente al que
te pide perdón y al que “expía sus culpas”, ¿qué
mérito tendrás?
Perdonar no es ignorar, ni consentir, sino confiar
en el otro. Perdonar tampoco es absolver a un
culpable, sino mirar en el otro el bien en lo más
profundo de su mal. El que perdona no humilla, sino
que se pone en el lugar del otro.
Como antes Confucio y Buda y Mahavira y como luego
Rabbí Hillel y el Profeta Muhammad, Jesús dijo:
“Trata al otro como querrías que el otro te tratara
a ti si tú te encontraras en su misma situación”.
Y en eso consiste la magnanimidad o la grandeza de
ánimo: ensanchar la propia alma hasta el alma del
otro.
Sin duda, el que hizo daño algún día deberá pedir
perdón, y sólo entonces podrá curar la herida que se
infligió a sí mismo cuando hirió al otro; ahora
bien, tanto más fácilmente llegará a pedir perdón
–como el centurión junto a la cruz de Jesús–, cuanto
más incondicionalmente se sienta perdonado –como el
centurión junto a la cruz de Jesús–.
Pero ¿habrá esperanza en este mundo, habrá esperanza
de otro mundo, mientras todos los heridos exijan de
sus respectivos victimarios el arrepentimiento, la
petición de perdón y la reparación como condición
previa para el perdón?
No digo que no deba existir el Derecho, y no me
atrevo a decir que en este mundo tal como es no deba
existir el castigo. Sea, si así debe ser, pero ¡cuán
triste me parece que tenga que ser así! El Evangelio
no es así. Dios no es así, por mucho que nosotros lo
hayamos deformado con nuestros viejos esquemas de
culpa y castigo o de ritos penitenciales para
obtener el perdón. Jesús no fue así. Y creo que el
Evangelio del perdón que restaura y cura es la única
alternativa, y que de ese evangelio estamos llamados
a ser sacramento todos los seguidores de Jesús.
Y creo además que todas las cosas, de lo más hondo
de sí, nos gritan el Evangelio del perdón primero.
También el humilde riachuelo de Arroa Behea oculto
entre matas y alisos que pasa aquí debajo sin apenas
murmurar. También el bobtail peludo y bonachón que
va y viene junto a un niño pequeño, llevado de la
mano por su madre y su abuela.
¿Y el lobo? Sí, también el lobo, como aquel de
Gubbio. El hermano Francisco vivió algún tiempo en
esa bella ciudad medieval de la Umbría italiana,
cerca de Asís. Y cuentan las Florecillas que allí,
con su mansedumbre y llamándole “hermano”, amansó a
un lobo hambriento y feroz que hacía estragos. Lo
amansó con su mansedumbre, ¿cómo si no? Y logró que
la gente de la región, amansada también, se aviniera
a dar de comer al lobo, que sin hambre es como un
bobtail pacífico y juguetón.
¿Es duro este lenguaje? ¿Es ilusorio? Tal vez. Pero
creo que es lo único razonable. No habrá paz en este
pobre mundo sin perdón primero.
José Arregi
Para orar.
CAÍN
Lleva el destino a cuestas, con el saco,
muerto el amor y la tristeza viva.
Le escuece el alma en el mirar opaco.
Es una soledad a la deriva.
Ha cruzado la Isla, el Araguaia,
la sociedad, el tiempo, el mal. Rehúye
la luz del sol y el sueño de la playa.
Huye de todos, de sí mismo huye,
condenado a vivir su vida muerta.
Si ha violado la ley, la paz presunta,
a él le hemos matado la paz cierta.
Quizás sea un Caín, pero es humano,
Y por él Dios, celoso, nos pregunta:
– Abel, Abel, ¿qué has hecho de tu hermano?
Pedro Casaldáliga