¿Justicia que castiga o justicia que cura?
Hola
amigas, amigos:
¡Ojalá
les vaya mejor en otros planetas! En el nuestro, en esta
nuestra pequeña Tierra verde y azul, las cosas no van bien,
a pesar del esfuerzo de mucha gente buena.
El océano
del dolor es más grande que todos los océanos juntos, pues
también los océanos están llenos de dolor. Los remedios del
pasado han fracasado: ¿es que no le vemos aún? Millones de
Auschwitz y Gulags, Guantánamos y Abu Grahibs, ejércitos y
muros: todo ha sido un fiasco.
No
aliviaremos el inmenso dolor del mundo hiriendo y matando al
que hiere y mata. La Tierra no da para más cárceles. Es
preciso que demos un gran paso adelante y que reemplacemos
la lógica del castigo por la lógica de la curación. Sí,
nosotros podemos.
Mientras
lo escribo, pienso: ¿No serán todo esto ideales ingenuos,
pensamientos débiles, sueños vacíos de una mañana de otoño
triste y bella en Arantzazu? ¿Quién soy yo para impartir
consejos, yo que nunca he tenido un hijo que educar, ni
asuntos públicos que gestionar, ni siquiera un convento que
dirigir? Así es, pero ¿cómo llegaremos a un futuro sin
soñarlo?
Supongo
que es inevitable que unos padres digan a su hijo
irresponsable: "Este fin de semana te quedarás sin TV ni
juegos de ordenador" (al fin y al cabo, poca cosa perderá
por ello). Y supongo que es mejor que no se lo perdones el
sábado al mediodía, si realmente quieres que tu hijo aprenda
a ser responsable.
Y supongo
que ninguna sociedad puede funcionar sin algún tipo de
recompensas y sanciones, a menos que nuestra pobre especie
Homo Sapiens et Insapiens dé un gran salto evolutivo
(que tal vez algún día llegará).
Y doy por
sentado que un ladrón debe devolver todo lo que ha robado, y
tal vez con intereses. Y que toda víctima debe ser reparada
en todos los sentidos de la mejor manera posible. Todo eso
lo doy por supuesto, pero quiero ir más allá: ¿en qué
consiste la justicia cuando alguien ha matado a alguien?
La ley
del talión ("ojo por ojo, diente por diente, muerte por
muerte") significó un gran progreso en la humanidad hace
tres mil años. La ley del talión regulaba y controlaba la
venganza, tan vieja como la humanidad y tan difícil de
dominar: si te rompen un diente, tú no puedes romper dos, si
te matan un hermano, tú no puedes matar dos.
Pero hubo
quien dijo: "Amarás a tu enemigo" y "Vencerás al mal a
fuerza de bien". Era muy ingenuo, y no se lo creímos. Y,
casi dos mil años más, seguimos enseñando que es preciso
expiar el crimen con el castigo, que es preciso compensar el
mal cometido con el mal padecido. Es el viejo derecho penal,
la vieja teología del castigo todavía tan presente.
En el
siglo XIX se dio un gran paso en la filosofía del derecho:
"La pena de un criminal no es para expiar el mal cometido,
sino para impedir que vuelva a cometerlo él u otros; más
aun, la pena es para regenerar al criminal y convertirlo de
malhechor en bienhechor". Así reza nuestra filosofía. Pero
no rezan así nuestros peores instintos. La filosofía cambió,
los sentimientos no, y el código penal muy poco.
Seguimos
manteniendo el viejo sistema penitenciario aunque ya no
responde a la moderna filosofía. ¿Crees de veras que la
cárcel convierte a alguien de malhechor en bienhechor? No.
¿Para qué es entonces una cárcel? ¿Crees que la cárcel
disuade a los delincuentes? No. Ni siquiera lo hace la pena
de muerte allí donde se aplica. ¿Para qué es entonces una
cárcel? Me dirás: "Al menos mientras está en la cárcel, un
asesino no mata". Olvidas que también en las cárceles hay
violencia y asesinatos (eso lo olvidamos todos).
Si la
cárcel no regenera al malhechor y no lo vuelve bienhechor, y
ni siquiera lo disuade, y si únicamente es un lugar donde
tener a buen recaudo a la gente peligrosa, entonces lo
propio sería aplicar prisión perpetua a la gente peligrosa
(y yo no estoy seguro de ser menos peligroso que el más
peligroso de los hombres, y tal vez lo más seguro sería
encerrarnos a todos).
Pero
sería el reconocimiento de un fracaso, un vergonzoso y
humillante fracaso de la humanidad. Lo hemos inventado todo
para matar y no hemos inventado aún nada mejor que una
cárcel para impedir que alguien mate. Hemos invertido muchos
miles de millones para encontrar cien litros de agua
-preciosa
agua-
entre las rocas de la Luna, y no hemos encontrado aún el
camino a la preciosa fuente
-fuente de bondad- que se oculta en el corazón de un malhechor, para
hacerla brotar.
Si tú
tienes dos hijos y uno de ellos mata al otro por sinrazón o
crueldad, tú que eres madre y lo has parido con dolor,
¿acaso lo llamarías "maldad"?, ¿dirías acaso de un hijo de
tus entrañas que es "malo" sin paliativos?, ¿lo querrías ver
pudrirse literalmente en la cárcel durante diez, veinte o
cuarenta años? A tu hijo, seguro que no. ¿Y a otros hijos de
otras madres como tú, a ésos sí?
Es la
vieja historia de Caín y Abel; ambos eran hijos de Eva. La
sangre de Abel siguió gritando en la tierra recién
estrenada; no sabemos lo que hicieron Adán y Eva con Caín, y
aún no había cárceles, pero ya había vengadores; y Dios le
puso a Caín una señal de protección en su frente para que
nadie lo matara ni lo maltratara tampoco a él, el asesino, y
quiero pensar que esa señal de protección convirtió a Caín
de nuevo en hermano y bienhechor, y los pobres Adán y Eva lo
ayudaron y el pobre Abel también lo ayudó desde la entraña
de la tierra, madre de todos.
Hace
falta un gran salto en la civilización.
Un gran
salto en la justicia. Más allá de una justicia vindicatoria
(¿de qué sirve hacer sufrir al malhechor para hacerle expiar
su crimen?). Más allá de una mera justicia penal (¿de qué
nos sirve un sistema penal que no regenera al criminal?).
Un gran
salto hacia una justicia que mira, sí, a curar todas las
heridas de la víctima, pero también todas las heridas del
victimario.
Un gran
salto hacia una justicia humana. Es la justicia que a ti te
gustaría que se aplicara contigo, si tú fueras el
victimario. Pues bien, "no hagas a otro lo que no quieras
que te hagan a ti. Trata a tu prójimo como a ti te gustaría
ser tratado". Sólo eso.
Si a ti
te han matado a un hijo o a una madre, o están matando a
todo tu pueblo, yo querría estar en silencio junto a ti toda
una eternidad, y dejar que desborden en ti todos los ríos de
dolor y de ira.
Pero en
algún momento, no sé cuando, te querría decir, con la voz
muy baja, con los ojos muy bajos: "¡Ánimo, tú puedes! Tus
lágrimas pueden curarte. Tu memoria puede sanar. ¡Que tus
lágrimas te curen! ¡Que tu memoria se sane! No te dejes
arrastrar por la ira, el rencor. Busca consuelo más adentro
en ti. Y trata, sí, trata también de mirar más adentro en el
otro, pues sólo entonces te curarás".
No sé
cuánto tiempo habría que dejar transcurrir antes de hablar
así; cualquier tiempo sería una eternidad.
Jesús
entró en esa eternidad en el momento mismo en que le estaban
crucificando, y murió perdonando y prometiendo el paraíso al
buen ladrón, que era asesino, y era bueno no porque no fuera
asesino, sino porque miró a Jesús. Y a aquel otro asesino
que no miró a Jesús, Jesús también lo miró. Yo no puedo
pedir eso a nadie, pero es lo que quiero seguir soñando.
Sea lo
que fuere lo que piensas de todo lo dicho, déjame que te
diga, amigo, amiga: ¡Que la mirada de Jesús cure tus
heridas!
José Arregi
Para orar
"No
hagáis daño a ningún ser viviente":
he ahí el
camino eterno, permanente e inalterable de la Vida.
Quien
cede a la violencia no obtendrá ninguna protección
para la
abundancia de la riqueza, ni en esta vida ni en la otra.
Perdona a
todas las criaturas, y que todas las criaturas me perdonen.
Para
todas tengo amistad, para ninguna enemistad.
Quien
vive de la espada es presa del miedo.
A quien
tratas de golpear no es, en verdad, otro que tú mismo.
A quien
tratas de gobernar no es, en verdad, otro que tú mismo.
A quien
tratas de torturar no es, en verdad, otro que tú mismo.
A quien
tratas de convertir en esclavo no es, en verdad, otro que tú
mismo.
A quien
tratas de matar no es, en verdad, otro que tú mismo.
Aprende
que la violencia es la raíz de todas las miserias del mundo.
Todos los
seres desean vivir, ninguno desea morir.
Matar es,
pues, algo terrible.
Los que
creen en la paz no deben jamás incurrir en eso.
Toda
arma, por poderosa que sea, siempre puede ser reemplazada
por otra superior; pero ningún arma puede ser superior a la
no-violencia.
Sí, la
violencia es el nudo de la esclavitud.
Sí, es
falsa apariencia.
Sí, es la
muerte.
Sí, es el
infierno.
Plegaria jainista
El jainismo es una religión hindú fundada por Mahavira en el s. VI a.C.