PARA CONOCER A JESÚS
Conocer
no es únicamente "saber", si este saber significa solamente
"tener conocimientos". El prefijo co (con)
evoca relación, intimidad, trato. ¿Cómo conocer a alguien
-cómo conocer a Jesús-
si no es a través de la relación y el trato?
Si al
conocer le privamos del co, nos quedamos sólo con la
gnosis, convertimos a Jesús en objeto. No es que
debamos desdeñar el término gnosis
-me
apasionan los escritos gnósticos, y los evangelios
gnósticos son especialmente fascinantes-:
la verdadera gnosis, como el verdadero conocimiento,
nos adentra en la realidad profunda del yo que me
transciende, en la realidad profunda del otro que me
transforma.
Conocer
es el conocimiento verdadero hecho de contacto, comunión y
compañía. Y ése es también el auténtico saber, que no
consiste meramente en tener información sobre algo, sino en
probar su gusto más profundo, el sabroso sabor del ser y de
la vida que nos procura la sabiduría de los sabios.
Así es
como quiero conocer a Jesús y saberle, de modo que mi vida
sepa más a Jesús y Jesús me sepa enteramente a Dios. Hasta
que todas las criaturas podamos comer y saborear del árbol
de la vida. Entonces conoceremos de verdad, pues conocer
será vivir.
Mientras
tanto, para conocer a Jesús, es importante mirar primero a
la tierra de la que es hijo. Jesús es un trozo de esta
Tierra Santa que es toda la tierra. No es un meteorito caído
del cielo.
Es fruto
de una pequeña franja de tierra atormentada, disputada, mil
veces conquistada y reconquistada, como tantas tierras. Una
tierra llamada Canaán, Israel y Palestina. Una tierra en la
que
-dicen
nuestros Atlas-
confluyen Asia, África y Europa, pero Dios no hizo esas
fronteras, han nacido de nuestras guerras, como todas las
fronteras. Una tierra de paso de muchas caravanas y
ejércitos, de muchos peregrinos y emigrantes.
Para
conocer a Jesús, es igualmente importante mirar de cerca el
tiempo del que es hijo, pues todos somos hijos de nuestro
tiempo y Jesús también lo es. Todos los tiempos son tiempos
de Dios, pero ningún tiempo lo abarca, tampoco el de Jesús.
Un
tiempo, el de Jesús, comprendido en una época de sangre y
lágrimas que va desde Daniel y la guerra de los Macabeos
(160 a.C.) hasta la última rebelión judía de Bar Kokba y el
último aplastamiento de los judíos, el definitivo (130
d.C.), después del cual los judíos ya no pudieron ni
siquiera habitar en Jerusalén y ésta pasó a llamarse Aelia
Capitolina.
Un tiempo
de tensa calma política y de gran sufrimiento social, de
grave empobrecimiento de los campesinos galileos obligados
por los impuestos o bien a endeudarse o bien a enajenarse de
su parcelita de tierra sagrada. Un tiempo en que se iba
agudizando la fragmentación cultural, religiosa, política y
económica de la sociedad judía. Un tiempo en que los caminos
se iban poblando de mendigos y enfermos en busca de dignidad
y compasión. Un tiempo a punto de explotar.
¿Como el
nuestro? Sólo podemos conocer bien a Jesús desde las
preguntas de hoy. Pero ¿es que las preguntas de hoy no son
acaso las preguntas de siempre? Sí y no. Sí, en cuanto que
son preguntas por aquello que nos hace gozar y sufrir, las
preguntas por la belleza y las heridas, las preguntas por la
vida y la muerte. Y no, en cuanto que las preguntas de hoy
son únicas y peculiares, como la vida y la muerte, como el
cuerpo, la mirada y la palabra.
Preguntamos por Jesús hoy, desde este mundo dolorido,
desigualmente (no fraternal-sororalmente) globalizado, más
complejo y perplejo que nunca. Un mundo con más ciencia y
más incertidumbre, con más medios y más amenazas que nunca.
Preguntamos por Jesús desde nuestro mundo en metamorfosis
cultural y religiosa, sí, también en metamorfosis religiosa
por la acción del Espíritu. Preguntamos por Jesús desde
nuestro mundo y nuestra Iglesia de hoy, discutida y
discutible, tentada de erigirse como sistema autoritario, en
vez de ser comunidad de
hermanos, compañera de camino y de búsqueda.
Nos
preguntamos:
·
¿cómo fue
la mirada de Jesús entonces y cómo sería hoy?
·
¿qué
anunció a su tiempo y qué anunciaría en el nuestro?
·
¿qué
opciones hizo en su mundo y cuáles haría en el nuestro?
·
¿qué
actitud adoptó frente al sistema religioso judío y qué
actitud adoptaría frente al sistema religioso cristiano?
·
¿cómo
creyó, confió, esperó en Dios y cómo lo haría hoy?
·
¿hablaría
tanto como nosotros hablamos de la moral sexual, él que se
puso del lado de las prostitutas y no condenó a la adúltera?
·
¿defendería tanto el modelo tradicional de la familia, él
que lo rompió?
·
¿denunciaría tanto el "relativismo" moral y filosófico, o
más bien el monopolio de la verdad, de la información y de
los bienes?
·
¿cómo
anunciaría que sólo Dios es rey y que lo es en favor de los
últimos en un mundo como el nuestro en que los países
"cristianos" ejercen el imperio del poder y de Mamón?
·
¿qué
diría de los emigrantes, él que fue emigrante y que lo
seguirá siendo mientras haya fronteras?
Para
conocer a Jesús, es preciso saber preguntar. Y aceptar, sin
embargo, que nadie es dueño de las respuestas, y que ninguna
respuesta es última. Aceptar incluso que nadie es tan
siquiera dueño de las preguntas, lo que hace nuestra palabra
aún más perpleja.
Que nadie
pretenda tener la respuesta ni conocer la única fórmula
pertinente de la pregunta. Que la modestia y la tolerancia
crezcan al menos tanto como la perplejidad. Y que nadie
desista de seguir preguntando, cada uno con su compasión y
sus palabras: ¿cuáles son las heridas del mundo de hoy y
cuál sería el remedio de Jesús?
José Arregi
Para orar
¡Señor!
Cuando
me encierro en mí,
no
existe nada:
ni tu
cielo y tus montes, tus vientos y tus mares;
ni tu
sol, ni la lluvia de estrellas.
Ni
existen los demás.
Ni
existes Tú,
ni
existo yo.
A
fuerza de pensarme, me destruyo.
Y una
oscura soledad me envuelve,
y no
veo nada
y no
oigo nada.
Cúrame, Señor, cúrame por dentro,
como a
los ciegos, mudos y leprosos,
que te
presentaban.
Yo me
presento.
Ignacio Iglesias, sj